Los abrumados

Vivimos rodeados de un sinfín de problemas que se relacionan con nosotros. Vivimos rodeados de un sinfín de problemas que se relacionan con nosotros. Somos, alguien diría, actos, o peor, la consecuencia de ellos. Podríamos pensar que...

19 de agosto, 2016
RHT
abrumado

Vivimos rodeados de un sinfín de problemas que se relacionan con nosotros.

Vivimos rodeados de un sinfín de problemas que se relacionan con nosotros. Somos, alguien diría, actos, o peor, la consecuencia de ellos.

Podríamos pensar que estamos sujetos a su voluntad o a su efecto de casualidad propios de su naturaleza.

Pero no entraremos al tema del “acto” como lo que en realidad existe y nos rige (una especie de Dios dividido en infinitas partes que en conjunto y, sin ser conscientes de sí mismas, ni mucho menos sensibles, logran un todo que no puede terminar de lograrse: siempre está en un constante hacerse), quitándonos lo poco importante que teníamos: nuestra existencia.

Aterricemos a un plano mucho más tangible y “real”, el del mundo tal como la conocemos, el de la totalidad de los hechos (sucesos) como alguna vez  lo pensó Wittgenstein (filósofo y matemático austriaco).

Y lo que sucede son muchas cosas, tantas que nos abruman. El mundo se ha diversificado a la par de sus problemas. El mundo se ha vuelto complejísimo al igual que sus problemas. El mundo se ha vuelto mucho más enigmático al igual que sus problemas.




Resolver un tema hoy cuesta muchísimo tiempo. El ensayista actual o el articulista moderno (no todos) no se pasan la vida entera en el estudio de un tema en específico con el objetivo de llegar a una conclusión sobre éste –como sí ocurría en la antigüedad—, sino que lanzan una idea parcial sobre un tema determinado, una opinión que surge, muchas veces, de las mismas interrogantes que se plantea el lector, ahí la conexión entre el que escribe y el que lee.

Pero esta situación es consecuencia de la multiplicidad de temas que van surgiendo del lodazal por el que andamos.

Un día es un ataque terrorista reivindicado por ISIS; otro, es uno contra policías, en reacción a lo que se considera un acto de discriminación racial que deriva en la muerte de una o varias personas; otro, el surgimiento de demagogos que se empecinan a obtener el poder aun cuando sus formas dañan la poca estabilidad emocional y racional que les queda a los seres humanos; otro, como en el caso de México, los hechos de violencia derivados por el crimen organizado.

Si sumamos los problemas que se generan debido a la corrupción de valores, a la vulgarización del lenguaje, a la falta de educación, al proceso de mutación que se está viviendo en el terreno de la moralidad, nos da, simplemente enumerar los problemas principales de una sociedad, para quedar exhaustos.

Resolver problemas, responder las preguntas fundamentales que se hace el hombre, se vuelve una tarea de tal complejidad que necesita de cada uno de sus elementos: las personas.

Ya los intelectuales “han sido incapaces de encontrar un camino que muestre una nueva dirección posible”, y esto debe entenderse no como una falta de inteligencia, conocimiento o sensibilidad para tratar cada tema, sino que estamos siendo superados por el golpeteo continuo de nuestros problemas.

No podemos detenernos a pensar correctamente cada uno de los efectos ocasionados por un hecho determinado si se nos está golpeando la cabeza constantemente con una u otra cosa (sin obviar la manipulación de la que todos somos parte. Ejemplo: yo no compro un producto de tal marca por mi voluntad, sino que la marca ha hecho que yo realice esa compra: la voluntad la ejercen otros).

Para darnos cuenta de ello, y cuando en una reunión empezamos a hablar de los problemas actuales, y después de repasar los asuntos de mayor importancia junto a las consecuencias de éstos, no se consigue sino abrumarse porque no dejan de salir y salir problemas de los que no se vislumbra una salida.

Después, es un silencio causado por el aplastamiento de esas cuestiones insalvables que se van encadenando hasta dejarnos inmóviles, porque no sabemos por dónde empezar a reconstruir.

Intentar hacer algo al respecto es equiparable a la idea de cooperación y ésta es “una cuestión de fuerza, no de intención”.

Pero, ¿cómo conseguir esa fuerza para hacer algo si los cimientos de salvación (la educación, por ejemplo) están podridos?

Abrumarse es también darse cuenta de la profundidad del abismo por el cual estamos cayendo.

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