Lo que comenzó con la Lady Profeco hace algunos años, se ha convertido en toda una práctica de denuncia ciudadana…
Lo que comenzó con la Lady Profeco hace algunos años, se ha convertido en toda una práctica de denuncia ciudadana de los abusos de personajes con cierto poder económico. Ello sugiere que México está dejando de ser “el país de no pasa nada” y que los mexicanos estamos dejando de ser indiferentes hacia lo que ocurre. Sin embargo, estancarse en la explotación del odio hacia estos individuos no solo aviva añejos resentimientos sociales que dividen a la sociedad, también crea una cortina de humo que nos impide hacer consciencia de que la ostentación y prepotencia que exhiben los lores y ladys está presente en todos los estratos de la sociedad mexicana. ¿Cuántos automovilistas creen que por andar en coche tienen la prioridad en el paso y agreden al peatón o ciclista que osa cruzarse en su camino? ¿Cuántos pasajeros de microbús son maltratados a diario porque hicieron algo que irritó al Rey chofer? ¿Cuántas familias se endeudan de por vida con tal de demostrar –bajo el pretexto de la fiesta de XV años de la hija- que son los ricos de la colonia? ¿Cuántos jefes, cual señores feudales, piensan que “subordinado” es sinónimo de “siervo” y que por ello tienen derecho a tratarlos como si les pertenecieran?
Si bien estos casos no son tan visibles ni necesariamente implican actos de corrupción como los de los lores y ladys, sí hablan de una sociedad que tolera que ciertos individuos se sientan con el derecho de menospreciar a otros, legitimando tal comportamiento en la posesión de algo que los haga considerarse más valiosos. Estudios transculturales llevados a cabo por el Hofstede Centre indican que en México se privilegia el éxito y logro económico (Masculinidad) por sobre la cooperación, ver por el débil y la buscar una mejor calidad de vida (Femineidad). El individuo por sí solo no es importante, sino que vale en función de su pertenencia a una familia, una empresa o a un grupo social determinado (Colectivismo). Además, se tiene una visión cortoplacista, aversión a la incertidumbre y una alta distancia de poder, es decir, consentir que haya grandes inequidades. Por ello no es de extrañar que un mexicano, así viva en Tláhuac o en las Lomas, busque acentuar que supuestamente “es más” que el otro, sea porque anda en carro y no a pie; porque tiene un título universitario; porque la empresa para la que trabaja tiene mayor prestigio que otras, porque es jefe, etc.
Sentirse “más que los demás” implica que “aquel no es como yo, vale menos” y, por ende, tiene menos derechos. Además, se atribuye lo bueno y correcto al grupo o élite a la que se cree pertenecer, imputando lo malo e indeseable a los considerados inferiores. De ahí que aquellos con sentimientos de superioridad crean tener el legítimo derecho de agredir verbal o físicamente al otro. “Aquellos son los flojos, los nacos, los sucios, los ignorantes o el lastre con el que tienen que cargar los que sí trabajan”, son comentarios comunes de las clases altas respecto de las medias y, de ambas, sobre las clases bajas.
Nos rasgamos las vestiduras al escuchar los comentarios de odio de personajes como Donald Trump, pero no reconocemos que aquí no tratamos de manera muy distinta a nuestros indígenas y a los inmigrantes. Cada vez que vemos a otros por encima del hombro, que actuamos como los famosos lores y ladys, no estamos muy lejos de ser como Trump. Así como este personaje cree que por ser blanco y rico tiene el derecho de ofender a las mujeres y a los de otras razas o credos, la sociedad mexicana maltrata al que no es blanco, no es profesionista, al que no es jefe, anda en camión, en coche compacto o es pobre.
Hace más de 200 años que se declaró que todos los hombres eran iguales en derechos y obligaciones. Si bien es un ideal difícil de alcanzar, las sociedades con mejores niveles de vida (e.g., Canadá, países nórdicos) han logrado sociedades más igualitarias. En estos países el individuo tiene valor intrínseco sin importar si son ricos o pobres, profesionistas o campesinos. Se procura no consentir desigualdades, se busca el éxito sin descuidar la cooperación, se acepta cierto grado de incertidumbre y se piensa a más largo plazo (ver figura 1). Aspiramos a ser como estos países pero no hacemos la tarea. Nos quejamos de las desigualdades del país, a la par de perpetuarlas comportándonos como lores y ladys o pequeños Trump.
Necesitamos reconocer nuestro papel en el problema y convertirnos en parte de la solución con dos acciones muy concretas:
(1) Dar su justo valor a aquello con lo que malamente justificamos sentirnos más valiosos que otros. Un auto, un título profesional, mejor sueldo o un puesto no pasan de ser medios para un fin. Están en el dominio del “tener” no del “ser”. La persona no es un efímero coche, puesto o sueldo.
(2) Reconocer como iguales, tanto en valor como en derechos y obligaciones, a todos quienes comparten este mundo.
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