Todos necesitamos el dinero, pero muchos de nosotros no sabemos relacionarnos con lo que implica, en tiempo y esfuerzo, el hecho de ganarlo, gastarlo, ahorrarlo…
Todos necesitamos el dinero, pero muchos de nosotros no sabemos relacionarnos con lo que implica, en tiempo y esfuerzo, el hecho de ganarlo, gastarlo, ahorrarlo y deberlo. Esto obedece a que fuimos educados en principios que reprobaban cualquier pensamiento acerca de la obtención de medios para sobrevivir.
Si no me creen, fíjense nada más en cómo pregunta la gente cuánto cuestan las cosas en un sitio comercial. Esa interrogante no se pronuncia de igual manera en un puesto callejero que en una tienda establecida, y en las tiendas, no es lo mismo una de lujo que un botadero de saldos o un supermercado. También observen si la gente, al preguntar, se siente de verdad cómoda. Verán que esas personas son las menos. Y son más hombres que mujeres.
La misoginia ha jugado en esto un papel preponderante. De mi propia experiencia les puedo decir que en casa el dinero era tema tabú. De él no se hablaba más que para ajustar cuentas y a veces, en forma violenta. Parte de esa violencia consistía en etiquetarse mutuamente de ladrones.
Era entonces impensable hacerse preguntas tales como, ¿cuánto está la gente dispuesta a pagar por mi trabajo? ¿a qué tipo de personas me debo dirigir para encontrar un empleo? ¿cómo debo reaccionar a las ganancias de otros, que hagan el mismo trabajo que yo? ¿puedo ofrecer un trabajo de mejor nivel que los demás? ¿encontré la manera de decir cuánto dinero aspiro a ganar sin sentir que atropello a alguien? ¿sin que me miren de arriba abajo? ¿le he dado al empresario que busca gente para completar su equipo, una razón para que me contrate a mí y no a cualquier otro? ¿y para que me pague más?
Créase o no, en cuanto mostraba interés en responder a esas preguntas, lo primero que me decían los adultos de mi casa era “no pienses en eso”.
Por consiguiente mis correrías en el mundo oficinesco transcurrieron sin que pudiera entender por qué unos ganan más que otros o progresan más aprisa, ni de dónde me venía la idea de que un trabajo es importante y cualquier idea de malestar había que desecharla, sin importar si se debía al hecho de estar laborando en la empresa y con la gente equivocada.
Tampoco me pasaba por la mente que hubiera alguien que se beneficie con que tengamos una relación de amor–odio con el trabajo que desempeñamos.
Antes que seguirse lamentando porque en la vida productiva las máquinas se vuelven obsoletas en un abrir y cerrar de ojos y nuestras destrezas se vuelven innecesarias, hay que ocuparse en entender los cambios que están viniendo.
Para no quedar a la zaga se requieren conocimientos sofisticados; un curso de manejo de los programas de cómputo es el desglosamiento de esa sofisticación, un conocimiento que en realidad no es fácil ni barato adquirir.
Internet ha venido a revolucionar las comunicaciones, las relaciones, el trabajo, la contratación de servicios, ¡Bueno, hasta la funcionalidad de los electrodomésticos! La marginación, entonces va a ser mucho más insidiosa.
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