Lo amargo

Es cierto el dicho que dice “México es muchos Méxicos”. Es cierto el dicho que dice “México es muchos Méxicos”. Que nuestras realidades son tan variadas que, a veces, nos parecen lejanas las situaciones adversas, los desánimos,...

21 de octubre, 2016
RHT
amargo

Es cierto el dicho que dice “México es muchos Méxicos”.

Es cierto el dicho que dice “México es muchos Méxicos”. Que nuestras realidades son tan variadas que, a veces, nos parecen lejanas las situaciones adversas, los desánimos, las tragedias, los sinsentidos que se viven en varias partes del país.

La riqueza que tenemos en México, esas variedades, que por ejemplo se muestran en lo culinario o en sus riquezas culturales, también se expresan en el lado negativo: en un sinnúmero de demostraciones violentas que trastocan las entrañas de los que tenemos que seguir aquí, entre ese intenso acomodo del miedo y en los placebos que nos tomamos a diario para que la realidad no sea tan dura, para que podamos salir de casa.

Hoy podría estar escribiéndoles acerca de Bob Dylan, de mi opinión y crítica sobre su Nobel, si es justo o no, si se ha legitimado la decadencia en materia de lectura o es una mala apreciación de mi parte (¿se premia la oralidad? ¿La poesía como canto? Premiemos entonces a las tribus que todavía al día de hoy, en sus ceremonias mortuorias, siguen despidiendo a sus muertos con cantos: esa vuelta al origen, a la composición como viaje, como despedida: el inicio de la música. El gruñido, rugido, el primer quejido rompió el silencio y a partir de ahí, todo.

Ya lo entendió así y lo escribió en Los pasos perdidos, Alejo Carpentier, el poeta y escritor cubano. Y es que antes de Homero había tanto qué contar y cantar, y así se hizo, y así se plasmó y se transmitió, pero la evolución y el desarrollo aparecieron…

Resulta paradójico que este regreso al canto y este ninguneo a la escritura se esté tomando como un avance, como un signo de modernidad, cuando el instrumento llamado libro, cuando la escritura fue, ha sido y seguirá siendo un medio de expresión moderno, revolucionario: la preservación de nuestra identidad está en ellos).




Pero no quiero hablar de eso…

No hablemos del libro tirado por la ventana para ir a comprar discos o descargar más música del que no necesitaba ser descargado porque ya lo habían descargado la mayoría –la literatura, los libros y la promoción de la lectura, tampoco necesitaba que, desde su minoría, salieran los cuchilleros a hacer lo suyo: la academia sueca parece haber sido incitada por la demagogia, a juzgar por las razones que argumentaron para darle el nobel a Bob Dylan (más allá de que éste rechace o no el premio, eso, en verdad, es lo menos importante).

No hablemos de eso porque en este país, hay cada vez más sangre, hay cada vez más desaparecidos, hay cada vez más feminicidios, hay cada vez una sensación de cercanía con la muerte dolorosa y violenta que se va enquistando en el alma.

El país se nos está yendo de las manos. El país se está derrumbando y tenemos las manos tan llenas de todo que somos incapaces de recoger los pedazos.

Podríamos hablar de Dylan todo el día mientras nos siguen matando, robando, lacerando en la profundidad de nuestra intimidad.

Podría hablarles de la exposición del artista plástico alemán Otto Dix que está exhibiéndose en el Museo Nacional de Arte, aquí en la Ciudad de México, en el que se muestran pinturas y dibujos tan variados de ese genio que estuvo censurado y condenado al olvido por muchos años. Por esas obras descarnadas que van desde el frente de la Primer Guerra Mundial, a la postguerra, a lo bíblico, a los retratos…

Ahí, el dolor, los enterrados, los acribillados, ahí en esos dibujos los despedazados, los heridos, los enfermos, los locos, los fantasmas, al igual que aquí, no hay diferencia en lo que transmiten con lo que vivimos día a día en este país.

Podría hablarles de un libro malo que leí la semana pasada o de otro que me pareció bueno: Vocación de animal (Mantis. 2016) del poeta mexicano Gustavo Iñiguez, o de las editoriales independientes que muestran su interesante catálogo en pequeñísimos espacios que se les ha asignado en la plancha del Zócalo a propósito del Feria Internacional del Libro Zócalo 2016.

En fin, hay tanto de qué hablar, hay mucho por ver, mucha cultura, libros, arte, mucha polémica, pero también la sangre…

Hoy tengo la boca tan amarga que será preferible concluir aquí.

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