Leer es también una conversación

El premio nobel de literatura sudafricano J.M. Coetzee publicó en el año 2003 la novela Elizabeth Costello. Esta obra trata precisamente de Elizabeth Costello, una… El premio nobel de literatura sudafricano J.M. Coetzee publicó en el año...

6 de agosto, 2015
RHT
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El premio nobel de literatura sudafricano J.M. Coetzee publicó en el año 2003 la novela Elizabeth Costello. Esta obra trata precisamente de Elizabeth Costello, una…

El premio nobel de literatura sudafricano J.M. Coetzee publicó en el año 2003 la novela Elizabeth Costello. Esta obra trata precisamente de Elizabeth Costello, una escritora australiana que va de un lado a otro dando conferencias.

Está en una edad mayor, en la que los escritores pasan a ser algo más que simples autores; es decir, pueden funcionar como piezas ornamentarías, símbolos de estatus o como pretexto para consolidar el prestigio de un premio, en fin, de lo que usted se imagine.

Evidentemente Elizabeth no es tonta –al respecto de su función como escritora mayor—: adopta una posición crítica y desinteresada de cara a los oyentes. Tal consagración, como autora importante de las letras universales, le permite darse ese tipo de lujos.

De esta forma, sus palabras discurren en un tono mordaz, pero principalmente, puntilloso en temas un tanto o mucho filosóficos. Normal, por lo demás, en Coetzee.

Así, Costello, en una de sus conferencias llevada a cabo en una universidad, habla del alma, mejor, del “goce” del ser; es decir, del “alma encarnada” que sólo es experimentada por aquél que razona, el hombre.




Tal concepto genera en el lector, precisamente lo que ocasiona en los oyentes del discurso de la propia novela, me refiero al hecho de generar la discusión del alma de cara, en este caso, a las cosas o animales (Elizabeth Costello se concentra en los animales debido, en parte, a su vegetarianismo).

Es de esta manera en la que se pasa de ser un lector pasivo a un activo de forma inmediata –Coetzee tiende a conseguir esto en sus novelas—. Me inmiscuí en la discusión: en ese famoso diálogo del que se habla cuando nos referimos a la lectura en sí: leer es, sobretodo, un diálogo, una conversación, con el autor. El arte de la conversación diría Octavio Paz.

Pensé en Descartes y sus animales sin alma, ya que no cuentan con la razón. Al no contar con razonamiento no se es capaz de ser, no solamente consciente de sí mismos, sino de entender el entorno y con ello situarnos en un lugar determinado. Es así que los animales, al no ser conscientes y no entender por qué y dónde están y qué son, no logran la experiencia de ser: el “goce” del que habla Elizabeth Costello.

Yo, como lector, opté por posicionarme, ligeramente, en favor de Descartes.

Elizabeth no está de acuerdo con el pensamiento de Descartes ni el de Tomas de Aquino a este respecto. Su vegetarianismo logra engrosar sus argumentos de manera sólida sobre el porqué de su desacuerdo con ellos.

Así, Costello, y ahí la genialidad de Coetzee, consigue que el lector se inmiscuya en el debate y exige del lector una postura concisa y directa en contra o a favor del tema del que se está hablando –ya que más adelante entrarán otros personajes a la discusión, donde el lector no puede escabullirse.

La conversación con el personaje central de Coetzee sigue ocurriendo con el lector que ha sido participe de esa conferencia escrita en papel. ¿Los animales no tienen alma porque no razonan, porque no tienen la facultad de percibir la experiencia de ser, porque no gozan la vida al no darse cuenta de que también son parte de ésta, porque no son almas encarnadas? ¿Debido a que los animales no son conscientes de sí mismos, es por eso que podemos devorarlos sin miramientos? En fin. El diálogo ya se moverá por entre los lectores.

Este es sólo un ejemplo, dentro de la obra, de cómo el poder narrativo de un autor —no sólo puede dejarnos datos precisos de un entorno determinado o de una forma de vivir de algún lugar, como también lo hace Coetzee en esta novela, en palabras de otros de sus personajes, un escritor nigeriano que, a bordo de un crucero, da una conferencia con respecto a la literatura africana y de cómo es la experiencia de leer en África y del porqué se ve a  la lectura como un acto solitario, frío, y vacío—, aunado a una buena historia, puede desencadenar este tipo de diálogos que al final de cuentas nos resultarán enriquecedores.

Pues bien, ahí hay una razón más para leer, como una forma más de conversación atemporal con el autor y sus personajes.

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