La Urgencias de un doncel y de una doncella

Sobre poesía paceña La Paz estrenaba el verano de 1874… la habitual tranquilidad de los lugareños empezaba a alterarse un poco por los inclementes calores,… Sobre poesía paceña La Paz estrenaba el verano de 1874… la habitual...

28 de septiembre, 2016
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Sobre poesía paceña La Paz estrenaba el verano de 1874… la habitual tranquilidad de los lugareños empezaba a alterarse un poco por los inclementes calores,…

Sobre poesía paceña

La Paz estrenaba el verano de 1874… la habitual tranquilidad de los lugareños empezaba a alterarse un poco por los inclementes calores, especialmente a mediodía, cuando el círculo dorado calaba por igual pecho y espalda de los campesinos, hortelanos, obreros y pescadores. Todos esperaban ansiosos el término de sus jornadas y, aunado a ello, como paliativo, el tonificante “viento del Coromuel”.

 

Fue el 27 de junio de ese verano cuando los lectores del periódico “La Baja California” encontraron entre sus páginas un apasionado poema, firmado únicamente por las iniciales A.L., titulado “A una flor”. Se compone de seis cuartetos octosílabos, con predominio de versos alternados, de rima consonante.

Al igual que lo hicieron aquellos lectores apreciemos su contenido:

Flor hermosa y agraciada,




que en los campos escondida,

te ocultas a la mirada,

de aquel que nunca olvida.

 

Largo tiempo te he buscado

entre los prados amenos,

 y largo tiempo te he deseado

hacerte escuchar mis ruegos.

 

Quiero decirte que te amo,

que en ti cifro mi ventura,

 y que siempre he ambicionado

tu fragancia, tu hermosura.

 

Quiero aspirar tu perfume,

y entre tus suaves olores

que el fresco viento consume,

olvidaré mis dolores.

 

Y en la sencilla floresta

donde pasas tu existencia,

quiero con alegre fiesta

borrar recuerdos de ausencia.

 

Hermosa flor de mi vida,

mis súplicas oye atenta.

Todo al placer nos convida,

todo a gozar nos violenta.

Como podemos apreciar, el poeta doncel compara a una hermosa mujer con una flor de nuestros campos, haciéndole ver que las circunstancias estaban de parte de ambos para entregarse a una ardiente y desesperada comunión erótica. Sólo Dios sabe si este urgido autor se inspiró en una dama específica o su poema era una abierta convocatoria. El imperdonable dios “Cronos” continuó con su derrotero, sin prisa pero sin pausa.

Diez veranos después el rotativo “La voz de California”, 30 de julio de 1884, publicó una oración de corte parecido al poema anterior; desafortunadamente tampoco podemos saber el nombre de la desesperada doncella, pues el reseñador de la columna “Gacetilla” sólo nos dice: “El domingo al salir de la iglesia nos encontramos la oración siguiente, que es de una señorita muy simpática de este puerto”.

Se integra por tres cuartetas octosílabas, su forma es ABBA y su rima es equilibrad; se denomina “Oración de una Soltera”:

Yo Dios mío creo en ti,

y, pues te adoro de hinojos,

vuelve a mí tus santos ojos,

que estoy sin novio, ay de mí.

 

 De amor me estoy abrasando

y es mi paciencia escasa,

pues mientras el tiempo pasa,

yo también me estoy pasando.

 

De mi estado piedad ten,

y ya que mi amor es ruin,

permite, Señor que al fin

encuentre un marido. Amén.

Más que una inocente oración parecía ser una atenta invitación al género masculino. Ahora cabría preguntarnos: ¿Por qué razón ambas peticiones se realizaron en verano? ¿Influiría de alguna manera el calor climático en la temperatura erótica de aquellos inquietos jóvenes? Si te parece, lector amigo, dejemos que sea el propio barón de Montesquieu quien nos ilustre un poco acerca de la ancestral fogosidad sudcaliforniana:

“En los países fríos habrá poca sensibilidad para los placeres, será mayor en los países templados… por efecto de la delicadez de los órganos, propia de los países cálidos el alma se emociona excesivamente, con todo lo que se refiere a la unión de los dos sexos… en los países cálidos se ama el amor por el amor; es esta la causa de la felicidad; es la vida”.

Luego, entonces, el clima de nuestro Estado se tipifica de semicálido a cálido, por lo que podemos deducir fácilmente que al doncel y a la doncella el verano les avivó sus fraguas y experimentaron emociones desbordadas; razón suficiente para que ambos dieran a conocer sus urgencias en el único medio de comunicación masiva local ya muy avanzado aquel siglo XIX.

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