La reunión del G20 que terminó por ser del G cero

La esencia fundamental del acuerdo que dio forma al ahora renombrado como G20… La esencia fundamental del acuerdo que dio forma al ahora renombrado como G20 y el cual incluso ahora integra a más países, invitados por...

11 de julio, 2017
RHT
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La esencia fundamental del acuerdo que dio forma al ahora renombrado como G20…

La esencia fundamental del acuerdo que dio forma al ahora renombrado como G20 y el cual incluso ahora integra a más países, invitados por el tamaño de sus economías emergentes, como el nuestro por ejemplo, ha sido y es el multilateralismo.

El propósito de esta cumbre necesariamente está enfocado a la construcción de alianzas en las que sus miembros tengan y compartan beneficios recíprocos, independientemente de las coyunturas en que unos, por sus habilidades podrán hacerlo más que otros.

Como en un club privado de elite, la esencia es que sean ellos quienes controlen la economía mundial y eso implica ayudarse y protegerse, sobre todo pensando en mantener esa hegemonía.

Mas que un tema de reglamentaciones, la intención es favorecer equilibrios mediante mecanismos a través de los cuales, las reglas de participación sean claras y equitativas.

Sin embargo, y aunque el G20 no suponga un formato impositivo, toda vez que la integración es voluntaria y se define en la cooperación, en teoría y aunque no exista un ordenamiento para imponer condiciones o sanciones, se entendería que sus resoluciones deberían ser acatadas por todos sus miembros.




Como lamentablemente no es así, y el mejor ejemplo de ello han sido las conclusiones de su última cumbre recientemente celebrada en Alemania, podríamos decir que como colofón, lo que queda es una suerte de desintegración, provocada en este caso por el presidente norteamericano Donald Trump.

Primero porque mientras la gran mayoría de las potencias mundiales reafirmaron su compromiso para combatir el calentamiento global, Trump se mantiene en su errática actitud de rechazo.

En la declaración final se establece que la Unión Europea y los demás países apoyarán el acuerdo climático de París, para reducir de forma irreversible los efectos de los gases invernadero inmediatamente y sin excepciones.

Adicionalmente, de nueva cuenta el G20 condena el proteccionismo, bajo la consideración de que el comercio debe ser recíproco y mutuamente ventajoso, a reserva de que los países pueden recurrir a instrumentos legales en su defensa, como los estatutos que rigen la Organización Mundial del Comercio.

Perspectiva que evidentemente contrasta con la política interna impuesta por Trump, que pretende el fomento de prácticas desleales en contra de sus propios socios.

De tal suerte que la declaratoria final de la cumbre, vista como postura mayoritaria y oficial, es una condena manifiesta que sin lugar a dudas tuvo un destinatario único y directo.

En el análisis esto no sólo es una derrota política en el contexto internacional, es la muestra más clara de que Trump no tiene el respeto de sus pares, quienes de una forma diplomática, pero no por ello menos contundente, han regañado públicamente al muchacho malcriado.

El asunto es que si la principal potencia económica no está en sintonía con los acuerdos y sus intenciones, más que hablar de desintegración, lo que se pone de manifiesto es la viabilidad del cumplimiento de los mismos.

La discrepancia de la mayoría con el integrante principal, más que suponer desunión, lo que infiere es un enfrentamiento provocado ex profeso de manera retadora por Trump.

Pero si bien es cierto que mientras esos pactos van en un sentido colectivo, al menos en temas de interés general, a cada nación le corresponde la responsabilidad de su manejo interno.

Lo que hace evidente que en lo que va de su incipiente mandato, las prácticas proteccionistas impulsadas por Trump empiezan a afectar más a los ciudadanos estadounidenses que a sus competidores, al menos así lo ve Trump y aunque quiera culpar de eso a los demás, la responsabilidad es toda suya.

El problema fundamental es que el presidente norteamericano sigue aferrado a los principios que dieron pie al discurso de campaña; sin embargo. gobernar es otra cosa muy diferente.

El asunto ya no transita por niveles de popularidad, no tiene enfrente un contrincante con el cual contrastar, mucho menos la necesidad de elevar arengas para elevar el sentido patriótico de una parte de la población en busca de votos.

El gobierno más que de marketing es un asunto de eficiencia, y eso supone un antagonismo entre postulados de campaña y beneficios reales para su país, una incongruencia insostenible en el tiempo.

Lo que seguramente no atina a comprender, es que son sus políticas las que eventualmente afectarán la economía de su país, que de nada le sirve enfrentarse a los demás miembros de una comunidad que su país, no sólo ha encabezado sino que incluso ha protegido históricamente.

Porque no sólo va a perder liderazgo, aun suponiendo que la presencia de Estados Unidos en el contexto internacional es definitiva y definitoria, el mayor riesgo es el aislamiento que él mismo está tratando de provocar y que en consecuencia tendrá saldos negativos para su propio país y gobierno. 

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