La novela literaria frente a la novela genérica

El hombre moderno lee y necesita novelas para sentirse como en casa en el mundo… El hombre moderno lee y necesita novelas para sentirse como en casa en el mundo, porque su relación con el universo en...

4 de mayo, 2017
RHT
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El hombre moderno lee y necesita novelas para sentirse como en casa en el mundo…

El hombre moderno lee y necesita novelas para sentirse como en casa en el mundo, porque su relación con el universo en el que vive se ha visto dañada. Orhan Pamuk

¿De qué hablamos cuando queremos distinguir entre una novela comercial, genérica, y una literaria? ¿Qué las distingue? ¿Por qué no todo es literatura, por qué las diferencias siempre importan?

El escritor turco Orhan Pamuk, ganador del Premio Nobel de Literatura en 2006, habla de que en una buena novela literaria existe, no sólo la visión de aquello que rodea el ser interno y externo de los personajes desde el interior de ellos, sino del centro, aquello verdaderamente importante:

“El centro de una novela es una opinión o una idea perspicaz sobre la vida, un punto de misterio arraigado en lo más profundo, ya sea verbal o imaginario” y continúa: “los novelistas escriben para investigar este tema, para descubrir sus implicaciones”.

El centro construido a partir no sólo del talento puro, de la inspiración, del impulso obsesivo por escribir, sino que se acompaña de la técnica –donde encontramos una parte importantísima de la construcción de un centro: la relación entre las partes de la obra-, del estar dentro de la novela tanto en espíritu como en un estado más concreto, físico, de trabajo, de oficio.




La novela literaria hace partícipe al lector de diversas situaciones que ocurren en la historia. Pamuk habla, incluso, de los objetos que rodean a los personajes, que resultan muchas veces ser extensiones emocionales de los personajes.

La novela genérica hace del lector un mero espectador, alguien que acompaña la trama y que es guiado por varias señalizaciones que no tienen sino un sentido, una única forma de llegar al final que no cambia.

La novela comercial dicta, narra desde el exterior de las formas, crea una distancia que muchas veces se vuelve insalvable a la hora de querer saber más, de profundizar en la sustancia original de cada uno de los partícipes de la historia –y de su ambiente.

Para Pamuk “una novela de género, su estructura, no cambia de un libro a otro”, aunque también agrega que hay escritores, los menos, que constantemente están añadiendo giros a la trama o elementos necesarios para mantener expectante al lector –hay una ausencia de belleza propia de las cosas, de las ideas, de las frases, del sentir humano de los personajes en este tipo de novela; y por ello no consigue mantener al lector en colaboración con la historia, tal vez porque aquello no existe en tal tipo de novela o porque su superficialidad impide encontrarlas.

Una buena novela literaria “despierta en nosotros una sensación de saber profundo y esencial de lo que significa existir en este mundo y la naturaleza de ese sentido”, y ahí el asombro y el empeño por encontrar esa parte esencial de la novela, eso que intuimos existe entre las palabras, en ese otro lado que se le escapa a los ojos.

No hay que olvidar: en las novelas “hallamos las sensaciones y experiencias que nos faltan en nuestra vida (…) cuanto más contundente e impactante sea la novela que estamos leyendo más dolorosa será la sensación de insuficiencia” (O. Pamuk). Es decir, quedamos con un cierto dejo de tristeza, de inconformidad, por no poder ser el personaje, no poder ser en esa historia, en esa otra realidad para vivir y sentir esas sensaciones propias de los personajes de novela, y que en la realidad, por diversas razones, no logramos, no conseguimos.

Dicho lo anterior, el valor de la lectura recobra fuerza, pues no es mero entretenimiento –enfocándonos en la novela-, no es un pasatiempo, no es un sustituto del cine o el teatro o un programa de televisión, no es leer una novela para pasar el rato como lo puede ser una novela básica y comercial, sino que al leer se busca, como Pamuk, “el significado de la vida (…) estaba forjando y puliendo mi visión del mundo, mi sensibilidad ética”.

Y este significado, esta sensación de profundidad sobre temas cotidianos de nuestra vida, a la hora de leer una frase en una novela, por ejemplo, es producto de los grandes escritores, de los buenos novelistas: el resultado de la buena literatura, la que trasciende.

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