La generación priista suicida

El mal humor social tiene plena justificación, es producto de prácticas de abuso y corrupción desde el poder… El mal humor social tiene plena justificación, es producto de prácticas de abuso y corrupción desde el poder, peor...

15 de agosto, 2017
RHT
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El mal humor social tiene plena justificación, es producto de prácticas de abuso y corrupción desde el poder…

El mal humor social tiene plena justificación, es producto de prácticas de abuso y corrupción desde el poder, peor aún, de la falta de castigo a estos comportamientos mediante una impunidad que terminó con la paciencia colectiva.

Sin embargo, lo importante es el análisis no sólo del efecto que siempre resulta el más sencillo de conceptualizar, sino de las causas, porque sólo entendiendo los factores que propician el fenómeno es como se podrá corregir hacia adelante.

La raíz del problema está directamente ligada a la personalidad y formación de los políticos que asumen cargos públicos de máxima responsabilidad.

En el pasado, la ortodoxia de la ideología priista, aún asumiendo que el poder le representaba un escenario monopólico, contemplaba una suerte de márgenes mínimos y equilibrios.

Estas normas establecieron un formato de premios y castigos en atención de la disciplina, la institucionalidad, la eficiencia, la integración de grupo y la debida fidelidad al mismo.




Como parte de esos preceptos, sobresalía la discreción obligatoria respecto de los beneficios que se desprendían del ejercicio de los cargos públicos, la prudencia necesaria de no exhibir las ganancias obtenidas, sobre todo si éstas tenían un origen ilícito, mucho menos de hacerlo en forma ostentosa.

Por ello resulta al menos contradictorio que si antes el régimen priista se autorregulaba sin tener competencia, ahora que la existe y que incluso le ha rebasado, se haya relajado de tal forma que hoy le significa su mayor lastre.

El problema mayor no es la corrupción o la subsecuente impunidad que le acompaña, lo es el hecho de que la falta de una formación política sólida, una absoluta carencia de valores y -me atrevo a añadir- de patriotismo, que por consecuencia hace patente la ausencia de principios y convicciones, permitió la irrupción al poder de un grupo generacional políticamente suicida.

No sólo por los abusos en el uso y eventual desvío de recursos públicos, más bien en relación con su comportamiento desde ese mismo poder, que los convirtió en una especie de dictadores tiranos estatales.

El elemento de coincidencia detrás de las historias de estos personajes, tanto de los que enfrentan procesos penales como de quienes lograron escabullirse de ellos, como por ejemplo y sólo por señalar entre otros a los más expuestos: a Javier Duarte, Roberto Borge, Tomás Yarrington, Ulises Ruiz e Ivonne Ortega, es el exceso de sus potestades y funciones.

Gobernantes que ignoraron por completo no sólo el marco legal, sino que incluso crearon uno propio, en el cual sus prerrogativas e investidura superaban a las de un monarca autocrático del siglo XIX.

Para ellos no existio nunca un compromiso ni con el cargo ni con la sociedad, nunca se debieron a ninguno de ambos, el gobierno fue una propiedad material e intelectual que creyeron les pertenecia por algun derecho divino.

Sus evidentes conflictos de personalidad, ambición desmedida y la temporal protección de la posición, aunadas como ya apuntábamos a una absoluta deformación ideológica, crearon auténticos monstruos al amparo del Estado.

La regla que había permitido la subsistencia del régimen se basaba en no ir más allá de los límites establecidos, de entender que la voluntad personal no puede estar por encima de los equilibrios.

Que el poder como reza la sabiduría popular es prestado y tiene fecha de vencimiento, que la imposición de los deseos tiene topes y que rebasarlos produce más allá del rechazo popular, sanciones políticas y legales.

Aquellos que aun y cuando lograron evitar enfrentar procesos penales en su contra como Ivonne Ortega y Ulises Ruiz, persisten en actitudes en las que se hace evidente que no hay cálculo de situación y contexto.

Me refiero a su participación en la pasada asamblea nacional del PRI, donde ambos, unidos por cierto, trataron de encabezar una suerte de rebelión en contra del precepto fundamental de ese partido, la facultad del Presidente de elegir a su sucesor.

Independientemente del fracaso de su postura, lo que se observa es además de la incongruencia de su posición, una tendencia manifiesta a no respetar nada ni a nadie a cambio de satisfacer sus propios intereses.

El signo de un grupo generacional, no tanto por la edad sino en la época de gobernar, que siempre sobrepuso por encima de cualquier circunstancia la imposición de sus caprichos.  

Este es precisamente el mal, que se ubica como el principal lastre que afecta en este caso de análisis al PRI, pero que no es exclusivo de este partido, es un síndrome contagioso que provoca el grave riesgo de encumbrar personajes mesiánicos en posiciones de responsabilidad.

La esencia de gobernar se fundamenta precisamente en el respeto hacia el marco establecido, no puede ser quien asume esa potestad quien la rompa, la deforme a modo para construirse una corte imperial de sordos donde la única voz que se escuche sea la del tirano.

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