El día de ayer un grupo de maestros, dice la prensa, tomó por varias horas la oficina central del Instituto Nacional Electoral (INE), Desde ahí, los maestros lanzaron un llamado…
El día de ayer un grupo de maestros, dice la prensa, tomó por varias horas la oficina central del Instituto Nacional Electoral (INE), Desde ahí, los maestros lanzaron un llamado para que no haya elecciones ni federales ni locales el año que viene y amenazaron con impedirlas.
Sometidas las autoridades a una lluvia de críticas y malas noticias, es posible que hayan pasado por alto dicha amenaza, que sin duda no es menor. En efecto, hay un número de organizaciones radicales que desean impedir o al menos sabotear hasta donde puedan las elecciones del año entrante, sobre todo en algunos estados como Guerrero y Oaxaca.
Bien mirado, las elecciones, y la democracia en general, no les ha dado casi nada a amplios sectores de esos estados. PRI, PAN, PRD y MORENA, por decir algunos, no parecen diferenciarse en sus vicios y prácticas corruptas. Para los sectores medios, los que viven de los servicios, la llegada de gobernadores de alternancia (Aguirre y Cué) ha significado delincuencia y caos. ¿Por qué habrían de defender las elecciones?
Esta sensación no se da sólo en estos dos estados. En muchos otros lugares, personajes, ciudadanos y organizaciones están decepcionados de la democracia electoral. Personajes como el padre Solalinde o Javier Sicilia, entre otros, parecen estar a punto de decir: al diablo con las elecciones.
La razón es muy sencilla: nada cambia, dicen. La corrupción de todos los partidos, las malas administraciones, la inseguridad, los beneficios a los poderosos, la fusión de la política y el narco prosiguen sin importar qué partido este en los puestos. Los medios se regodean con las notas sucias.
¿Qué pasaría si se logran impedir las elecciones en un número significativo de lugares? No habría representantes de nada en esos sitios o, en el peor escenario, las elecciones serían declaradas inválidas. Las autoridades vigentes están impedidas de extender su mandato más allá del periodo para el que fueron elegidas. ¿A quién conviene esto? Prácticamente a nadie fuera de estos grupos.
Lo cierto es que el país ha cambiado y mucho en los últimos 25 años. La mayoría de los cambios institucionales han sido para mejorar. Estas mejoras no se lograron sólo con presión social, sino con acuerdos políticos entre estos partidos hoy tan denostados. Hoy, las elecciones son confiables y son, además, uno de los pocos caminos que los ciudadanos de a pie tenemos para cambiar las cosas. El camino electoral es una palanca, lenta y a veces decepcionante, pero segura.
Las últimas semanas sucesos como Tlatlaya, Ayotzinapa, IPN, la casa blanca de Las Lomas, nos dicen que hay que redefinir instituciones, no destruirlas.
Foto: Twitter
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