Desde que se planteó el referendo, el gobierno de Alexis Tsipras sabía que el resultado de este ejercicio serviría para negociar, no para romper. El…
Desde que se planteó el referendo, el gobierno de Alexis Tsipras sabía que el resultado de este ejercicio serviría para negociar, no para romper. El rompimiento no lleva a ningún camino y el líder griego lo sabe. Pero los europeos también lo saben y, sobre todo, lo saben los líderes como Hollande y Merkel, viejos lobos de mar. También lo sabe Christine Lagarde, del Fondo Monetario Internacional (FMI). El claro resultado a favor del “no” (61.31% contra 38.69%) es contundente en Atenas, pero no en Bruselas, París o Berlín. Cuestión de geografía. De cualquier modo, con el resultado del referendo bajo el brazo, Tsipras se sentará a la mesa de negociaciones con tiburones. Si bien seis griegos de cada diez dijeron “no”, los otros cuatro contestaron que sí. ¿Para qué le alcanza a Tsipras su “no”? Dice Paul Krugman que llegó el momento de la verdad para los europeos.
Por lo pronto, Tsipras ha prescindido de Yanis Varoufakis, el beligerante Ministro de Finanzas, quien comparó a la troika (Banco Europeo, Unión Europea y el FMI) con terroristas. Si el líder griego no tuviera intenciones de negociar Varoufakis seguiría en su puesto, pero habrá de ser sustituido por otra persona, menos confrontada con los agentes europeos. Esta característica de la izquierda griega es digna de reconocimiento: usan las victorias para negociar, no para romper o intentar doblegar, a diferencia de la izquierda mexicana.
Como respuesta a los resultados del referendo, el día de hoy se reunirán Merkel y Hollande y mañana martes el llamado Eurogrupo para analizar los pasos a seguir. La situación es delicada para ambas partes: la Unión Europea y Grecia. Tsipras sabe que sin Europa se enfrenta a una crisis de grandes proporciones que no podría manejar. El apoyo popular que hoy ostenta es un bien que tiende a desgastarse rápidamente cuando falta pan, como bien lo sabe Nicolás Maduro. Pero la Unión Europea sabe que si pierde a Grecia el futuro del proyecto de una Europa unida se verá comprometido.
Los primeros efectos del referendo griego en México se dejaron sentir muy pronto: ayer en la tarde el peso perdió terreno frente al dólar y es previsible que mientras no se llegue a un acuerdo que estabilice la situación siga la devaluación de nuestra moneda. No tranquilizan para nada las declaraciones de Agustín Carstens, cabeza del Banxico, quien lejos de explicar qué sucede, se dijo extrañado por el fenómeno. Valiente cosa que el encargado de nuestra moneda no sepa qué pasa.
Hacia el futuro, los europeos tendrán que decidir entre conservar su unidad y, por lo tanto, flexibilizar las condiciones que le imponen a Grecia; o bien, castigar al país mediterráneo para que no cunda el ejemplo. De lo que hagan, se escribirá el futuro de un sistema caduco y agotado, que privilegia la salud de los bancos por sobre las personas.
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