El triste diario de una afanadora que no se dedicaba a esos menesteres, hasta que se empezó a dedicar

I Acrobacias del asfalto Uno Todos los habitantes del edificio tienen mucho en común. Este lugar es donde han estado más incómodos y hostilizados, aquí… I Acrobacias del asfalto  Uno Todos los habitantes del edificio tienen mucho...

27 de agosto, 2015
RHT

I Acrobacias del asfalto Uno Todos los habitantes del edificio tienen mucho en común. Este lugar es donde han estado más incómodos y hostilizados, aquí…

I

Acrobacias del asfalto 

Uno

Todos los habitantes del edificio tienen mucho en común. Este lugar es donde han estado más incómodos y hostilizados, aquí han sido peor tratados y es donde más han durado. Si se pudiera pensar que el edificio les cuenta a sus inquilinos historias y más leyendas de aquellos días de abundancia, podría explicarse por qué un orgullo mal entendido ayuda a los miles de argumentos que esgrimen consigo mismos, los miembros de esa comunidad, a la hora de pensar en abandonarlo.  

Bien quedaría entonces dejar escrito que aquí existen los apegos de cabreanza, en lugar de los aperos de labranza. Es decir, que los habitantes se ocupan en rumiar pendencias de antier y no en tener un oficio, o, quizá, mejor sería especificar que aquellos que se precian de ser diligentes, se desgastan en labores pesadas e inútiles como lavar ocho pisos de escaleras, escombrar y dejar los trebejos en el techo del vecino, poner gruesas estacas de piso a techo que estorban el paso más de lo que apuntalan. Todo eso en el intento de que el edificio no se haga escombros de un trancazo, pues, cual señora temperamental, amenaza con eso tantas veces como llega un temblor, pero no se cae, se ladea. Como si tuviera conciencia de las vidas que alberga, permanece recargado en una de sus cuatro esquinas. La gente ha llegado a compararlo con un padre o una madre que nunca habla en serio, físicamente fuerte, un superhéroe que los cobija y protege como Dios a sus creyentes. 




Lejos quedaron aquellos días en que ondeaban sobre el heroico aluminio de la entrada las banderas de España, Argentina e Israel. Acababa de morir Francisco Franco y La Madre del Anciano que se Ostentaba Como Dueño hacía entrega de las llaves de una suite a Los Diplomáticos Madrileños que Firmaron Contrato de Arrendamiento.  

Esa vez, como un presagio de lo que más adelante sería el edificio, sopló un ventarrón y se rompió el asta que sostenía la bandera de la estrella de David. Estuve a punto de quedar sepultado bajo el lábaro, pero pude refugiarme en la jardinera, bajo La Sábila, y desde ahí contemplar la rebambaramba. Hubo comentarios un poco subidos de temperatura. En otras palabras, con varias sesiones de dimes y diretes en el pasillo y el elevador, se conmemoró la vez que los reyes católicos echaron de sus dominios a los creyentes de la fe mosaica. Eso nada más para que no olvidemos que en todos lados se cuecen habas. 

Todos los habitantes aseguran haber visto la pelotera del día que llegó la policía para separar a los rijosos españoles e israelitas, que, aún camino a la demarcación, iban recordándose la progenitora. Nunca se supo si uno de los argentinos había sido el embijador, pero El que no Rompe ni un Plato presume, hasta la fecha, de haber escuchado cómo se dice “chinga a tu madre” en yidish. Y convencería a mucha gente de la veracidad de sus cuitas, si no fuera porque La Vecina de Todos Ustedes Menos Mía lo echa de cabeza, al aclarar que llegó a vivir al edificio al mes de que ella se cambió, y que ni cama tenía, o sea, que de mucho departamento y dormía en el suelo, como animal. Entonces, el hombre se defiende inventando que llegó recomendado por Cantinflas, para servir de chofer a uno de los más chipocludos de Televicentro y que el patrón, por su lealtad, lo premió dejándole el departamento que ahora tiene. Quienes lo escuchan se mondan de risa, pero a sus espaldas.  

El día que murió El Anciano que se Ostentaba Como Dueño, el aluminio del zaguán fue el primero –por no decir el único– en celebrar un duelo: se zafó de un lado al primer empujoncito. Después de que se hiciera añicos el cristal, demostró que no soportaba el peso absolutamente de nada, por lo que, al ponérsele unos tornillos, se tomó la opción de que permaneciera la puerta sin vidrio. No obstante, los vecinos quedaron de acuerdo con que a los rateros de la calle no se les iba a informar que en realidad no había puerta. Así las cosas, metían las llaves a la chapa y abrían y cerraban el marco, guardando la costumbre, pues, ¿qué mejor que aparentar que tenían el zaguán más limpio de todos los zaguanes de la cuadra?   

Dos

Si tomamos en cuenta que se construyó en la década de los sesenta, es como una casita de papel, ¡no le ha tocado más que el terremoto del 85! En su época, mostraba el último grito de la moda arquitectónica; pero, cuando dejó de ser un lugar de polendas, para convertirse en vecindad, más o menos aceptable, todos los detalles que antes fueron percibidos como de gran belleza, resaltan ahora para acentuar la fealdad.  

El aluminio de la entrada, delgado y color oro, parece que conserva su aspecto desde que el edificio quedó terminado; pero, al acercarse, es notorio que ha recibido toda clase de talladuras: con lija, con clavos, segueta, en fin, no le habíamos metido cizalla porque.., ¡pues porque a veces los seres humanos somos… somos perezosos! ¡O güevones! Para decirlo como lo dirían los pelados éstos. Y no reparamos el marco, en realidad, por tacaños. Finalmente, le apostábamos a que los nueve escalones que sirven de acceso hicieran su trabajo inspirando flojera en cualquier intruso que deseara aventurarse.   

Los dichos escalones son, hasta el presente día, utilizados como banca de descanso por algunos transeúntes, en cuya presencia quedó destrozada la ilusión de la puerta diáfana. Una tarde, salió un perrito french poodle, que por su condición canina y por la urgencia que tenía, se abstuvo de abrir como era debido y saltó hacia afuera para hacer su necesidad casi en mi falda. Yo estaba ahí, con el hombre que amaba. Aunque eso nos cortó la inspiración, fue necesario encontrar, esa misma noche, a unos jovencitos fumando mariguana, encerrados en lo que había sido el elevador, para que, de inmediato, se pusiera una hoja de fibra de vidrio que ya no se rompe, que no es tan pesada pero que desentona con la estética. 

Lo que realmente desentona con la estética somos nosotros. Bueno, en realidad son ellos. Yo dejé de vivir ahí. Puras envidias porque soy la única de todos que tiene categoría. 

En sus años mozos el edificio no solo fue morada de embajadores, también artistas renombrados y alguna que otra prostituta de altos vuelos tuvieron el honor. El terremoto los ahuyentó y atrajo a la gente de hoy: personas de armas tomar algunas, de plano, delincuentes que sea como sea, calientan la construcción. El agua circula por sus tuberías oxidadas y la luz por los alambres desgastados; los cables telefónicos palpitan una y otra vez, ¿qué importa si eso se logra con una señal robada? Tiene vida y la agradece, como el anciano que se siente reconfortado con una taza de caldo de pollo.  

La fachada muestra el paso del tiempo en los balcones que, semejantes a la puerta del zaguán, no tienen el vidrio que antes les daba aspecto ultramoderno y lujoso. El número que indica la ubicación en la calle se ha caído, así como el letrero labrado en piedra, del que solo quedan las palabras: “Suites ejecutivas”.   

Las escaleras parecen recuperar lozanía cuando les pasan cualquier artefacto de limpieza. Casi de caracol, suben y suben pisos en una espiral que quiere llegar al cielo, pero lo más que ha alcanzado es el color de las nubes. Ahí estuvo mi casa. Con esa gente de arriba nunca me pude integrar. 

Aquellos de la azotea –decía la gente de abajo–, son personas irascibles. Y así era. Mirábamos retadores a los ojos altaneros de la gente vanidosa, los felices poseedores de sus inmundas pocilgas que le han quitado a sus casas, en forma definitiva, la categoría de suites, pero bien que nos miraban con la barba sobre el hombro y se referían a nosotros con palabras hirientes, como si fuéramos seres inferiores, animales con aspecto humano que no acababan de admitir que estaban ahí para servirles, porque ellos son los de los departamentos, los dignos, los que gozan de aquellos mismos espacios que alguna vez disfrutaron los prominentes de este país.   

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