El suplicio del acoso: Impunidad absoluta

Lo recuerdo bien, trabajaba para una gran compañía trasnacional cuando viví aquella experiencia. Lo recuerdo bien, trabajaba para una gran compañía trasnacional cuando viví aquella experiencia. Era mi primer trabajo después de graduarme de la universidad y...

6 de junio, 2016
RHT
acoso

Lo recuerdo bien, trabajaba para una gran compañía trasnacional cuando viví aquella experiencia.

Lo recuerdo bien, trabajaba para una gran compañía trasnacional cuando viví aquella experiencia. Era mi primer trabajo después de graduarme de la universidad y era tan emocionante todo aquello, que no sospeché lo que una chica como yo podía pasar en un ambiente rodeado de profesionistas de tan pulcra apariencia.

Un complejo industrial, muchos departamentos, gente fascinante con quien trataba en la oficina todos los días: ingenieros, abogados, contadores de ambos sexos claro está; unos amigables y otros no tanto. Mi jefe era un hombre de unos cincuenta años, era un tipo con cara de pocos amigos pero al conversar con él no resultaba tan desagradable después de todo. Tenía un equipo numeroso a su cargo y la mayoría reconocía su gran labor como gerente de área por su larga trayectoria y amplia experiencia en la compañía. Al ser nueva en el trabajo tuvo bastante paciencia conmigo al explicarme mis responsabilidades, aunque no faltaron los regaños de su parte por olvidar detalles de gran importancia, después de todo era parte de mi inexperiencia. No pasó mucho tiempo para comenzar a moverme como pez en el agua, por fin ejercía mi profesión, ganaba mi propio dinero y hacía cada vez más amigos en el trabajo, fue una etapa feliz.

Mi jefe no tenía un trato diferente hacia mí en un inicio, nunca noté algo raro o inusual en su comportamiento. Temperamental como todos los jefes pero nada de qué preocuparse. Un día comenzó a hacerme preguntas personales como con quién de mis compañeros del sexo opuesto me llevaba mejor, si me gustaba alguien de la oficina, si tenía novio, si vivía sola. Tomé aquellos cuestionamientos como simples temas de conversación irrelevantes, era demasiado ingenua quizá, no obstante los cuestionamientos continuaron al punto de molestarme. Una vez me preguntó -¿cuántos años dices qué tienes?- A lo que respondí: 23 recién cumplidos ingeniero, -a lo que él indagó-: con que 23, a esa edad las mujeres son más bellas que nunca. Internamente no pude evitar pensar: “este señor resultó ser todo un raboverde”, comencé a marcar distancia y tratar de enfocar las conversaciones a asuntos exclusivamente de trabajo.

En otra ocasión nos encontrábamos solos en mi cubículo, me explicaba cuestiones del trabajo pero su aproximación corporal me tenía preocupada. De pronto al querer mostrarme a detalle unos archivos, colocó su mano sobre la mía para mover el ratón de la computadora; mi reacción fue pararme y salir apresuradamente hacia el tocador de mujeres. Muchas cosas cruzaron por mi mente, en su mayoría reproches a mí misma ¿por qué no lo empujaste lejos de ti? ¿Por qué no le propinaste una cachetada? ¿Por qué no lo enfrentaste y le exigiste que dejara de acosarte? ¿Cómo dejaste que esto pasara? A lo que yo misma respondía: pero… ¿cómo podría si se trata de mi jefe?, si lo hago me va a correr y encontrar un trabajo como este es extremadamente difícil, aquí me siento muy a gusto. Era toda una lucha interna conmigo misma y sabía que debía poner un alto.

A raíz de lo sucedido, pasaron algunas semanas y su trato conmigo volvió a ser como al inicio, me trataba como a todos los demás hasta un tanto distante, supuse que era la reacción de un hombre avergonzado. Sentí alivio al notar el cambio de su actitud pensando que aquello había sido un mal episodio y nada más, pero un buen día aprovechando que todos se encontraban en su “lunch time” me confesó lo mucho que le gustaba y el deseo tan grande de conocer mi forma de besar, que no entendía porque me hacía tanto del rogar, que se estaba divorciando y toda una serie de barbaridades que en ese instante lo dejé hablando y atravesé el corredor por temor a su acoso, salí de aquella oficina para no volver.




Este es el testimonio de Karla Valeria, una joven mujer de entre cientos de miles de casos en nuestro país que viven situaciones parecidas de acoso sexual en sus centros de trabajo. ¿Qué mujer no hemos vivido algo así? un vulgar piropo en la calle, una mirada libidinosa, un tocamiento en el transporte, el acoso es una materia en la cual estamos todavía muy lejos de castigar eficazmente.

Según un estudio del Colegio Jurista, en México, 1.4 millones de mujeres padecen acoso sexual en el trabajo, esto es, el 10 por ciento de la Población Económicamente Activa, dicha cifra es conservadora, debido a que se trata de un acto ilícito que en 99.7 por ciento de los casos no se denuncia y tiene el índice más alto de impunidad, incluso mayor que en el caso de fraudes internos.

Pero las mujeres no tienen la exclusividad en este tipo de delito, cada vez más hombres lo padecen y lo denuncian. Se estima que 8% de los trabajadores del género masculino en México sufre acoso sexual en su centro laboral, ya que este fenómeno representa actualmente 15% de las denuncias por dicho delito, según datos del Insituto Nacional de Mujeres (Inmujeres). Se ha encontrado a mujeres que hostigan sexualmente, al igual que las personas jóvenes y a quienes no necesariamente tienen un mayor rango jerárquico en el trabajo respecto a la víctima.

Ustedes recordaran que hasta hicieron una película de este controvertido tema en el año 1994 “Disclosure” o “Acoso Sexual” como la conocimos en su versión en castellano con las inolvidables actuaciones de Demi Moore y Michael Douglas.

Pues bien, el tema del acoso es extenso ya que el centro laboral es sólo uno de los muchos lugares en que se sufre, la escuela, la calle, hasta el mismo hogar son otros sitios en que indignantemente se padece y de los cuales hablaré en un futuro artículo. Este es sin duda un tema alarmante que los legisladores deben tomar como prioritario debido a que muchas personas deben vivir todos los días verdaderos calvarios en sus trabajos sin poderse dar el lujo de renunciar porque son jefes y jefas de familia que no tienen opción de sustento dada la carencia de oportunidades laborales, siendo víctimas de estos degenerados que hacen de las suyas permaneciendo impunes y peligrosos.

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Fuentes

http://www.excelsior.com.mx/2012/03/13/nacional/818049

http://www.publimetro.com.mx/noticias/crece-acoso-sexual-contra-hombres/mnfd!7AVCXX3M5PLWo/

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