El sabio “anciano” de 20 años de edad… (1)

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28 de diciembre, 2015
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rosca

Conocí Chinameca, Morelos, hace 40 años a raíz de la invitación que me hizo mi amigo Renato Cárdenas…

Conocí Chinameca, Morelos, hace 40 años a raíz de la invitación que me hizo mi amigo Renato Cárdenas, a quien entonces, apenas había conocido.

Por fortuna, Chinameca no ha cambiado mucho desde abril 10 de 1919, cuando Emiliano Zapata fue asesinado ahí, por orden del nefasto Venustiano Carranza.

Cuando llegué ahí por primera vez, no imaginaba que mi vida se vincularía con ese sitio sagrado de nuestra patria, echando raíces que se han ahondado y permanecen hasta ahora en mi alma.

Cuando mi amigo Renato me invito a ir la primera vez, me costó trabajo llegar. Era toda una aventura; había que pasar primero a Cuautla, (donde nunca había ido antes), y después, seguir un camino angosto que pasa por Anenecuilco, Villa de Ayala, San Rafael y finalmente llega a San Juan Chinameca.

A mediados de los 70, la panadería de Don Amadeo, era el corazón del poblado. Además del pan (delicioso e inolvidable), tenían la tienda principal, y la única caseta telefónica.




Cuando alguien recibía una llamada, se le convocaba a contestarla a través de un sistema de altavoz que a la fecha subsiste; solo que ahora se utiliza para anunciar productos diversos; para avisar que el pan acaba de salir del horno, o para dedicar las mañanitas a alguna persona cuyo hijo, esposo, o amigo se encuentra lejos de ahí pero le recuerda y le acompaña en su celebración.

Aquella primera ocasión, me esperaba una salsa verde molcajeteada, hecha (según Renato) con dedicatoria para mí, porque le había yo dicho que el picante me gustaba especialmente, y que no había salsa en el mundo que pudiera enchilarme.

Llegué pues hasta la calle General José Hernández, donde se encuentra la tienda y panadería de Don Amadeo Cárdenas, el padre de mi amigo.

Fui recibido con familiaridad de quienes pronto iría conociendo, y que me hicieron sentir inmediatamente bienvenido.

De la tienda a la casa familiar hay un claro sin puerta que comunica ambos espacios, y que tiene “truco” porque hay que tener cuidado de no pegarse en la cabeza, puesto que hay que descender “un poco” con riesgo de darse un tope que desde luego, yo me di, y del que todos se acuerdan a la fecha.

Aquella tarde de sábado, la misma familiaridad con la que fui recibido, permitió que me moviera yo “como por mi propia casa”, y fue así que me encontré con un salsero a cuyo lado había un atado de tortillas recién hechas.

No teniendo nada mejor que hacer, me despaché con la confianza dispensada y cuando me di cuenta, ya no quedaba salsa ni tortillas.

Poco tiempo después, llegó Renato que procedió a presentarme con sus padres: Don Amadeo y Doña Sidonia.

Estábamos en las presentaciones, cuando al ir a ofrecerme una botana para acompañar la Cerveza Victoria helada que me habían abierto, se percataron de la “misteriosa” desaparición de la salsa verde y las tortillas.

No sin pena confesé mi “pecado”, pero la reacción no fue de disgusto sino de sorpresa: ¿Y no te picó?

A lo cual yo respondí: ¡que no!

Resulta que la salsa en cuestión, me estaba esperando para quitarme lo hablador y dejarme enchilado inolvidablemente…

A la fecha, después de muchas otras salsas, chiles toreados, chiles de árbol y toda la variedad de picantes imaginables, mi reputación permanece incólume y entre tanto, sigo disfrutando de los intentos por vencer mi paladar mexicanísimo.

Don Amadeo era y sigue siendo un hombre de presencia recia pero afable que preside su hogar y ve por su familia, asido de un gran bastón que recuerda el báculo de Moisés.

Todas las mañanas cuando se sienta en su sitio encabezando la mesa en la cocina, sus hijos, nietos y bisnietos (que revolotean alrededor suyo), le besan la mano, y unos después de otros, se sientan a su lado para tomar café y escucharlo.

Mi primera impresión de Don Amadeo,  fue la de un señor “de los de antes”; un verdadero gran señor, con autoridad y al mismo tiempo, con un agudo sentido del humor.

Doña Sidonia, su esposa, (su dueña y señora) es un auténtico ángel de bondad y de alegría; siempre sonriente y siempre maternal; efusiva, entusiasta como una adolescente, y de una belleza que perdura reluciente e intacta.

Don Amadeo y Doña Sidonia se casaron cuando apenas contaban 14 años de edad.

Esa, mi primera visita se prolongó mucho más de lo que había yo pensado.

Al poco rato fueron llegando los hermanos y hermanas de Renato, y nos sentamos a la sombra de una pérgola de maracuyás y buganvilias, donde comimos y la reunión se prolongó a una sobremesa que poco más tarde se transformó en un concierto al que ¡se sumaron todas las voces de la familia acompañados de guitarras y hasta maracas!

Desde esa ocasión, me enamoré de Chinameca; recorrí el casco de la legendaria hacienda donde murió Zapata, y subí a la “Piedra Encimada” por un camino de piedras y tierra seca que recorrí descalzo bajo el sol de la tarde calurosa, para sorpresa de mis anfitriones.

Mi “tope” accidental entre la tienda y el comedor; mi proeza de la salsa verde y mi ascenso a la “Piedra Encimada” quedaron para la historia de esa casa que ahora agradezco como mía, cuatro décadas después.

Conforme fui siendo acogido a esa familia (a la que ahora pertenezco), aprendí que Don Amadeo fue miembro del “consejo de ancianos del pueblo” desde que tenía escasos 20 años de edad.

Al paso del tiempo, puedo jactarme de que tengo un sitio fijo a la mesa de la cocina, que es en realidad el corazón de esa casa patriarcal.

He sido afortunado de aprender muchos capítulos de nuestra historia, de labios de Don Amadeo, cuya sabiduría fue tan precoz como reconocida por esa institución tan importante de las comunidades rurales de nuestra patria, como es el Consejo de Ancianos.

En los Consejos de Ancianos, no hay tecnócratas; no hay “señoritos”, ni pedantes. Hay respeto y hay sabiduría.

Tras la sencillez sin afectaciones de Don Amadeo, hay un personaje que fue amigo de verdaderos presidentes de Mexico; de líderes que acudían a él para recibir consejo.

Luis Echeverría, en plena Presidencia de Mexico, conoció a Don Amadeo en la mismísima Chinameca, y fue recibido en ese corazón de la comunidad, de donde brota el pan todos los días. Ahí, en esa casa principal, perdura el retrato de los dos hombres, como testimonio de ese tiempo.

Durante los años de mi clandestinidad, mi amigo Renato me abrió las puertas de su casa y me dio asilo; con lo cual, tuve la oportunidad de vivir más profundamente en ese sitio cuyo emblema sigue siendo el de TIERRA Y LIBERTAD, visible en la altísima chimenea del “chacuaco” de la Hacienda de San Juan Chinameca, recientemente restaurada.

Cuando Renato fue ayudante municipal, fui invitado a ser “el Cura Hidalgo” en las Fiestas Patrias de 2004, y volví a serlo los dos años siguientes.

La primera vez que desfilé por las calles de Chinameca a bordo de un carro alegórico, lanzando dulces a los niños, al momento de iniciar el recorrido, una joven de la familia Cárdenas, vestida de china poblana con un hermoso atavío hecho a mano por su madre, con la cara enmarcada con sus hermosas trenzas y su piel de fuego, me dijo emocionada al momento de comenzar el toque de los clarines y los tambores:

¡Qué orgullo y que bendición ser mexicanos, ¿verdad?!

Mientras yo la escuchaba, con mis botas de cartón y un abrigo que desafiaba los más de 35 grados de temperatura, mientras Don Amadeo nos miraba desde una esquina, sonriendo ante la escena.

En la casa patriarcal de Don Amadeo y Doña Sidonia, se vive a diario la bendición de Dios que dice:

“Esta es la bendición del hombre que teme al Señor y sigue sus caminos; serás dichoso, te irá bien”.

“Tu mujer será como una vid fecunda en medio de tu patio, y tus hijos como renuevos de olivo en torno a tu mesa”.

“Tendrás en los hijos la paz; en los amigos un consuelo, y en tu trato con todos el amor verdadero, y verás a los hijos de tus hijos hasta la cuarta generación”.

Doña Sidonia desde hace ya mucho tiempo me hizo el honor de adoptarme como su hijo, con lo cual, vengo a ser la oveja negra de su familia a la que quiero muchísimo.

En ningún otro sitio he vivido México tan intensamente; en esta familia que es mía, he vivido jornadas inolvidables, como una tarde en la que un hermano de Don Amadeo (Don Leonardo) llevó a un amigo que, al concluir una comida bajo la pérgola de maracuyás, se levantó de la mesa y anunció que interpretaría algunas viejas canciones mexicanas…

…no imaginaba yo entonces que escucharíamos un auténtico concierto de opera a capela de un verdadero artista sin pretensiones, que nos obsequió una de las más maravillosas tardes de mi vida.

A Don Amadeo (al que admiro y quiero entrañablemente), le gusta regañarme aunque siempre con afecto, mientras Doña  Sidonia se ríe y me defiende.

Ese joven que hoy rebasa los 80 años de edad, tiene 46 nietos, más de 15 bisnietos y muy pronto, de seguro, tataranietos.

Su hijo mayor; mi amigo/hermano Renato, se dio el lujo de dejar atrás a la ciudad de México y su carrera como contador público exitoso, para regresar al origen de la casa patriarcal, y retomar el oficio y el arte del pan de cada día, en el amasijo de la panadería del pueblo.

¿Qué mayor triunfo puede haber?

Hoy que estoy lejos, cuando está a punto de comenzar el nuevo año, he querido compartir esta breve historia cuya continuidad está asegurada en la numerosa descendencia de Don Amadeo y Doña Sidonia, que sigue revoloteando en torno de esa casa emblemática, como las golondrinas que sobrevuelan el casco de la hacienda de Chinameca.

Puedo imaginarme la sonrisa de Don Amadeo cuando alguno de sus nietos le muestre estas líneas, que verá a la hora del desayuno en el sitio que le corresponde en la mesa redonda de la cocina.

Lo único que puedo decir para terminar, es que el Consejo de Ancianos de Chinameca, hizo bien de escogerlo tan temprano para formar parte de su concilio.

Mexico necesita jóvenes consejeros como Don Amadeo en todos sus confines; y madres como Doña Sidonia en todos nuestros hogares.

Mientras existan mexicanos así, nuestra patria tiene asegurados tiempos mejores.

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Rosca de Reyes elaborada en la Panadería Cárdenas de Chinameca, Morelos, cuyo horno principal tiene más de un siglo de antigüedad.

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Pecos

Stahringen, Baden Wurtemberg, Alemania

27 de diciembre de 2015

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