El club de los insomnes: Tratando de despertar al cine mexicano

La primera película del hijo de Sergio Goyri, demuestra que se puede estar en “La Cúspide”, aunque sea por una semana. La primera película del hijo de Sergio Goyri, demuestra que se puede estar en “La Cúspide”,...

15 de junio, 2018
RHT
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La primera película del hijo de Sergio Goyri, demuestra que se puede estar en “La Cúspide”, aunque sea por una semana.

  • La primera película del hijo de Sergio Goyri, demuestra que se puede estar en “La Cúspide”, aunque sea por una semana

Dejando de lado el patrioterismo, prácticamente todas las cintas mexicanas que se estrenan (aproximadamente dos cada semana) o son tan “personales” que sólo sus directores las disfrutan (y a veces ni ellos) o son tan complacientes que dan pena ajena. Una frase que usó alguna vez aquel gran crítico de cine, Leonardo García Tsao, parafraseando a Jorge “Sonny” Alarcón, es que el cine es demasiado arte para ser negocio y demasiado negocio para ser arte. Si somos francos, las películas que tanto los cinéfilos como el público en general llegan a recordar más, son aquellas que le permiten a los dos el poder disfrutarlas, que son tan espectaculares, emotivas o divertidas como para impactar a cualquier hijo de vecina, como también lo suficientemente bien realizadas técnicamente como para que agraden a los que gustan de platicar de filmes, tomando un café en la Cineteca o el Film Club Café. Pero por desgracia, parece que esto nada más no se le da a todos los directores mexicanos. El caso de El club de los insomnes (2017, Sergio Goyri Álvarez y Joseduardo Giordano Chalamanchi) intenta serlo.

La cinta narra la vida de un “Godínez” que después de tener una pesadilla recurrente, se sale de su casa durante la madrugada para poder matar el tiempo. Su rutina siempre lo lleva a una tienda de conveniencia, tipo Oxxo, en la que labora una extraña chica, mezcla entre “La Chimoltrufia” y Cecilia Suárez, que acostumbra tomar fotos de los clientes que llegan durante la noche. Ambos tienen el pasatiempo de jugar Scrabble con sopa de letras cruda. Una noche, de pronto, llega una tercer desvelada con la que poco a poco van formando una sólida amistad.

Una historia de amor entre seres que traducen su soledad e inconformidad con sus vidas, es lo que logran los debutantes Goyri Álvarez y Chalamanchi, en su ópera prima. Con cierto aire del trabajo de Fernando Eimbcke (Temporada de patos, 2004), llama la atención por ese extraño letargo que refleja esa extraña mezcla de ocio, desesperación y sufrimiento de no poder dormir, y como ese trío va llenando su soledad con sus extrañas rutinas.

La fotografía es bastante atractiva, y aunque se manejen unas cuantas locaciones recurrentes (prácticamente toda la acción nocturna transcurre en la tienda), procura no repetir encuadres. El ritmo es pausado, letárgico, e irónicamente, casi al llegar al final baja todavía más la velocidad y de pronto puede dormir al más insomne. Afortunadamente, cuando el espectador está a punto de dormirse, el asunto se termina, con un acertado final abierto que permite al espectador sacar sus propias conclusiones. Más allá de clásico final feliz, lo que encontramos es que la felicidad es como el dormir, aunque la realidad te tope al despertar.

Una de las cosas que más llaman la atención es la química entre el trío protagonista, que permiten empatizar con ellos y sentir, incluso ternura por su situación. Sin embargo, lo que debilita el aspecto actoral son una serie de cameos de actores famosos, representando a los extraños seres que deambulan por la tienda en la noche. Otro error gravísimo es que mientras algunos artículos de la tienda no tienen marca alguna – esas extrañas Coca-Colas mini, sin etiqueta – en otros es más que visible su procedencia.




En un mar de películas que van de lo poco atractivo a lo ridículamente complaciente, en donde basuras como Eres Mi Pasión (2018, Anwar Pato Safa) representan el cine mexicano comercial y anuncian con bombo y platino su permanencia en cartelera, es triste ver que una cinta, si bien no está del todo lograda, por lo menos permite tener un rato agradable, sea relegada en su estreno a una sola sala en la capital, hasta Cinépolis La Cúspide (si usted no sabe dónde está, yo menos) y una que otra en algún estado de la república. Enviada directamente al matadero, vale la pena verla (si viven cerca de La Cúspide, claro) antes de que dé el famoso “semanazo”. Injusticias de la vida.

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