Don Ricardo, Promotor y Creador del Día de la Bandera

Al otro día de cumplir 18 años, ingresé a trabajar a la oficina de Acción Cívica… Al otro día de cumplir 18 años, ingresé a trabajar a la oficina de Acción Cívica, de la Dirección General de...

23 de febrero, 2017
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Al otro día de cumplir 18 años, ingresé a trabajar a la oficina de Acción Cívica…

Al otro día de cumplir 18 años, ingresé a trabajar a la oficina de Acción Cívica, de la Dirección General de Acción Social del entonces Departamento del Distrito Federal, área que se encargaba, entre otras actividades, de conmemorar a nuestros héroes y los hechos más significativos de la historia patria. De ahí parte mi narración.

Desde mi recién rebasada mayoría de edad, el día que conocí a don Ricardo Benito Ramírez Espíndola, me pareció una persona próxima a completar las ocho décadas de vida, sin embargo pronto me enteré que el dueño de esa apacible figura había nacido con el siglo que corría. Era el 30 de julio de 1969 y estábamos en la Columna de la Independencia, en una ceremonia cívica de homenaje a don Miguel Hidalgo y Costilla, con motivo de que ese día se cumplían 158 años del fallecimiento de quien es reconocido como el Padre de la Patria.

En el acto éramos alrededor de 400 personas, entre organizadores e invitados, distribuidos estratégicamente en el basamento y las escalinatas del monumento. Se contaba además con la participación de la Banda de Música de la Ciudad de México y el militar apoyo de la Secretaría de la Defensa Nacional con un Batallón de Fusileros Paracaidistas, con Banda de Guerra, Bandera y Escolta, para darle marco y solemnidad. La ceremonia era presidida por el entonces regente de la ciudad, Alfonso Corona del Rosal, acompañado de una asistencia variopinta, entre la cual había representantes de todas las secretarías de Estado, de ambas cámaras del Congreso de la Unión, de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, de sindicatos y de centrales obreras, del Instituto Nacional de la Juventud, de varias asociaciones civiles, y de alumnos de una escuela con el nombre del prócer en cuyo honor se convocó como invitados especiales. De toda esa gente me llamó la atención un pequeño grupo encabezado por una persona –ahora denominada de la tercera edad- que hacía infructuosos intentos para cruzar Paseo de la Reforma, objetivo que logró cuando en determinado momento fue auxiliado por agentes de tránsito comisionados en ese sitio. Ese hombre ya mayor, acudía puntualmente presuroso al homenaje que empezaría en poco más de 40 minutos, ataviado -tal y como lo haría en las más de 550 ceremonias similares en las que estuvo presente como invitado y yo como uno de los organizadores durante los siguientes diez años- con un sobrio traje negro, corbata roja, chaleco o suéter, camisa blanca y su inseparable sombrero de ala ancha -que cubría parte de su totalmente cano cabello-, atuendo este último del que se desprendía al momento de entrar al escenario cívico. Antes del inicio del acto, los que trabajamos para su realización teníamos funciones específicas y una de ellas era abordar a las personas que fueran llegando para apuntar sus nombres y la institución que representaban a fin de indicarles el lugar que deberían ocupar de acuerdo con su representación. Así lo conocí. “¿De dónde viene y cuál es su nombre?” -fueron mis preguntas-, “del Comité Nacional Pro Día de la Bandera, mi nombre es Ricardo Benito Ramírez Espíndola, soy el presidente y vengo acompañado de varios de sus miembros” –fueron sus respuestas, que remate con mi agradecimiento y la invitación para que acompañara al Regente en la primera guardia de honor-.

Ya en el desarrollo del festejo cívico, no era inusual que don Ricardo hiciera uso de su pañuelo para tratar de secar las lágrimas que la emoción hacía brotaran tercas de sus ojos al momento en que la Banda de Guerra y los acordes del Himno Nacional rendían honores a nuestro Lábaro Patrio. Desde que observé esa sinceridad acuosa rodar por sus mejillas sentí que me acababa de contagiar de un hábito involuntario sin cura alguna.

A don Ricardo no solo lo vi en las ceremonias. Mi trabajo, además del de oficina y el de campo, incluía también el de “mensajero”, menester en el que nos ocupaban a los primerizos en el área y a los que la escolaridad no les daba para más, pues únicamente se trataba de entregar invitaciones para las conmemoraciones cívicas. Cuando se podía, escogía la ruta “Centro” la cual, aunque toda era a pie, me permitía ir a la sede del “Comité Nacional Pro Día de la Bandera”, que no era otro lugar que la casa del propio don Ricardo, pero que era también más, mucho más  que el hogar de este para mí ya admirable personaje: ahí, en su domicilio particular, localizado en la calle de Cruces número 11, el señor Ramírez Espíndola había instalado en pleno seno familiar el altar más humilde, pero al mismo tiempo el más impresionante que mexicano alguno pudiera dedicar a nuestra enseña patria. Así era su amor por la bandera.  Y me gustaba ir porque, al platicar con él, me daba cuenta que no todos los héroes estaban ya muertos. Que don Ricardo vivía y que debía ser venerado públicamente como héroe por la veracidad de la historia que personalmente me daba a conocer. Por lo frío de su pequeña vivienda, siempre me recibía cubierto con un abrigo (maquinof) a cuadros.




Por él supe que su lucha para que se estableciera una fecha en el calendario cívico nacional a fin de festejar el “Día de la Bandera” la inició a mediados de los años treinta del siglo pasado, y que no fue al azar su propuesta de que fuera el 24 de febrero de cada año, pues en un día como ese, pero de 1821, Agustín de Iturbide recibió la bandera del ejército de las tres garantías.

El antecedente del primer homenaje a la bandera se dio precisamente en su domicilio, lugar al que convocó a un grupo de parientes y vecinos, y el 24 de febrero de 1935 se turnaron para montar “Guardias de honor”, de las seis de la mañana a las seis de la tarde, al pie del altar que el propio don Ricardo había instalado. Dos años después de ese día, creó el Comité Nacional Pro Día de la Bandera, pero no fue sino hasta 1940 que el presidente Manuel Ávila Camacho decretó que el 24 de febrero de cada año quedaría oficialmente declarado como “Día de la Bandera”. De esa manera terminó el ir y venir de don Ricardo a las diferentes instancias gubernamentales para lograr su objetivo, sin importarle que en muchas partes lo tildaran de loco.

Puede haber más versiones, incluso google consulté el “PUNTO DE ACUERDO,(Sic) POR EL QUE ESTA SOBERANÍA RECONOCE AL CIUDADANO BENITO RICARDO(Sic) RAMÍREZ ESPÍNDOLA COMO INICIADOR DE LA CONMEMORACIÓN DEL DÍA DE LA BANDERA, A CARGO DEL DIPUTADO OBDULIO ÁVILA MAYO, DEL GRUPO PARLAMENTARIO DEL PAN”, que no aclara qué resolución tuvo, presentado en la LX Legislatura del H. Congreso General de los Estados Unidos Mexicanos, y que recoge parte de una investigación que sobre el particular realizó nuestra máxima casa de estudios  publicada el 24 de febrero de 2003, en el número 3,612 de la Gaceta UNAM, y otro de la Dirección de Fomento Cívico de la Secretaría de Gobernación, instancias que, además de invertir el orden de los nombres propios de don Ricardo Benito Ramírez Espíndola, no enriquecen la información de lo que están leyendo en éste de mi autoría y que es parte esencial de lo que me contó el propio protagonista. También podría relatar varias anécdotas sobre hechos que me tocó ver y vivir con el actor principal, pero creo que con lo expuesto es suficiente.

Al cambiarme de trabajo, dejé de frecuentar a quien para entonces tendría la edad que le calculé diez años antes, cuando lo conocí. Supe que murió en 1984.

Hoy, 24 de febrero de 2017, aquí y en todas partes del mundo, los mexicanos festejamos el “Día de la Bandera”. Y, a don Ricardo Benito Ramírez Espíndola, su promotor y creador, ¿cuándo le rendiremos los honores que merece?

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