Día 7: Nadie Sabe Para Quien Trabaja (2 de 2)

“Les ha de parecer un misterio cómo fue posible que dos desconocidos hayan entablado una conversación tan personal como lo hicimos Anita y yo. Cómo,… “Les ha de parecer un misterio cómo fue posible que dos desconocidos...

8 de agosto, 2016
RHT

“Les ha de parecer un misterio cómo fue posible que dos desconocidos hayan entablado una conversación tan personal como lo hicimos Anita y yo. Cómo,…

“Les ha de parecer un misterio cómo fue posible que dos desconocidos hayan entablado una conversación tan personal como lo hicimos Anita y yo. Cómo, de buenas a primeras, el taxi se convirtió en confesionario para que dos personas se desahogaran de esa manera. Pues no hay tal misterio. En el tiempo que tengo de conductor de este servicio de transporte público me he enterado de la vida de un gran número de mis pasajeros sin importar que sean hombres o mujeres he conocido casos de adulterio, bigamia, traición, adicción, preferencias de todo tipo; igual he recibido tanto propuestas de trabajo -lícito e ilícito-, como de aquellas que siempre son calificadas de indecorosas. En fin, algún día mis relatos se encargaran de esos temas.

“En el segundo correo de Anita, enviado y leído el mismo miércoles, me informó que su compañero de la secundaria le había pedido cambiar la cita para el siguiente fin de semana debido a que su hija, quien a fin de cuentas será la que se encargue de Suri, saldrá de la ciudad; pero ella y Alejandro, su excompañero de escuela, aprovecharían el domingoo para reconocerse después de más de cuatro décadas de no verse ni saber una del otro y viceversa, para lo cual se citaron en la Plaza Loreto, al sur del DF. Quedé de recogerla ese día en la estación Cuauhtémoc del metro, no en la concurrida y problemática terminal, para llevarla a su compromiso y así lo hice. Su saludo fue muy cordial y respetuoso, sin embargo desde ese momento la noté intranquila y nerviosa, por lo que decidí no interrumpirla cuando tomó la palabra. Su discurso no se centró en nada en especial. Me comentó que estudió sicología en CU; que hacía poco más de un año, después de ser católica por costumbre familiar, se había convertido en convencida creyente de la iglesia cristiana y que su práctica, me aseguró con fervor, le trajo estabilidad emocional, tranquilidad espiritual y otros beneficios. Por mi parte, para no polemizar dada mi irredimible calidad de ateo, le dije que me daba mucho gusto por ella; me platicó también que apenas seis meses atrás una amiga, cristiana para completar, le dejó a su perrita por una semana para salir de viaje pero con la condición de que le cobrara, cosa que no aceptó de entrada pero después del estira y afloja tuvo que ponerle precio al encargo; que a partir de esa ocasión y por recomendación de la propia Xóchitl, nombre de su compañera de culto, inició un insipiente servicio de pensión para mascotas (sin descuidar el trabajo formal en una pequeña óptica porque gracias a ello contaba con el servicio médico del Seguro Social) que con el tiempo, a la par de sus ingresos económicos, creció a grado tal que en la reciente temporada vacacional tuvo diez huéspedes a su cuidado.

“Hasta ese momento mi conversación se había limitado a breves respuestas asintiendo o negando, según el caso, hasta que le pregunté el por qué de su nerviosismo. Me contestó que, bien a bien, no sabía pero seguramente era por la incertidumbre de saber qué pasaría al encontrarse con su excompañero de estudios: Es que tal vez -me dijo-, ambos tengamos una imagen del otro que ya no existe, y que al vernos los dos resultemos decepcionados de este encuentro después de cuarenta y tantos años”. Para animarla opiné que yo no me imaginaba cómo alguien podría decepcionarse al verla. Es más, si hubiere desilusión –le aseguré-, cuídese de no externarla delante de su amigo, comentario que le arrancó una risa franca casi al llegar al lugar en donde se reconocerían, para bien o para mal, Anita y Alejandro, quien por cierto es veterinario, divorciado, tiene dos hijas que residen en el DF, vive en Tequisquiapan, Querétaro, en donde imparte una cátedra además de los sábados hacerlo en la UNAM. 

Al bajarse alcanzó a decirme que esta vez no visitaría a ninguno de sus hermanos porque quería regresar temprano para darle de comer a cinco perros que tenía a su cuidado y que me llamaría por teléfono en la tarde sólo de necesitar el servicio hacia la terminal de autobuses. No me llamó. Seguramente la inquietud y el nerviosismo se esfumaron.

“No supe de ella sino hasta el miércoles cuando leí el correo electrónico que ese día me envió. En el texto únicamente me saludaba afectuosamente y confirmaba las seis de la tarde como la hora de llegada  de Alejandro y su hija a mi casa. No más.




“Esa semana la dediqué, con mi habitual jornada de horario comprimido, a manejar el taxi y en especial a cuidar de Suri porque el lunes la habían esterilizado y con cualquiera de mis perros no deja de brincar con riesgo de que se le abra la herida. El viernes por la tarde la bañé, la cepillé y la arreglé como para regalo para que, sin necesitarlo mucho, diera la mejor impresión.

“Por fin, aunque la idea ya no era tan de mi agrado porque empezaba a encariñarme con ella, llegó el día de la presentación de Suri. No podía ser posible, apenas tenía conmigo quince días y ya la sentía de la familia, pero ni modo. Por el bien de ella y del mío tenía que cumplir con mi compromiso. A las seis con veinte minutos llamaron a la puerta: eran dos desconocidos que de lejos se advertía que eran padre e hija. Él tal vez de unos 55 años y ella no haría mucho que rebasó los 20. Otra vez, ni modo, llegó el momento. Para hacer más fluida la entrevista y posible entrega, con anticipación encerré a los otros perros por lo tanto el acceso hasta la sala de la casa no tuvo ningún problema. Apenas nos presentamos Suri, como si se tratara de viejos conocidos, brincaba, movía el rabo y gemía de gusto al tiempo que les lamía las manos y en un descuido con un brinco lograba llegar a sus mejillas. Sabía su negocio: se los ganó de inmediato. No hubo necesidad  que Alejandro le preguntara a su hija Alejandra si le gustaba la perrita porque para ese momento ya la tenía en sus brazos y Suri le impregnaba el brillo de su saliva en el cuello y la barbilla. Afortunadamente en las cosas que conservo de mi hija encontré los documentos necesarios para la adopción de la pequeña mascota, entre ellos una carta responsiva que les hice firmar: a ella como responsable y a el como testigo. En menos de cuarenta minutos el paso estaba dado y Suri, quince días después de escaparse de una muerte segura, ya tenía nueva dueña y un hogar confortable. Poco faltó para que un egoísmo exacerbado que nunca había experimentado se hiciera presente antes de despedirnos: en unos instantes me arrepentí de no negarle el servicio de taxi a Anita el día que la conocí; odié el haber aceptado su oferta de apoyo para encontrarle un hogar a Suri; renegué de las cámaras de los teléfonos celulares, del Face Book, del correo electrónico, de toda esa tecnología que nos mantuvo en contacto y que también permitió que un excondiscípulo la contactara después de más de 40 años de no verse para que semana y media después se llevara a mi perrita; por sentirme así, llegué al grado de renegar de mi amor por los animales. Sin embargo esos instantes de duda que me cimbraron por dentro no los notaron ni Alejandro ni su hija y pude, una vez superados, agradecerles el haber venido y el que acogieran a Suri en el seno familiar. Cuando los tres se fueron, saqué de su encierro a Goma, a Julia, a Tuinqui y a Jal,  y con el consuelo de ver a mis cuatro perros echados en la sala me dispuse a merendar.

“A la semana siguiente, nuevamente en miércoles, recibí un correo de Anita en el decía que el hojalatero ya le había entregado su auto por lo tanto ya no requeriría mis servicios; que Poshka, como bautizaron a Suri, se había adaptado perfectamente a su nuevo hogar y a su amigo, un pequeño maltés tan juguetón como ella; que por su conducto, Alejandro y Alejandra me reiteraban las gracias por Suri, digo Poshka. Ese tipo de mensajes se repitieron los miércoles del primer mes después de la adopción. En todos me comentaba lo feliz que era Poshka y también que había venido al DF y comido con Alejandro y su hijas y luego los dos fueron al cine y en alguna otra ocasión al teatro y que no había visto a sus hermanos.

“El mes siguiente sólo recibí dos mensajes similares a los otros; uno más dos meses después, siempre destacando lo consentida que tenían a Poshka y lo atareado que estaba Alejandro con sus clases los sábados por la mañana en CU ya que para llegar puntual tenía que salir de madrugada hacia Toluca para que lo acompañara; que ya cristiano el también los domingos se quedan a un taller de lectura de la Biblia.  El último correo que recibí fue hace casi dos años con igual contenido que los anteriores. Después ya no supe ni de Suri, hasta que ese 25 de julio pero de 2015, al revisar la correspondencia en un sobre grande había uno más pequeño  rotulado con mi nombre. Al abrirlo no lo podía creer: era una invitación para asistir a la boda de Ana y Alejandro.  En una tarjeta anexa Anita escribió de puño y letra: Juan Gabriel, gracias a usted y a Poska (Suri) Alejandro y yo uniremos nuestros destinos en agosto. Lo esperamos.

“Desde entonces me pregunto ¿Y si la perrita hubiera llegado al antirrábico? ¿Tiene alguien la respuesta? Nadie sabe para quien trabaja, pero salvar de la muerte a Suri permitió que hoy dos personas sean más felices.  

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