Día 3: Aquí No Hay Gato Encerrado

Seguramente porque la semana anterior antes de irme jugué un poco con los dos perros que están en la cochera, hoy, cuando aún me faltaban… Seguramente porque la semana anterior antes de irme jugué un poco con...

11 de julio, 2016
RHT
jagger

Seguramente porque la semana anterior antes de irme jugué un poco con los dos perros que están en la cochera, hoy, cuando aún me faltaban…

Seguramente porque la semana anterior antes de irme jugué un poco con los dos perros que están en la cochera, hoy,  cuando aún me faltaban unos 50 metros para llegar empezaron a ladrar insistentemente, lo que por la hora fue el aviso para mi anfitrión del inminente arribo. No fue necesario que presionara el timbre, ya JG estaba franqueándome el paso.  Me saludó, entramos, yo me quedé en la sala y él caminó hacia la cocina.

Mientras esperaba su regreso, recordé que con el propósito de preguntarle sobre algunos puntos insuficientemente claros o de plano olvidados de nuestra reunión del viernes anterior, e incluso para recibir mayor información de pasajes del relato que JG quería precisar, en el transcurso de la semana nos comunicamos varias veces por teléfono. En la primera de esas conversaciones me propuso (él nunca ordenaba ni exigía) que los lunes y miércoles por la noche le enviara vía correo electrónico los avances del escrito en proceso. Así lo hice y a partir de mi primera transmisión se convirtió en costumbre esperar su telefonema exactamente media hora después del envío para, según él, redondear el texto. Sin embargo, según yo, se comunicaba conmigo para no sentirse tan solo porque del documento, del cual el jueves por la noche le hacía llegar la versión definitiva, no cambiábamos ni una coma y la plática se extendía por casi una hora las tres noches de los tres envíos. Con esos intercambios electrónicos y telefónicos previos en los que invertíamos en promedio 180 minutos a la semana, evitamos los 15 minutos de revisión cada viernes. Además me aseguró que con ese formato podría mandarlos a ruizhealytimes.com para su publicación.

Familiarizado con ese ligero e inevitable ambiente a gato y a perros que entraba por mi nariz, me acomodé en el sofá que ocho días antes había elegido. Regresó JG con dos tazas de café cuyo aroma junto con el del humo de nuestros cigarrillos aligeró un poco más los olores prevalecientes en la casa.

No pregunté por el Jagger, sabía que podía aparecer en cualquier momento pero, coincidentemente, JG me adelantó el tema de la narración de ese día:

“No es necesario que te diga por qué me gustó la idea de platicarte mis historias para que fueras mi escribiente, pero si debo mencionarte lo siguiente: ante el miedo de perder la memoria, tengo la necesidad de conservarlas por escrito. Todo nace a partir de un curso de redacción que tomé con la idea de ser yo mismo quien las escribiera. Pero fue inútil, ya te expliqué el porqué. Sin embargo, ésta puede ser una bonita historia acerca del gato que habita esta casa. Empecemos pues.




“En la Guay Sur, a la que asisto con marcada irregularidad, la jefa del Programa Social Cultural me invitó a un curso básico de redacción de unas cinco sesiones de 60 minutos exactos cada una, para que los interesados (con inciertas aptitudes innatas, por supuesto) adquirieran nociones de cómo escribir correctamente poemas, crónicas y cuentos sencillos, cartas y cualquier otra cosa no muy complicadas. Me inscribí.

“La primera y segunda clases fueron teóricas, en las que nos recordaron lo que muchos olvidamos al salir de la primaria y la secundaria. Para la tercera, la maestra Magda nos pidió un trabajo: Bien, para el próximo jueves, van a traer un texto de dos o tres cuartillas, basado en la palabra gato – sugerida por una de las alumnas-.

“Le di la importancia del caso y en los siguientes días traté de tejer mentalmente un cuento con ese tema. Cuando por fin me decidí a plasmar el texto sin tener idea de lo que iba a escribir y me enfrenté a la famosa página en blanco, recordé las últimas frases del encargo: –(…) van a traer un texto de dos o tres cuartillas, basado en la palabra gato-.  Fue una especie de déjà vu que me remontó más de cuatro décadas en mi biografía y cerré los ojos.

“Me ubiqué en el antiguo edificio que en su momento albergó al Teatro del Pueblo, en la calle de Venezuela, sede de la Dirección General de Acción Social del entonces Departamento del Distrito Federal en la que trabajé 10 años a partir de 1969. Ahí escuché las voces animadas de mis compañeros que esperaban el inicio de la reunión. A las nueve de la noche entramos al despacho del jefe de Acción Cívica, área a la que todos estábamos adscritos, y nos sentamos frente a nuestro superior.

“A ver Juan Gabriel, háblame del cenicero. Tienes un minuto, fueron las palabras de Javier en esa sesión nocturna (después del horario de labores), sugeridas por él y aceptadas por sus colaboradores, como una réplica de aquellas dirigidas por su madre durante sus primeros años de vida en Chiapas (en las que ella le pedía le hablara del jarro, del sol, del atardecer, del burro y de muchas otras cosas más), práctica que con el tiempo lo llevó a ser campeón nacional de oratoria de los prestigiados concursos que proliferaron en nuestro país hasta poco después de mediados del siglo pasado y que le fueron sin duda de gran apoyo para llegar, incluso, a gobernador de su estado natal. Ese minuto me representó una eternidad: después de decir en diez segundos que el cenicero es de vidrio, transparente, …huele a cigarro, …tiene una colilla y …¿? los siguientes 50 segundos fueron los compañeros de mi silencio.

“Regresé, abrí los ojos, estaba nuevamente en mi casa pero mi mente era un caos. Las instrucciones de Magda y la solicitud de Javier se me enredaron. Se confundieron. Por un lado escuchaba a la maestra que nos decía: …Para el próximo cenicero van a traerme un minuto basado en la palabra jueves  y, por otro, a Javier que me pedía: háblame de la cuartilla. Tienes dos o tres gatos de tiempo”.

Quería levantarme para servirme otro café pero ni siquiera lo intenté. No podía interrumpir el relato de JG quien no sólo hablaba, sino parecía estar viviendo ese episodio que lo alteró.

“Ante tal descontrol mental traté de tranquilizarme y pensar en el tema. Poco a poco lo logré e intenté concentrarme para redactar las dos cuartillas pero para colmo no tenía mucho material ya que de tales cuadrúpedos sabía muy poco. El Jagger apenas tenía conmigo un año, contado a partir del momento en que me fue encargado por …tan sólo dos semanas.

“En fin, con esa experiencia me puse a redactar. Para que sepas exactamente que fue lo que pude escribir –me dijo JG- te voy a dar el texto impreso. Al leerlo te podrás dar cuenta, como te lo comenté en nuestra primera plática, que en esos poco más de cinco renglones me comí algunas palabras que al revisar agregué a mano. Cuando lo reproduzcas trata de destacar ese hecho como testimonio de mi incapacidad para transmitir mis pensamientos en un papel”.

Pues sí, habría que darle la razón a JG porque su texto que reproduzco a continuación, si no del todo incomprensible, sí da a entender cosas diferentes a las que desea expresar. Para comprenderlo mejor, léase el siguiente párrafo dos veces. Primero sin mencionar las palabras dentro de los paréntesis –que son las frases o palabras que se comió al escribir-, y luego sí hágalo:

El gato se acerca a uno cuando (él quiere, no cuando) lo llamas; al gato lo tienes que (buscar en toda la casa), se esconde donde (menos) lo esperas: en un rincón abajo de la estufa o (tendido en la parte alta) de los libreros; gato que (maúlla) no araña; Los gatos (son más reservados); prefieren (estar solos en su mundo y sólo lo comparten) bajo sus condiciones.

“Afortunadamente te encontré y he solucionado ese problema: podré tener mis historias por escrito. Aunque no sea yo quien las redacte, las platico y los textos tienen mis palabras y mis ideas. Suficiente para mí.

“No obstante tengo otro problema que desgraciadamente tú no puedes resolver: me dolería enormemente que el Jagger se fuera. Ese felino se ha ganado mi cariño. Además estoy seguro que él lo sabe y por lo mismo espero que Julio, a dos años de su encargo por …tan sólo dos semanas, venga un día a deshacer ese compromiso y me diga: te lo regalo. 

“Y aunque parezca mentira, mientras Eluviera, la esposa de mi distinguido Plascencia y de la Pascua y dueña original, no renuncie formalmente a recuperarlo, porque a pesar de su alergia sé que lo extraña, y de forma clara diga que ya no le interesa el minino, la estancia del Jagger en mi casa me parece incierta y con temor sigo sospechando que ¡aquí hay gato encargado!”.

En ese momento como si lo hubieran llamado, apareció el Jagger y se apoltronó en el sofá como diciendo: “¡Qué encargado ni qué mis polainas!”.

Nos terminamos la tercera taza de café y presto a despedirme JG me anunció con su habitual cortesía: “si no tienes inconveniente, para el próximo viernes convocaré también a Julio. Por nuestra vieja amistad me sabe algunas cosas y será de gran ayuda en mi próximo relato”.

Por supuesto no tuve ninguna objeción y salí como la vez anterior sacudiéndome los pelos del Jagger.

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