El problema que enfrenta México se llama crisis de confianza. Los tres poderes de la unión (Ejecutivo, Legislativo y Judicial) están corrompidos, desacreditados y rebasados. Algo similar ocurre con los…
El problema que enfrenta México se llama crisis de confianza. Los tres poderes de la unión (Ejecutivo, Legislativo y Judicial) están corrompidos, desacreditados y rebasados. Algo similar ocurre con los tres órdenes de gobierno (federal, estatal y municipal) corroídos por la impunidad, el cohecho y usualmente coludidos con el crimen organizado. También está desfondado el sistema de partidos políticos, que ya no son canal de representación de los ciudadanos: el PRI, como siempre, solapando trapacerías; el PAN, aferrado a los “moches”; el PRD, con sus financieros criminales. A ello se suma una elite empresarial rapaz. Y un agravante más: las políticas del gobierno federal unieron a las clases sociales en un malestar difuso, de origen multicausal. México está roto. El riesgo de ingobernabilidad es creciente. ¿Responde el decálogo del presidente Peña a tamaño mal? No. Su diagnóstico está fuera de foco.
En esta crisis sistémica quizá sólo haya un antídoto contra el riesgo de ingobernabilidad: la calidad y fuerza moral del líder. Ante el desfondamiento de la ley y del orden y de las instituciones es crucial que el presidente recupere la confianza de los ciudadanos si desea encauzar el cambio por la vía pacífica. Removerlo de su cargo, además de ser un factor adicional de inestabilidad, es inviable: el desastre de los partidos no modificará en gran medida la composición de la cámara de diputados en la elección de 2015, pues la estructura clientelar de los programas sociales garantiza la permanencia, con leves variantes, del statu quo. Pero este posible hecho puede alimentar el descontento y desbocar el conflicto. Entonces, ¿cómo recuperar la confianza? ¿Cómo lograr fuerza moral ante el descrédito del Ejecutivo por posible corrupción y colusión?
Recuperar la confianza y el liderazgo moral implica: donar la casa blanca y ofrecer una disculpa pública. Rendición exhaustiva de cuentas. Transparencia en licitaciones y castigar el conflicto de interés. Acabar con privilegios de políticos: sueldos arbitrarios, seguros, autos, sirvientes, gasto discrecional; prerrogativas que hacen del empleado (el funcionario) amo de su señor, que impide la empatía gobierno-ciudadano y perpetúa la desigualdad (la caída del petróleo obliga a la austeridad). Acotar el fuero. Enjuiciar a políticos corruptos y a los que ensangrentaron al país para abatir la impunidad. Medidas transitorias y de urgencia para atajar el crimen, pero pasada la emergencia fortalecer a estados y municipios, en vez de destruir a la República federal… La desiderata incluye reformas a partidos, al poder Legislativo y al Judicial. Es la vía para liderar el cambio a un régimen de legalidad. Tal paradigma evitará sufrimiento innecesario.
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