Creo que hoy no debo ir al tianguis

Acabas de despertar y de abrir los ojos. Son las nueve de la mañana de un viernes cualquiera… Acabas de despertar y de abrir los ojos. Son las nueve de la mañana de un viernes cualquiera, pero...

14 de noviembre, 2016
RHT
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Acabas de despertar y de abrir los ojos. Son las nueve de la mañana de un viernes cualquiera…

Acabas de despertar y de abrir los ojos. Son las nueve de la mañana de un viernes cualquiera, pero para ti los viernes son diferentes. Es día de tianguis en tu colonia y lo aprovechas para surtir tu pequeña despensa, principalmente de naranjas, plátanos y papaya para el cotidiano jugo matutino al que le agregas avena. Te levantas y de inmediato vas al baño para en el espejo reflejarte y platicar unos minutos contigo porque, de no hacerlo, en todo el día abrirás la boca únicamente para comer y asearte los dientes. No obstante, sabes que ese día cruzarás unas cuantas palabras con los comerciantes del mercado ambulante, pero para ti, son diálogos necesarios mas no importantes. Antes de salir de compras, vas por el periódico, desayunas y le das una lectura superficial para después, ya en tu sillón favorito, leer las columnas y las noticias que más te interesan. Antes de bañarte, te rasuras y, ya listo, sales alrededor de la una de la tarde a comprar las frutas, calculando regresar en menos de una hora para escribir el artículo que debiste haber enviado ayer a ruizhealytimes.com.

Al estar cerrado el taller eléctrico automotriz de don René Becerril, durante el trayecto no saludas a nadie. Llegas al tianguis y te sientes abrumado al encontrar más gente de la que esperabas, ya que los pasillos, de por sí estrechos, son casi intransitables. Te adentras en el tumulto. Delante de ti van cinco niñas con uniforme de secundaria cuya plática casi a gritos te molesta aún más porque, entre risas, sus diálogos son “enriquecidos” con lo que para ti son vulgaridades. Piensas que a falta de un vocabulario más amplio utilizan adjetivos que no son dignos de jóvenes estudiantes y ofenden tus oídos. Procuras alejarte de ellas pero el maremágnum te lo impide. En ese instante recuerdas a tu madre, de quien las peores palabras que le escuchaste decir fueron dirigidas a una mujer a la que, cuando tenías once años, por caballerosidad le “hiciste lugar” en el asiento del camión en el que viajaban, lo cual provocó que al sentarse la mitad de tu pequeño cuerpo quedara al aire y tu progenitora le reclamara al tiempo de calificarla de “semejante burrona”. 

El recuerdo te dibujó una ligera sonrisa en el rostro y por unos instantes dejaste de oír los improperios de las jovencitas, tres de las cuales, con la facilidad que les da su menudo cuerpo, habían conseguido adelantarse entre la gente y apuraban con gritos a las rezagadas. Ante tal insistencia, escuchaste la fulminante respuesta de una de éstas: “¡ya te oí, pendeja!”.

Tu mirada cambió. Este último grito estudiantil te retumbó en la cabeza. Nuevamente los recuerdos se acumularon en tu cerebro. Buscaste un lugar en donde sentarte y llegaste a un puesto de tacos de guisado y ocupaste un banco en una de las siete mesas dispuestas para los comensales. Pediste dos tacos de algo y agua de jamaica.

Sin tocar la comida, a tu memoria llegaron momentos que creías olvidados. Evocaste la época en la que como alumno de quinto año de primaria en la escuela “Benito Juárez”, de la colonia Roma, conociste a Lucy, “La Muñeca”, como le decía su mamá, una señora elegante y de gran porte, quien todos los días a la salida de la escuela pasaba por ella en su auto. Eran los únicos instantes en que la veías y quedabas embelesado: Apenas una furtiva mirada entre ella y tú en tanto recorría los diez metros que la separaban de la puerta de la escuela antes de subirse al vehículo materno. 




“La Muñeca”, esa hermosa niña rubia de ojos claros, a la que en un descuido de su madre, en ese breve trayecto, un día le preguntaste si quería ser tu novia y no te contestó pero con su sonrisa te dijo que sí. Desde entonces, las miradas y las sonrisas mutuas se repetían todos los días de lunes a viernes a la salida de la escuela.

Recordaste también que por esos días, con la autorización de la directora, un profesor de inglés se presentó en tu salón de clases para entregarles un folleto mediante el cual ofrecía cursos vespertinos particulares en el mismo plantel tres días a la semana. Emocionado, se lo comentaste a tu mamá quien, después de hacer cuentas y un gran esfuerzo económico, te inscribió. Esa era la oportunidad que estabas esperando, ya que a la salida de estas clases podías pasar a visitar a tu novia, que vivía a unas diez calles de la escuela.

Pero -siempre se anteponen los peros-, hubo algo adicional: también se inscribió al curso de inglés Siguifredo, ese compañero de primaria que además era casi tu vecino en la colonia Asturias. A pesar de su corta edad, Siguifredo te ganaba en mañas, pero no en estatura, pues no obstante que era un año mayor que tú, le faltaban como diez centímetros para igualarte en tamaño. Recuerdas que a pesar de sus doce años, su cara presentaba algunas arrugas y su voz era ronca. Asimismo, tienes marcado en la memoria que él fue el culpable de que, apenas dos semanas después de haber iniciado el curso de inglés, en tu casa se dieran cuenta que olías a cigarro, a pesar de que Siguifredo -quien fue el que te enseñó a fumar en esas tardes-, cuando compraba los cigarros “Alas” procuraba también una buena dosis de peritas de anís para ocultar el olor a tabaco quemado. Para evitar tus tardes de fumador, tus padres decidieron ya no seguir pagando la cuota semanal y por lo tanto dejaste de asistir al inglés vespertino, lo cual, por otro lado, no te importó porque tu precoz noviazgo había tenido un final inesperado y ya no era necesario visitar a “La Muñeca”.

Todas esas tardes que asististe al curso de inglés, te acuerdas, en tan solo diez calles –de la escuela a la casa de tu novia- tanto tú como Siguifredo fumaban hasta tres cigarrillos antes de tocar el cristal de la ventana de la casa de “La Muñeca”. Creías haberlo olvidado, pero hoy lo recordaste como si apenas hubiera ocurrido. La última ocasión que cumpliste con la rutina de caminar diez calles, fumar tres “Alas” y tocar la ventana, ocurrió “eso” que la frase externada por la niña de secundaria en el tianguis detonó en tu memoria: como en las tardes anteriores –lo tienes bien presente-, siempre la primera en atender tu llamada en la ventana era la señora del servicio –una de aquellas a quienes en esos ayeres les decían “las criadas”-, y siempre amable, después de saludarte, con la misma atención le avisaba tu llegada al motivo de tu visita. Pero esa vez, cuando la señora apenas iba terminando de decir “Muñeca, te buscan”, del fondo de la casa escuchaste la voz de tu primer amor que le respondía “¡ya te oí, pendeja!”. Y todo terminó.

Acabo de despertar y de abrir los ojos. Son las nueve de la mañana de un viernes cualquiera. Pero para mí los viernes son diferentes, es día de tianguis en mi colonia. Y este viernes será más diferente que los otros: creo que hoy no debo ir al tianguis.  

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