Cada quien su orilla

“A menos que no me guste lo que está pasando puede no gustarme el entorno en que lo vivo; como lo que sucede me gusta, tiene que gustarme lo que me rodea” “A menos que no me...

6 de mayo, 2016
RHT
orilla

“A menos que no me guste lo que está pasando puede no gustarme el entorno en que lo vivo; como lo que sucede me gusta, tiene que gustarme lo que me rodea”

“A menos que no me guste lo que está pasando puede no gustarme el entorno en que lo vivo; como lo que sucede me gusta, tiene que gustarme lo que me rodea”

¿Cuándo quiere uno ser amigo de la gente?  Hay reuniones en donde la coincidencia no debe ser necesariamente por amistad; no quiero escuchar lo que les pasa a otros, lo que les pasó o lo que les puede suceder. ¿Ir en contra, a favor o junto a…?

Los casos de cáncer, a través de los tiempos han sido diferentes. Desde el avance de la ciencia, las cirugías, los estudios de los médicos, los distintos tipos de tratamientos, la evolución del cuerpo humano, el estado de ánimo y por supuesto, la necedad de las personas que persiste en muchos aún. Considero el padecimiento del cáncer como un proceso de vida, igual a muchos otros males de la humanidad; los males provocados o lo que son parte inevitable y se lucha en contra de ellos, nunca a favor o junto a ellos.

Cualquier mal, el cáncer, es como la corriente del mar que avanza o arrastra con fuerza y depende de la lucha que se emprenda, el triunfo que se logra. Ir en contra le restará fuerza al cuerpo hasta ahogarlo, ir a favor lo arrastrará más lejos y el rescate puede no ser posible; ir junto a las olas, de lado y siguiendo el ritmo del agua llevará con éxito a la orilla. No es una instrucción para seguir al pie de la letra, es una receta, como esas de la abuela, cada uno le agrega o elimina ingredientes.

Viví la experiencia de querer nadar en contra de un mar amenazante, cuando la fuerza mental perdía su noción y la capacidad física llegaba a su límite, el instinto me hizo ir junto a las olas, dejarme llevar. A lo lejos alcancé a ver a un ser pequeñísimo parado junto a una moto acuática que levantaba las manos, atendí y obedecí sus señas; dirigió mis brazadas hacia el lado que corrían las olas hasta llevarme a la orilla.




Ese episodio sucedió hace más de 20 años y a la vuelta de tanto tiempo aparezco en ese mar que se llamó cáncer, de la misma forma estoy siguiendo aquellas instrucciones, con uno que otro cambio en los ingredientes de mi receta favorita, la vida. Ahora no hay un salvavidas parado junto a su moto de rescate, ahora hay uno o muchos invisibles, se llaman conciencia, optimismo, instinto y serenidad.

Seguir las instrucciones personales e individuales no hace sino llenar convenientemente los espacios del rompecabezas llamado experiencia, y lejos de ser uno maduro en su totalidad porque otra y otra corriente adversa puede surgir adelante, lo importante es saber confiar en el instinto que solo la vida vivida con cuidado y atención puede dar.

Las compañeras en la sala de quimioterapia ya llevan avanzado el camino por el que ando y no las escucho, no quiero verlas, no quiero platicar con ellas; el mar en el que andamos es inmenso, no me quiero revolcar en las olas de otros, no quiero nadar en aguas revueltas; tengo fija la vista en mi orilla y dejo que mi cuerpo vaya de la mano con las olas, esas que hoy se traducen en calambres musculares y el insomnio en pensamientos con imágenes de lugares que nunca he visto.

En la sala de terapias sugieren grupos de apoyo, no los quiero, me parecen una sutil competencia para ver quien sufre más, para esperar que suceda lo que les pasa a las demás, para sugestionarse con los efectos secundarios, hasta para sentirse mal porque otras van mejor. No creo en estos grupos, el recorrido individual me parece más divertido, además, porque mi opinión ha ofendido a quienes se deprimen.

Me dijeron que puedo estar negando mi realidad, y es precisamente lo que no hago, mi realidad la vivo, la palpo y por supuesto la siento en cada respiración desde el primer día, cuando el diagnóstico se elevaba a sentencia de muerte; yo no lo quise, lo tomé de la mano y como en la ola, seguí su ritmo, me dejó cerca de la arena solo para terminar mi recorrido hacia la orilla sobre una vereda que se llama quimioterapia, que por cierto, yo no sé a otros, a mí me está llenando la cabeza de ideas creativas, tantas que ponerlas en orden requiere de tiempo. Tantos temas que se me ocurren para escribir, tantas investigaciones iniciadas en las libretas que se están formando para ser terminadas.

Queda pues, letras más, letras menos lo que el mágico lugar desconocido me descubre mientras sucede. Lo piso y lo vivo, lo nado y espero llegar a mi orilla para no volver a escribir de este tema. Porque me gusta lo que sucede, es que me gusta lo que hay a mi alrededor. Por lo pronto, cada quien su mar, cada uno su ola y de todos, la orilla elegida.

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