Apuntes sobre Trump, la ignorancia, la libertad y la democracia

Ganó Donald Trump. Ganó Donald Trump. ¿Qué falló? Todo. ¿Qué significa que todo un sistema de medición que se traduce en encuestas, opiniones de analistas, interpretaciones que se hicieron a partir de éstas fallaran? Simple: demostraron que...

11 de noviembre, 2016
RHT
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Ganó Donald Trump.

Ganó Donald Trump.

¿Qué falló? Todo. ¿Qué significa que todo un sistema de medición que se traduce en encuestas, opiniones de analistas, interpretaciones que se hicieron a partir de éstas fallaran? Simple: demostraron que nunca entendieron contra qué se estaban enfrentando, no únicamente la candidata Clinton, sino todo el sistema –que representa Hillary– del que somos parte.

La condescendencia, el ánimo de superioridad, el egocentrismo, la pedantería, la prepotencia y demás “virtudes” que sirven de vestimenta a todo ese sistema capitalista, obvió o soslayó a un tipo que apeló al más enquistado cáncer que permanecía callado y latente en el interior de la mayoría de los estadounidenses: su profunda ignorancia.

“La ignorancia es una enfermedad” le escuché decir a un migrante poblano que entrevistaron a propósito de estas elecciones. Y éste es otro de esos que la globalización obvia, ese hombre desplazado que no tiene voz porque qué diablos va a saber ese “ninguno”, dio en el punto central que nos tiene en la incertidumbre.

Todos esos no escuchados son los que le dieron el triunfo a Trump –en este caso la parte contraria al ejemplo que he puesto antes—, esos que los de saco y corbata se la pasan menospreciando. De ahí el hartazgo, de ahí a votar por cualquier alternativa que cambie la forma de entender el mundo, aunque sea para mal, aunque se cometa el error de darle el poder a un loco.




La democracia es el menos malo de los sistemas de gobierno, esa era la excusa para mantenerlo, pero ¿y ahora? ¿Cómo seguir sosteniendo esta afirmación cuando su máximo representante ha caído?

La elección en Estados Unidos exhibió muchas cosas, entre ellas: el racismo enquistado en parte de la sociedad estadounidense y que nos dejó muy claro el por qué nunca serán una sociedad inclusiva, por el contrario, reafirmó su carácter excluyente y su patriotismo enfermizo. Tal vez, su sentido patriota, la construcción de su identidad, proviene de su esencia puramente inmigrante; es decir, sus ganas por pertenecer a algún lugar, asentarse, origina su rancio patriotismo que representa Donald Trump.

Trump revivió el pensamiento extremista de la raza blanca norteamericana. Realzó las diferencias entre las minorías. Enconó a un país que hipócritamente se esconde bajo el título de primer mundo. Exhibió los esqueletos que ocultaba su sociedad en los armarios: su incultura.

Trump, más allá de lo pintoresco que pueda ser, más allá de la burla que pueda causarnos, desveló que, hasta ellos, los que se jactan de tener la mayor experiencia de libertad del mundo, pueden aplaudir a un demagogo, a un representante de la censura.

George Orwell escribió: “si algo significa la libertad, es el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír”. Y ni Trump –ni tampoco ningún otro dictador, tirano o populista de esos que pululan en América Latina— ni sus seguidores quieren escuchar a los otros, ni mucho menos soportarán opiniones contrarias, porque la libertad para los demás, significa su caída.

En Estados Unidos solamente se escuchará la voz de un tipo que no tiene rumbo, que dispara al azar; un hombre que tomará decisiones dependiendo de su estado de ánimo, que callará a cualquiera que no piense como él –como lo demostró en su campaña.

Trump no juega en la misma liga que los demás jugadores, no quiere, no los necesita porque él ha construido su propia cancha donde ya juegan otros, sus votantes, sus seguidores. Y es por esa razón que nace la incertidumbre: nadie tiene muy claro lo que hay que hacer, cómo reaccionar ante un tipo impredecible y que no se ajusta a las normas establecidas.

El daño está hecho. Parte de la sociedad “americana” ha quedado dañada en lo más profundo. Se volvió (¿exagero?) legítimo el racismo.

Por otro lado, México no tiene las armas para reaccionar en contra de la volatilidad de Trump, porque este país, ingenuamente, querrá meterlo dentro del corral del que se ha escapado. El gobierno mexicano ya lo intentó con la desafortunada invitación que le hizo cuando era candidato, y que Trump hábilmente utilizó en su propio beneficio.

Se habla de que el país tiene las herramientas necesarias para controlar las decisiones de ese populista, pero la pregunta es si aquellos que tienen esas herramientas sabrán utilizarlas. Yo soy escéptico: los últimos tiempos nos dicen que no, que no saben, que no tienen idea.

Para finalizar, reafirmo la postura que defiendo sobre el valor de la cultura, pues la ausencia de ésta provoca estos grandes abismos que se crean en las sociedades y que son aprovechadas por tipos como Trump que llegan a llenar vacíos individuales y sociales, mismos que se pueden atiborrar con cualquier porquería.

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