Me gusta manejar y utilizo mi automóvil para ir de un lugar a otro de la Ciudad de México.
Me gusta manejar y utilizo mi automóvil para ir de un lugar a otro de la Ciudad de México. Cuando salgo en las noches no bebo alcohol y por ello estoy dispuesto a someterme sin mayor problema a la prueba del alcoholímetro, en caso de que se me pida hacerlo. He utilizado los servicios de Uber solo dos veces y fue con motivo de una boda que se celebró en el Centro Histórico de la Ciudad de México, un sábado en la noche, cuando consideré que era más práctico ser llevado y traído por Uber que lidiar con el problema de encontrar un lugar en donde estacionar mi vehículo o dejarlo en manos de un quién sabe que tan responsable chofer de valet parking.
Las únicas dos veces que utilicé Uber, una para llevarme de casa al lugar de la boda, la otra para regresar de la boda a casa, usé su famosa aplicación o app para solicitar el automóvil. La App me informó en dónde se encontraba el vehículo que pasaría por mi, el modelo del mismo, el nombre y la foto del conductor y, muy importante, la cantidad de dinero que se cargaría a mi tarjeta de crédito por el servicio que estaba contratando a Uber. Más claro no podría haber sido el asunto. En caso de no haber estado de acuerdo con la tarifa ofrecida, o que no me gustara el auto que iría por mi, o la cara del conductor del vehículo, podría haber cancelado la solicitud del servicio y pedir un taxi a un sitio, o subirme a mi coche e ir por mi cuenta a la boda, o caminar un par de cuadras para abordar una combi y dirigirme al Centro de la ciudad utilizando las diversas modalidades de transporte público.
En pocas palabras, antes de contratar a Uber acepté la tarifa que se me ofreció, el vehículo que me transportaría y el chofer que lo conduciría. Nadie apuntó una pistola a mi cabeza y me obligó a irme a la boda en el coche de Uber.
En otra ocasión en que necesité ir al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México solicité un automóvil mediante la app de Uber. Esa vez la tarifa que se me cotizó me pareció demasiado alta, no solicité el servicio y solicité un taxi a un sitio cercano que me cobró mucho menos. El taxi que me llevó era un Tsuru que necesitaba urgentemente un cambio de amortiguadores y el chofer no me ofreció una botellita de agua, pero sabía yo qué esperar y lo acepté sin mayor problema.
Todo lo anterior viene a cuento porque francamente no entiendo la reacción, a mi juicio estúpida e infantil, de muchos usuarios de Uber que se quejaron de las atlas tarifas que tuvieron que pagar por contratar los servicios de la empresa el día de la semana pasada en que la Comisión Ambiental de la Megalópolis (CAMe) decretó el denominado doble no circula debido a la alta contaminación atmosférica. Esos usuarios llorones aceptaron las altas tarifas sin que nadie los obligara a hacerlo. ¿Les parecieron muy altas? ¡Por qué diablos las aceptaron!
Peor aún fue la reacción del Gobierno del Distrito Federal que, tal vez para ganar algo de popularidad, salió en defensa de esos usuarios chillones, olvidando por completo que la relación de Uber con sus clientes es una transacción privada y convenida por ambas partes, que los vehículos de Uber no funcionan bajo el esquema de una concesión pública como ocurre con los taxis autorizados.
Mal se vieron los usuarios quejumbrosos. Mal se vio un gobierno defeño paternalista y demagogo. Y mal se vio Uber por dejarse intimidar por la autoridad local.
Ahora solo falta que el gobierno defeño decida defender a quienes consumen hamburguesas de lujo, tal vez las más caras de la ciudad, que se sirven en el comedero de los políticos The Palm. Después de todo, en varios puestos callejeros es posible adquirir una buena hamburguesa por solo 35 pesos, monto muy por debajo de los 400 pesos que hay que pagar por un producto similar en The Palm.
Comensales de The Palm, ¡tuiteen sus quejas y el gobierno defeño exigirá que les devuelvan los 365 pesos que pagaron de más por su hamburguesa de lujo!
En las marchas escucharemos ahora “¡Abajo Uber, abajo las hamburguesas de The Palm!”.
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