¿Quién fue Ernesto Blunac?

Investigación histórico-literaria local

21 de septiembre, 2016

Investigación histórico-literaria local

Desfallecientes se mostraban ya las postreras ventiscas invernales de 1875, cuando se hallaba de regreso en La Paz el joven Ernesto Blunac. Su edad la estimé entre 20 y 22 años pero, saber en qué puerto levó anclas el buque o goleta en que arribó, así como cuál fue su profesión, su nacionalidad o ascendencia son interrogantes que difícilmente podré contestarme. Mediante escuetos informes acerca del mencionado visitante, sé que el último día de aquel invierno terminó de escribir su atribulado poema titulado “A un pueblo”, dedicado precisamente  al virginal pueblo paceño de finales del siglo XIX y, que se publicó el 27 de marzo del mismo año en el rotativo local “La Baja California”.

El poema reviste gran calidad. Algunas de sus estrofas expresan:

Diez años hace que tu virgen suelo,

en la edad infantil yo conocí;

pura mi alma, cual el claro cielo,




nunca una nube de dolor yo vi.

 

Por eso yo al verte suelo hermoso,

un suspiro mi pecho exhaló;

pues recuerdo el tiempo que dichoso

gocé yo aquí y hoy ya voló…

 

¿Más qué hacer! sufrir y entre tanto

que nos presta la vida su ilusión;

recibe pueblo de mi voz el canto

que te dedica mi pobre corazón.

 

De acuerdo con el poema, Ernesto Blunac conoció La Paz cuando era un niño de diez o doce años, supuestamente acompañado por sus padres durante un viaje de placer entre 1863 y 1865; donde su alma infantil encontró un espacio de dicha y de incomparable seguridad, aunque en contraparte, sus inocentes ensoñaciones experimentaron un viraje inesperado. Es posible que ese niño,  por esos días se encontraba rondando el umbral de su adolescencia, y al  tener que abandonar esta Tierra se sintió desprotegido y, de manera violenta presintió que ya no volvería a ser feliz; pues al decir del educador y filósofo alemán Eduard Spranger, “el primer rasgo característico (de la adolescencia temprana) es una profunda soledad”.

Esperaba ver un mundo casi utópico. Pudiéramos decir que transitó en un constante vaivén, dando tumbos por doquier; en fin, le tocó una atormentada existencia, según él mismo lo expresa en otras estrofas de su poema: “El mundo se mostró muy lisonjero… y al penetrar en él hallé la muerte… pues al cruzar el mar de las pasiones en su furia las olas nos envuelven… eterno sufrir es la existencia”.

Este joven calificó al destino como su “rudo compañero”; posiblemente con el correr de los años cambió su concepto acerca del destino, desechando esa actitud determinista, muy distinta  a la asumida por Amado Nervo, pues al considerarse arquitecto de su propio destino, el poeta nayarita estaba plenamente consciente del recurso del libre albedrío, pues es un acto voluntario y racional, que en opinión del humanista Gutiérrez Sáenz no contradice a Dios, ya que, efectivamente, Él es “causa primera de todo cuanto acontece, pero eso no quita su poder a las causas segundas”.

Me figuro ver a Ernesto Blunac recluido en su cuarto escribiendo el poema. Afuera de su hotel veo a unos hortelanos ofreciendo sus productos casa por casa: ¡Marchantita, llegó la fruta y la verdura! Calle abajo un pescador con su palanca en hombros pregona: ¡Caguamaaaa! , y en la lejanía escucho los lamentos de un robusto “cochi” que acaba de entregar su vida a don Cipriano el matancero.

A estas griterías se solidarizan los rebuznidos desde el sur del pueblo, los mugidos desde el norte, y una sinfonía de graves ladridos y agudos maullidos en la acera contraria al hotel. Sale una regordeta señora con una escoba hecha con fibras de palma datilera apartando a los contendientes de esa batalla campal: el “Pinto” y el “Barrabás” salen de estampida, mientras los felinos barcinos saltan al tejado de madera.

Esta situación no parece perturbar al bardo, que continúa humedeciendo pluma en el tintero; cuenta sílabas, tacha, vuelve a escribir…

Rumbo al sureste se divisa una nube de polvo. Poco a poco se escuchan más fuerte las pisadas y, en unos minutos se perfila en la calle una impresionante diligencia, la que desde las  cuatro de la mañana partió desde “El Triunfo”; para ser más preciso, desde enfrente de la casa del señor Manuel Pérez. Al llegar frente al “Hotel del Progreso”, donde es la estación, el cochero tira con fuerza de las riendas y los extenuados caballos se lo agradecen con varios resoplidos.

El poeta deja la pluma y se asoma por la ventana de su aposento; desde allí observa al presuroso cochero saltar del pescante, quitarse el chambergo y ofrecer su diestra para que desciendan las güeras Mrs. y Miss Mc Kinnon, o lo que es lo mismo, un par de ropajudas y sudorosas inglesitas. La diligencia se retira lentamente a la caballeriza… en su costado leo la razón social: “Compañía de diligencias de la Baja California”.

Ernesto Blunac retoma su pluma de ave, y escribe el siguiente verso…

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