La Vieja de los Algodones

Leyenda urbana paceña

5 de octubre, 2016

Leyenda urbana paceña

A mediados de aquel invierno de 1956, comentaban los azorados lugareños del puerto paceño que, durante las altas horas de la noche, una anciana vestida toda de negro se aparecía dentro de los hogares traspasando mágicamente las gruesas paredes de las construcciones de la época. Los habitantes prevenidos, especialmente las mujeres, mantenían día y noche encendida una veladora sobre el piso en un rincón de la casa, y frente a ella colocaban algunas monedas para que la luz del fuego sagrado las bendijera.

Cuando esta fémina diabólica se presentaba ante una persona le pedía una moneda; si acaso ésta le mostraba una ya bendita, el infernal ser convulsionaba y desaparecía desvaneciendo lentamente su abominable negrura. En cambio, si la moneda no había sido sometida a ese rito de la luz tomaba la moneda y se perdía al instante pero, si algún incauto consideraba estos decires como “patrañas de gente ignorante”, y no bendecía monedas ni tenía a la mano alguna cuando la aparecida llegaba, entonces la anciana le lanzaba una bolita de algodón impregnada de veneno, cayendo muerto al instante el infeliz visitado.

La iglesia católica, al saber por sus fieles acerca de tales apariciones tomó cartas en el asunto e implementó una serie de misas especiales durante las tardes-noches, tres ocasiones seguidas en la entonces parroquia de “Nuestra Señora de La Paz”, -que en ese tiempo oficiaba en ella el sacerdote italiano Dante Bronzato-. Las autoridades eclesiásticas consideraron, según se decía, que “la vieja de los algodones” significaba un presagio de la inminente llegada de las misteriosas tinieblas, por lo que los asistentes al templo tenían que llevar velas a bendecir, pues esta era la única manera en que pudieran encenderse durante esos días de obscuridad, y que las no bendecidas sería imposible que irradiaran su luz. Por las dudas, yo asistí con mi velita a esas misas en unión de mis vecinos.

Las mamás de los niños que no querían dormirse temprano nos decían que de no hacerlo llegaría esa vieja y nos arrojaría algodones. Varias noches, ya acostado, observaba con insistencia la parte superior de la entrada de mi casa; era una alta puerta de madera rematada con arco de medio punto, guarnecido con flechas de hierro forjado dispuestas en abanico en el exterior y, por un conjunto de triángulos isósceles de vidrio en su lado interior. La luz del arbotante de la esquina iluminaba tenue y oblicuamente los multicolores cristales, pensando que de un momento a otro miraría a través de ellos a ese engendro en su levitar.

Una de esas noches soñé a la “vieja de los algodones”; cubierta con su negruzco rebozo, rostro amarillento alargado, mueca permanente en su pequeña boca y nariz ganchuda; características que no he olvidado y que me sirvieron para ilustrarla en esta intervención, pues nunca se contaron detalles tocante a su figura. En mi pesadilla miré que en la cara interna del lado derecho de su rebozo llevaba adheridas una considerable cantidad de torundas envenenadas, y que más que esa prenda parecían alas de un extraño animal mitológico.




Pasó el invierno… llegó la primavera: Dejó de hablarse sobre esa señora y sus maléficos algodonazos. Tampoco llegaron las anunciadas tinieblas. Sin embargo el que quedó casi en tinieblas fue un servidor, porque de estas aterradoras cosas es todo lo que recuerdo, pues apenas era un párvulo que me entretenía formando columnas de cubos de madera y, tocando el triángulo en la orquesta del “Kinder Garden”, mientras cursaba el segundo grado con mi “Señorita Mela”, allá en el hoy casi desaparecido jardín “Federico Fröebel” de esta ciudad; por lo que le pido a quien recuerde algo más o escuchó de sus padres sobre estas apariciones me lo haga saber, con el único fin de que esta leyenda nuestra se enriquezca.

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