La Señorita Lupita

El cielo se mostraba totalmente despejado y las esbeltas palmeras parecían inertes.

1 de marzo, 2017

El cielo se mostraba totalmente despejado y las esbeltas palmeras parecían inertes. Únicamente y de manera aislada un soplo de tímida brisa refrescaba el puerto, ya que los vaporosos influjos del estío se habían adelantado.

Los pasajeros escucharon la orden del timonel y abordaron la lancha; el viejo marino aplacó sus cenicientos cabellos bajo una gorra aceitosa, que en sus mejores tiempos fue blanca. Puso en marcha el motor, viró a estribor y, sorteando a mediana velocidad unos yates anclados cerca del muelle continuó con su cotidiana y corta travesía; labor que para él representaba “un juego de niños”. Estaba ya retirado de la Armada Mexicana, donde llegó al grado de contramaestre -oficial que ordena las maniobras en los buques de guerra-. Nadie le llamaba por su nombre, todos le decían el “Contra”. No perdía oportunidad para jactarse por sus innumerables faenas y peripecias que le tocó vivir en alta mar cuando estuvo en el activo.

“¡Miren cabrones, yo le he dado dos vueltas a la ‘catota’, y nadie me va’ platicar ni madre sobre navegación!”. Golpeándose el pecho así respondió a una de las preguntas que le hicieron el par de jóvenes, que se le acercaron para “cotorrear” con el experimentado hombre de mar, quien además les contó algunas “charras” y aventuras amorosas que tuvo en su juventud, y tal vez una que otra mentirilla. ¡Se vale!

El mar continuó tranquilo y nuestro timonel atracó sin novedad. Ya en tierra, los viajeros se desplazaron por diferentes rumbos del poblado, unos en grupitos, otros en parejas y el resto solitarios. Más tarde, Jorge dirigió su andar sobre una larga avenida… -Hacía mucho tiempo que ellos no se veían-, giró a la izquierda, dio unos pasos más y se detuvo frente al Jardín; secó su frente y tocó la puerta. La afanadora le indicó el aula donde se hallaba la señorita Lupita; cruzó el patio y se sentó en una banca junto a la fuentecita de cantera y ahí esperó el toque de recreo…

Presuroso se dirigió al salón y ahí la encontró, quizá igual o más hermosa que antes. Al tenerla cerca, éste no logró articular palabra, y convertido en un mar de llanto se lanzó en brazos de Lupita. El sincero lamento de Jorge estremeció a la bella educadora, y sus grandes y lindos ojos vertieron tiernas lágrimas provenientes de su noble corazón. Por supuesto que también se besaron…, pero no en la boca. No besaron sus labios porque no eran novios, ni amantes, ni esposos en vías de reconciliación. Lupita era una maestra –que por esos días frisaba los treinta y cuatro años-, casada y con hijos; en cambio, Jorge era un preparatoriano de apenas diecisiete años.

Él llegó esa mañana a bordo de la “Nereida” para competir con los lugareños en un torneo de básquetbol, y aprovechó la estancia para visitar a quien fue su educadora de tercer grado en ese mismo Jardín, y no había vuelto a ver desde que cursaba el primer año de primaria, debido a que su padre fue cambiado de plaza en la empresa donde laboraba.




Cuando Jorgito fue discípulo de Lupita era un niño retraído, siempre enclaustrado en su soledad; hijo único de Don Ricardo, un próspero empresario, y de Doña Robustiana, ocupada en el hogar. Debido al problema de Jorgito, su señorita Lupita mostraba especial atención hacia él; por profesionalismo y porque sentía un especial afecto y, desinteresadamente lo visitaba en su casa al menos dos veces por semana.

Le leía cuentos, cantaban, dibujaban, jugaban y le dejaba tareas. Los progresos llegaron lentos, pero ella fue constante y nunca suspendió la terapia del niño, aunque la señora Robustiana le reiterara: “Maestra, Jorgito siempre fue así, no pierda su tiempo porque no va a lograr nada”. Uno de aquellos lunes en el Jardín, su señorita le preguntó: “Jorgito, cuéntame el cuento que les dejé a tus papás para que te lo contaran en casa”, respondiendo éste: “Señorita, yo lo vi solito porque mis papás se la pasaron viendo tele encerrados en su cuarto”.

Lupita solicitó a los padres que le brindaran mayor atención a su hijo. Don Ricardo apagó su “Pall Mall” en el cenicero de Murano: “Mire maestra, le juro que a partir de este día dedicaré más tiempo a Jorgito, acataré sus consejos y le ayudaré en sus tareas; pídame lo que quiera, ya sea los mejores libros que él necesite para que cambie y sea como los otros niños. Tengo dinero, dígame la cantidad y ahorita le extiendo un cheque”. Su respuesta fue: “Yo no necesito nada, Jorgito es quien necesita ayuda, su esposa me auxilia en lo que puede pero no es suficiente, lo que sí necesito es que ustedes me ayuden, ayudando a su hijo. ¡Por favor!”.

Las promesas de ayuda por parte del padre quedaron en el aire; don Ricardo seguía de enamorado, jamás cumplió su juramento y, doña Robustiana –señora adicta a las hamburguesas doble queso -, temerosa de que su esposo la cambiara por un modelo más reciente fingía desconocer los galanteos del irresponsable Casanova. Se le oía decir –coca cola en diestra y hot dog en siniestra-: “El hombre es de la calle y la mujer es de la casa”. Entonces, ante la nula cooperación de los padres del niño, “¡se siguió fregando solita la señorita Lupita… la bonita!”. 

Un fin de semana la maestra asistió a un convivio. También fueron invitados don Ricardo y Robustiana. A espaldas de ésta, el Casanova pretendió seducir -con más billetes que palabras amorosas- a la educadora; ella dejó la charola de las botanas encima de la mesa e invitó al pretendiente a que la siguiera hacia el corredor.

El galán, al igual que el “lobo feroz”, babeando fue tras ella frotándose las manos seguro del “sí”; los ojazos de la dama perdieron drásticamente su encanto: -“¡Qué equivocado está usted!” y dicho lo anterior, ágilmente Lupita adelantó su pierna izquierda, cerró los puños dejando salientes los dedos medios, y los apuntó a la barbilla del barbaján: “¡Y escúcheme bien, no se le ocurra volver a faltarme al respeto, porque se va arrepentir de haber nacido!”. El frustrado enamorado jamás imaginó que la jovencita, aparentemente indefensa conocía de artes marciales; súbitamente al galán se le desapareció lo ebrio y casi corriendo regresó al salón a refugiarse en los brazos de su esposa “Robus”.

El día de la clausura muchos niños lloraron porque Lupita ya no estaría con ellos. Un coro de madres de familia entonaron “Las golondrinas” y el Jardín empezó a quedar en silencio. Jorgito extendió sus manos juntas; entre ellas había unas cuantas moneditas y, con irritados ojitos expresó: “Señorita Lupita, cómpreme un boleto, ¡quiero irme con usted!” Ella le contestó: “Amor, no puedo llevarte, en vacaciones tengo muchas cosas que hacer –estudiaba en la Escuela Normal Superior-, pronto volveré a estar contigo, quiero verte con tu uniforme de primaria”.

Concluyeron las vacaciones y ella regresó a su labor. A la hora de recreo Jorgito y sus compañeros de primero de primaria seguían visitando en el Jardín a su inolvidable señorita Lupita. El dios Cronos continuó su derrotero y la educadora se jubiló. Regresó a la capital, llevando en su alma la eterna sonrisa de esos “angelitos sin alas”, que en esta Tierra les llamamos “niños”.

Pasaron los años, y la maestra no pudo estar presente en la Ceremonia de Graduación del joven Jorge como lo hubiera deseado. Sin embargo, ella conserva en lugar preferente de su librero el ejemplar de una tesis profesional, que así reza en la dedicatoria:

A mis padres

A mis profesores

A mi señorita Lupita.               

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enero 1, 1970

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