Carlos R. Cortés Leyva: Autobiografía de un Salvadoreño en Sudcalifornia

El profesor Carlos R. Cortés Leyva nació en el año de 1901 en El Salvador, capital del país...

12 de abril, 2017

 

El profesor Carlos R. Cortés Leyva nació en el año de 1901 en El Salvador, capital del país centroamericano del mismo nombre, y falleció en el puerto de Loreto (capital de las Californias) en 1992. Su texto autobiográfico “De El Salvador a Baja California Sur” lo escribió en 1978 y se lo publicó el “Patronato del Estudiante Sudcaliforniano”. 

La determinación del autor al escribir acerca de los principales pasajes de su vida, fue motivada por la nostalgia que impera en el sentimiento de un hombre en su otoño existencial, anhelando que el hecho de dejar al descubierto lo agridulce de su pasado fortalezca todavía más el vínculo espiritual entre sus seres queridos, que por otra parte, expresa el estimado profesor, que si estas confesiones resultan agradables a la generalidad de sus lectores, se sentirá entonces altamente satisfecho por haber logrado un doble objetivo en su modesta aportación literaria.

Respecto a la particular historia del hombre, Hermann Hesse afirma: “Cada hombre no es solamente él; también es el punto único y especial… donde, una vez y nunca más, se cruzan los fenómenos del mundo de una manera singular. Por eso la historia de cada hombre, mientras viva y cumpla la voluntad de la naturaleza, es admirable y digna de toda atención”. De acuerdo al sentir del escritor alemán, veremos de qué manera y en qué intensidad estos acontecimientos incidieron en la humanidad de  Cortés Leyva. A continuación la descripción bosquejada de su autobiografía:

Carlomagno fue el último hijo del matrimonio formado por Nemesio Cortés y Margarita Leyva; él, enérgico y conservador, ella, sufrida y abnegada. El esposo tenía muchos libros, por ello, igual que a Carlomagno, a otros de sus hijos les adjudicó los siguientes nombres legendarios: Floripes, Diógenes, Sortibrán y Waldetrudis. Su hermana Floripes llevó una vida nómada y azarosa al lado del esposo; por su parte, Diógenes, -que nos recuerda al filósofo griego-, no tuvo oportunidad de salir a la calle a buscar al hombre honrado, pues la débil flama de su lámpara vital se apagó poco después de nacer; Sortibrán era un excelente estudiante de secundaria, quien al dirigirse a la escuela resbaló y cayó sobre la vía de un tren.

Carlomagno tuvo dos hermanos más, aunque se desconoce por qué el padre no les puso nombres famosos; Leopoldo y Joaquina. El primero cursaba sus estudios en el Colegio Militar; era tranquilo y abstemio, pero una noche se fue de parranda con sus amigos, y su padre, iracundo, lo corrió de la casa, obligándolo a no volver. A  Joaquina no le daban mucha libertad, y ante tan asfixiante encierro abandonó la casa para casarse con  un hacendado; finalmente su hermana Waldetrudis no fue correspondida por el hombre a quien entregó su amor, y adoptando una actitud romántica… ¡Se suicidó de un tiro en su juvenil pecho!

Ante tan trágico cuadro, la familia se redujo a sólo tres elementos, el puritano padre, la silenciosa madre y Carlomagno, que en aquella época era un niño de cinco años.  El papá tenía una Casa de Empeños; el niño Carlomagno empezó a deletrear cuanto libro llegaba como garantía de préstamo, incursionando así en el fantástico mundo de “Pulgarcito”, “La Cenicienta”, “Barba Azul” y de “Caperucita Roja”; cuentos de Bocaccio y de los hermanos Grimm. También leyó “Las mil y una noches”, las fábulas de  La Fontaine. Después siguió con obras de Balmes, Víctor Hugo y de Alejandro Dumas, entre otros grandes autores. Fue así como Carlomagno desde muy jovencito adquirió una impresionante cultura general.




Llegó a su adolescencia y empezó a percibir ensoñaciones placenteras, mismas que atenuaba con “placeres solitarios”. Uno de esos días, la criadita de la casa lo inició en las artes amatorias. Poco después falleció su padre, y entonces la madre y Carlomagno tuvieron que sobrevivir de la modesta fortuna que les heredó.

Carlomagno, a los doce años conoció un aula escolar. Mediante riguroso examen fue ubicado en sexto grado de primaria. Ahí conoció a una chica rubia, espigada y de ojos azules. El joven dejó sus pantalones cortos y sus medias negras. Compró su primer pantalón largo para declararle su amor a la muchacha. No acostumbrado a ese tipo de pantalones largos, mientras se le estaba declarando los nervios le traicionaron… ¡Trastabilló y azotó de espinazo al enredársele la bastilla en el zapato!  La rubia estalló en sonoras carcajadas, y Carlomagno totalmente apenado jamás le volvió a frecuentar.

Obtuvo su primer trabajo como ayudante académico en una escuela rural. Después consiguió una beca deseando ser profesor de primaria, sin embargo esa ayuda no era suficiente y pensó en abandonar sus estudios, pero, una brillante idea cruzó por su mente: ¿Por qué no casarse con una mujer rica? Y no pensándolo mucho se lanzó en pos de una  joven acomodada, la que nunca se retiraba sus negros anteojos. Muy pronto descubrió el galán que su prometida era “choca”, o sea tuerta del ojo izquierdo, y como por arte de magia desapareció del panorama. Se acentuaron sus pobrezas y trató de conquistar el afecto de una mujer desafinada, es decir, una mujer de mala nota. No tuvo ningún éxito y la dama despojo al Tenorio de sus escasas alhajas, peripecia que convirtió al victimario en víctima.

A duras penas continúo estudiando… se aproximaba la fecha de su graduación y no tenía para comprar el traje. Remató su casita y se hizo de un elegante atuendo. Pronto abandonaría la escuela, y para no irse de vacío enamoró a la cocinera del internado. Le resultó una dama posesiva, y en un arranque de celos lo encerró en su cuarto durante toda la noche, bajo la amenaza de un pavoroso cuchillo cebollero. Llegó el ansiado día de la graduación: el humilde y esforzado estudiante se recibió con todos los honores, habidos y por haber. De descanso recorrió varias poblaciones de Honduras y de Guatemala. En este país fue remitido a prisión por deambular después del toque de queda, saliendo al siguiente día.

Consiguió otra beca, ahora para irse a estudiar a la ciudad de México en la “Escuela de Verano de Mascarones”. Después regresó la capital mexicana en el año 1925 a dictar algunas conferencias, retornando a su Tierra natal.

En 1928 llegó a La Paz y fue nombrado director  técnico de la” Escuela de Tres Ciclos No. 8”, ubicada en los anexos de la hoy Catedral.

Pasado el tiempo pidió su cambio a Loreto, sin imaginar que ese puerto sería su Tierra adoptiva  definitiva.  Para estas fechas, Carlomagno ya había cambiado de nombre, ahora se llamaba Carlos Roberto.

Su madre falleció en Guadalajara. Le afectó mucho esa pérdida. Y aquí se dio un gran cambio en su vida; siendo un abstemio, empezó a saborear los deliciosos y añejos vinos de las viñas loretanas.

En la Capital de las Californias conoció una joven de 15 años de nombre Elodia, y coincidentemente, a los 15 días de noviazgo se casaron. Eso fue el 17 de septiembre de 1929. Al día siguiente de la noche de bodas, el gobernador del Territorio, Gral. Agustín Olachea  Avilés llegó al puerto, -ignorando lo de los recién casados- para entrevistarse con el nuevo maestro. Los aún amanecidos invitados le dijeron que era imposible que el profe. Carlos pudiera atenderlo. Una sonrisa de complicidad se dibujó en los labios del mandatario, como diciendo: “Estos cabrones borrachos tienen razón”. Y gallardamente dio media vuelta y abordó el viejo comando perdiéndose entre el palmar. De este matrimonio nacieron; Carlos, Mario, Margarita, Dagoberto y Ofelia.

Nuestro autor fue uno de los fundadores de la primera escuela secundaria en La Paz, ubicada en el edificio que más tarde fue la famosa “Escuela Industrial”. Después ocupó el cargo de Inspector de la Tercera Zona Escolar. A principios de 1947 adquirió su nacionalidad mexicana, renovando su voluntad de seguir trabajando en pro del estudiantado sudcaliforniano. Y de esta manera continuó hasta su jubilación, dedicándose después a reposar en su hamaca… a recordar sus fechorías… a tomar café de grano bajo la sombra de frondoso mango.

El título de este libro sugiere que se trata de un libro de viaje. Abarca un espacio muy amplio, sin embargo, solamente trata sobre algunas poblaciones de su país, de Honduras y de Guatemala. De nuestra república comenta acera de la ciudad de México y sus alrededores, pero a partir de de aquí da un gran salto hasta Baja California Sur, sin mencionar ninguna de las otras entidades federativas por donde transitó hasta llegar a la península; de igual forma, tampoco nos habla de los Estados comprendidos entre Guatemala y la capital mexicana.

Por lo anterior, podemos afirmar que la obra no encaja en la categoría de un Libro de viaje, aunque en principio pudo ser esa la intención de Cortés Leyva, pero alguna razón no le permitió concretarlo. Como podemos observar, en su autobiografía aparecen tres motivos recurrentes; el amor, el estudio y el trabajo, actitudes que perfilaron la vida del autor. Finalmente, observo que su estilo es directo, lineal, sin diálogos, con algunas digresiones poético-filosóficas.

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El profesor Carlos R. Cortés Leyva nació en el año de 1901 en El Salvador, capital del país...

enero 1, 1970

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