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Un auto sin llantas

Entre las casas, está esta oficina donde vivo por unas horas, un espacio vacío con apenas algunos muebles. Entre las casas, está esta oficina donde vivo por unas horas, un espacio vacío con apenas algunos muebles. Toda...

31 de agosto, 2018 auto-sin-llantas

Entre las casas, está esta oficina donde vivo por unas horas, un espacio vacío con apenas algunos muebles.

Entre las casas, está esta oficina donde vivo por unas horas, un espacio vacío con apenas algunos muebles. Toda la mañana, los vecinos escuchan música punchis punchis-reguetonero-hipjopero-ranchero-grupero mix. Uno, lava su auto y el otro martilla en la puerta, en medio de la oficina la música rebota, el vecino de atrás no escucha al de enfrente y yo los escucho a los dos.

Los días aquí, son iguales. Cada mañana, encuentro al vecino regando los árboles y las pocas plantas que hay alrededor, lo escucho hablar solo. Alrededor hay pulgas, perros rascándose, un par de gatos merodeando. Hormigas comiendo cucarachas secas. Un colibrí. Huele a la tierra que regó el vecino y se cayeron dos limones del árbol que acaba de tomar agua. El cacharro que vende tortillas recién hechecitas, avanza lento. No hay niños en la calle, nunca hay niños en la calle, por aquí los niños no viven de día.

Me visita temprano un perro negro, se asoma a la puerta asegurándose que ya llegué y se va, no lo vuelvo a ver el resto de la jornada. Hay un policía guardadito en su alacena, sale de vez en cuando a hacer un rondín en la patrulla que cascabelea con la defensa a punto de despegarse del chasis.

Este es un lugar en lo alto de un cerro. Hay una cruz de metal, avisa que termina el mundo que se puede pisar e inicia el mundo que no se puede tocar hasta que se deja de respirar. Aquí, encima del concreto que cubre la cima del cerro hay un Centro Comunitario, y yo adentro.

Dicen los vecinos que hace mucho, esto era una guardería y una escuelita, que venían adultos a estudiar la primaria por INEA. Cuentan otros que después, cuando ya no hubo niños y los adultos terminaron la primaria, los maestros se fueron y el lugar empezó a padecer el abandono hasta que se puso triste, muy triste y lloró y se llenó de telarañas. Ya cuando los vidrios se rompieron de tanta tristeza y las puertas se cayeron de tanto llorar, vinieron otras personas, las personas malas.

Ya no era la primaria ni la guardería, y vaya usted a saber cuánto tiempo pasó. La escuelita se convirtió en la casa de la basura que vivía muy contenta y nació un “dispensario médico” y los enfermos se encerraban a curar sus males. Era pues, un basurero en donde se podían encontrar cuchillos, navajas y muchas jeringas.

Luego, como todo abandono es una oportunidad, llegó otro gobierno a despertar este lugar. Apenas despertaba y de inmediato llegó a vivir la señora soledad, que es la que ve al vecino cuando se acerca a regar los tres árboles que plantaron el día de la foto, hace casi un año.

Hay unos carteles pegados en la puerta de vidrio que está protegida por una reja de metal y rejas. Si está cerrado, esos carteles no se alcanzan a ver y si está abierto, quien llega no los ve. Esos carteles dan cuenta de las actividades que hay durante la semana, actividades que no hay.

Los lunes, vienen unos doctores a dar consultas a la comunidad. Cuenta el doctor que antes, (los primeros meses después de la inauguración) llegaban muchas personas. Ya no, el lunes solo vino una señora. El resto de la semana, el lugar se mantiene solo, guardando entre sus paredes una ligera esperanza, un montón de ruidos en el techo de lámina y la música de los vecinos.

Un par de meses atrás, me pidieron que me encargara de hacer funcionar este Centro para la comunidad. Me emocioné al ver el potencial que tiene y las ideas no se hicieron esperar, presenté una propuesta y contacté algunos maestros conocidos. Allá en la oficina, de donde salen las decisiones, publicaron un anuncio solicitando instructores y nadie respondió. El aviso quedó también pegado en la tiendita, junto a la canchita de futbol, en el poste de la esquina donde algunas personas se sientan a leer el viento, la gente no responde, luego se quejan de que los programas de los gobiernos no funcionan.

Quise dejar esto cuando me di cuenta que me subí a un auto sin llantas, a mí me gusta mucho trabajar mucho y aquí no hago nada. Me gusta mucho hacer cosas para la comunidad y aquí no hay gente. Decidí quedarme para que este lugar no llore porque todas las mañanas me lo encuentro con un nudo entre las paredes, le abro sus ventanas y puertas y lo camino de un lado para otro, se calma solo un poco porque sabe que pocas horas después, volverá a cerrarse. El inmueble espera la visita de las personas y yo tengo la esperanza de que entre alguien.

Me pregunto si por las noches llora sin que nadie lo vea, quizá el vecino que riega los árboles lo escucha llorar y por eso lo encuentro en las mañanas regando los árboles y hablando solo. Mientras haya alguien sentado en la silla del solitario Centro Comunitario, no habrá vagos que lo invadan, ni ventanas rotas, ni puertas caídas, aunque sí, hay un ser muy, muy aburrido sentado aquí, inventando que pasa algo mientras el tiempo pasa y llega la hora de cerrarle los ojos a este lugar.

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Luisa Ruiz
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