Todos los niños héroes

“En Un Balcón Lejano De Chihuahua Juega Mi Padre Niño A Lo Único Que Sabe: Él Juega A Fusilar A Sus Soldados Sus Soldados De Plomo Hechos En Molde Por Sus Manos  Ingenuas. Siento En El Alma...

14 de septiembre, 2022

“En Un Balcón Lejano De Chihuahua

Juega Mi Padre Niño A Lo Único Que Sabe:

Él Juega A Fusilar A Sus Soldados

Sus Soldados De Plomo Hechos En Molde

Por Sus Manos  Ingenuas.

Siento En El Alma Su Dolor Intenso

Su Miedo Al Desarraigo De Su Padre;

Su Dolor De  Clarines Y  Cañones.

Mientras Su Hermano Oscar, 

A Paso Redoblado, 

Su Hermano Niño Héroe, 

Desafía A La Tormenta De La Muerte

En La Decena Trágica De Mexico.” (1) 

Dedico estas líneas, en homenaje a Oscar, Mario y Julio Chavezmontes, niños héroes y soldados de nuestra patria.

Su heroísmo vive en el corazón de sus hijos.

 

Cuando vivía yo en el Molino de Santo Domingo, en las alturas de Tacubaya, una madrugada me despertó el toque de ordenanza del cuartel de Molino del Rey; la voz de los clarines y el redoble de los tambores resonaban los acordes de la antigua diana, adueñándose con su eco, de todos los rincones de la plaza.

Al escuchar tan claramente la vieja tonada militar, mi mente viajó al 13 de septiembre de 1847, cuando desde el mismo sitio en el que ahora vivía yo, la artillería del ejército invasor comenzó a bombardear el Castillo de Chapultepec, para debilitar las defensas instaladas por los cadetes del Colegio Militar que entonces se encontraba en el mítico alcázar.

Recordé cómo, cuatro días antes, durante la batalla de Molino del Rey, la caballería al mando  del General Juan N. Alvarez, permaneció pasiva en la Hacienda de Los Morales, cuando de haberse unido a la refriega, nos habríamos alzado con una victoria decisiva, en un momento que, en el Congreso de los Estados Unidos iba creciendo la oposición a la aventura expansionista del presidente James Polk, liderada por el Senador Thomas Corwin del Estado de Ohio, cuya defensa de México puede consultarse como The Corwin Speech on the Mexican War. 

Pero Juan N. Álvarez, al que hoy se llama “benemérito de la patria” (como al falso ídolo masón  Benito Juárez), decidió no intervenir en las acciones, porque tenía una enemistad personal con el General Santa Anna, en cuya contra se levantaría en la Revolución de Ayutla, seis años más tarde.

Mientras me dejaba llevar arrullado por la antigua diana, reviví la frustración de los defensores de Churubusco, entre mis recuerdos infantiles, de cuando mi padre me llevó a ver el convento donde podían apreciarse en la madera de los pisos, los bayonetazos desesperados de la tropa que intentaba liberar los cañones de sus fusiles, para desatascarlos de las balas cuyo calibre había resultado fatalmente equivocado.

En las alturas de Chapultepec, el 13 de septiembre de 1847, todos los combatientes eran niños, que apenas estaban transitando a la adolescencia, delatada por la clásica voz destemplada de quienes comenzaban a ser hombres, y esa mañana se volvieron héroes; héroes todos.

Entre aquellos niños de septiembre, figuró el joven Miguel  Miramón, que fue condecorado por su heroísmo en ese encuentro, llegando a ser, años más tarde, el presidente más joven de México contando 29 años de edad, al ocupar el cargo en 1860.

Miguel Miramón, el patriota indomable, culminó su vida en el LUGAR DE HONOR  que le cedió el también mexicano Maximiliano de Habsburgo, en el cerro de las Campanas, donde con Tomás Mejía alcanzaron la inmortalidad de los valientes.

Mientras pensaba yo en todo ésto, los ecos de la diana seguían resonando en mi alma, en un clamor interminable; fue entonces que recordé a mi tío Oscar, hermano de mi padre, que murió en Chihuahua combatiendo contra las fuerzas de Francisco Villa, después de haber participado como cadete del Colegio Militar en la jornada de la lealtad acompañando al Presidente Madero de Chapultepec al Palacio Nacional en febrero de 1913.

Recordé a mi padre y a su hermano Mario, (cuya imagen ilustra esta remembranza) que se presentaron como voluntarios al General Rivas Guillén, para defender México contra las fuerzas del General John Pershing en 1916, durante la expedición punitiva lanzada para capturar a Francisco Villa.

En aquel hecho de armas, las fuerzas mexicanas impidieron el paso de los invasores, que desistieron de su expedición y volvieron derrotados a Estados Unidos, porque además, no podían permitirse seguir enfrascados en esa persecución, cuando era inminente la entrada de Estados Unidos a la Primera Guerra Mundial.

Evocando todos estos recuerdos, decidí salir a caminar al campo vecino, y me senté en una vieja banca que sirve para descanso de los ciclistas que circulan en dirección a Guttingen o a Wahlwies; la milpa detrás mío trajo a mi corazón en un murmullo, la lejana y dulce voz de México; desde aquí, pude ver a mis pequeños hijos, esperando ávidos el paso de los cadetes por Reforma y  Niza, en el ritual repetido desde mi propia infancia  sin faltar jamás, cada 16 de septiembre, excepto cuando al igual que ahora he estado como  estoy lejos de México. 

Anoche traía en mi mano la pequeña bandera que me regaló  mi sobrino Paul en su única visita a este pequeño pueblo  de Stahringen en el extremo sur de Alemania; en el cielo claro, se veían las mismas estrellas que adornaban las noches cuando vivía yo en Churubusco. Como un regalo enviado desde mi patria, las campanas de nuestra pequeña iglesia de San Zeno, tañeron las once de la noche, cuando la tarde no había caído en México todavía; el eco de Molino del Rey hasta el Molino de Santo Domingo,  llegó claramente hasta este rincón a la orilla del bosque de Homburg, en cuyas alturas se asoman las ruinas de  un Ritterburg medieval que me recuerda Chapultepec. Desde su cima, la vista a través de los Alpes nevados, permite atisbar la inigualable belleza del Iztaccíhuatl y del Popocatépetl.

Conforme caminé tranquilamente de regreso a mi casa, reviví las imágenes de las Fiestas Patrias en Chinameca, cuando mi hermano Renato fue ayudante municipal y a mí me habilitó de Cura Hidalgo, con una peluca blanca de algodón y unas polainas de cartón negro que cubrían mis huaraches aparentando botas.

En aquella ocasión, desfilamos por todo Chinameca en una camioneta pick up, engalanada por una bellísima joven que portaba un vestido de china poblana confeccionado para ella por su mamá. Hoy he recordado las palabras de esa joven, que al momento  que la banda de la escuela local, comenzó a redoblar sus tambores y a tocar sus clarines, me miró emocionada hasta las lágrimas  y me dijo: ¡Qué  orgullo que somos mexicanos!

Anoche pude ver las caras alegres de cientos de pequeños que nos vitoreaban  entonces al pasar por las calles de Chinameca, mientras nosotros les lanzábamos caramelos, silbatos y matracas cuyo sonido se sumaba de inmediato a la música marcial de la banda que encabezaba el desfile.

Mañana, Dios mediante, llamaré por teléfono a mi hermana Ángeles, para encargarle que ponga por el altavoz de la centenaria Panaderia Cárdenas, las Mañanitas dedicadas a nuestra patria que jamás está distante; porque esta casa es un rincón de México  donde reina la Virgen de Guadalupe, con su imagen en todos los rincones, y donde nuestra bandera ondea festiva en el balcón desde el 1º de este mes.

“Patria de organilleros y de magos;

 De héroes y de quimeras;

Vuelan mis golondrinas a tus costas;

 A tus senos nevados.

Me imagino volviendo a ti

Por el mismo desierto que he cruzado,

Asido a tus canciones entonadas para que no olvidaras que soy tu hijo; Para que no olvidaras mí esperanza.

Nunca saldrás de mí porque te amo

En tu crisol de lágrimas y abrazos,

Calaveras de azúcar y cohetones

Te recuerdo sonriendo en tus balcones.

Tierra de Guadalupe y de San Judas; 

Tu  imagen no se borra en la distancia

Tu amor no se marchita con los años. 

Te llevo en mi, con orgullo en las heridas/

Que se abrieron al irme y añorarte;

Estas en mis arrugas y en los callos

De estas manos que sueñan con tocarte.”(2) 

    _____________________________________

Stahringen am Bodensee, Baden Wurttemberg, México 

Con Chinameca en mi corazón. 

  1. Fragmento de La Nogalera (Chihuahua, 2004)
  2. Fragmento de No me Esperes Despierta (Stahringen 2006)
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Con la velocidad con la que fluyen los hechos y las noticias en nuestra vida este tema tal vez ya sea obsoleto para todos menos para nuestro sistema nervioso. Los mexicanos experimentamos una vez más una de estas situaciones que podemos etiquetar como “Solo en México”. Según José Luis Mateos, especialista  en sistemas complejos del Instituto de Física de la UNAM, las posibilidades de vivir tres sismos de más de 7 grados en la escala Richter en el mismo país en la misma fecha, es una entre 133 225; expresado de otra forma: 0.000751%.  Igual que hace 5 años, traté de mantenerme tranquila durante el simulacro, propósito que nunca logro porque los recuerdos y el efecto de la alerta sísmica son suficientes como para que a todos se nos pongan los nervios de punta. Desde temprano todos compartimos información en redes sociales, fotos y crónicas de los catastróficos terremotos que sacudieron el país en 1985 y 2017, esa evocación de estar parada a la mitad de la calle tratando de no perder el equilibrio, viendo cómo caían piedras y pedazos de fachadas, el clamor de la gente que rezaba en medio de una angustia espantosa, la sensación de que esto jamás terminaría, y después, el silencio. Personas tomadas de la mano en crisis de nervios, yo aferrada al brazo de un policía que intentaba tranquilizarnos, no sé si minutos u horas después alguien repartía pedazos de pan a los que estábamos allí, nos comunicábamos con nuestras familias, los comercios del centro histórico. En donde yo estaba el 19 de septiembre de 2017, hasta quitaron su música para sintonizar el radio a Fernanda Familiar que apenas podía disimular su angustia y trataba de entender y comunicar lo que estaba pasando. Luego luego pasaron muchas cosas. Todos los mexicanos estuvimos de una u otra forma involucrados y relacionados entre nosotros. Siguieron semanas de una gran incertidumbre. No sabíamos si podíamos o debíamos retomar la vida, nos sentíamos culpables de sonreír, de pensar en algo más que no fueran las personas sepultadas en los edificios que se habían derrumbado, en los rescatistas que no comían ni no dormían, moviendo piedras tratando de hallar vida bajo los escombros; en los centros de acopio no se daban abasto para movilizar la ayuda que llegaba y  canalizarla a donde se pudiese necesitar o no. La necesidad de la población de ayudar era irrefrenable. Las escuelas permanecían cerradas, se catalogaban los edificios para decidir cuáles tenían que ser derrumbados y el número de gente que se quedaba sin vivienda crecía por día. Caminábamos entre ruinas, señales, acordonamientos, civiles con cascos y chalecos intentando hacer algo sin saber si lo estaban logrando o no. 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Después de una semana de un estrés indescriptible y sin precedentes en mi vida, este temblor viene a sacudirme como a cada uno de nosotros de forma personal, a llamarnos la atención de la peor manera y a recordarnos que más vale vivir lo más felices posible y no cargar preocupaciones demás porque siempre hay algo mucho más importante que ver la paja en el ojo ajeno o en el propio. La razón de que haya temblado tan enérgicamente en la misma fecha no la vamos a entender por más que nos esforcemos, tal vez los hijos de nuestros hijos tengan alguna  hipótesis. A nosotros nos queda vivir con inteligencia, agradecimiento y nobleza cada día, porque no sabemos en qué momento el suelo se abre bajo nuestros pies y nos volvamos historia.  " ["post_title"]=> string(22) "Cuando pase el temblor" ["post_excerpt"]=> string(148) "El temblor de ayer nuevamente nos evocó a los temblores de 2017 y 1985. Cada temblor es un recordatorio de la fragilidad de la condición humana. 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No entiende cómo la gente puede ser tan mediocre, no entiende cómo el país se está cayendo a pedazos por culpa de este sistema que no los enseña a pescar, que los alimenta como animalitos (palabras de la señora Laura Zapata). No me imagino cómo vivirían estos “flojos” mexicanos si fuesen ellos los únicos que les pagaran y tuviesen que subsistir con los ridículos sueldos y la ausencia de prestaciones que regalan estas buenas conciencias a los trabajadores que menos que eso merecen. Pero afortunadamente están ellos aquí, para señalar con sus dedos adornados con anillos y uñas impecables, con sus manos que nunca han tocado la tierra, con sus impolutos semblantes que nunca han sido dañados por el sol de una jornada de trabajo en el campo, ellos están aquí para señalar la corrupción, la incapacidad, la estupidez. Ellos después toman un avión y viajan para descansar un poco y olvidarse por un momento del desastre en el que nos estamos convirtiendo, de lo desobligados y sucios que somos, de lo abusivos y conformistas, de lo maizeados que hemos sido desde siempre, desde antes, mucho antes, cuando fuimos una gran civilización, ordenada, organizada y próspera, a la que llegaron sus antepasados a conquistar y saquear. La ficción saltó de las telenovelas a la realidad, lo que creíamos que era una actuación exagerada sobre una mujer frívola y racista, que le gritaba “gata”, “muerta de hambre” y demás insultos a otra mujer que consideraba inferior por venir de un estrato económico menor pudiera ser una forma de vida. Y nuestras generaciones que crecieron viendo eso, volviéndolo normal y adaptándolo, soñando con ser Malvina de Los Monteros y no María Mercedes, aspirando a pertenecer a la clase alta. Cuántas cosas puedo entender ahora y cómo duelen. Qué daño nos hicieron aquellas telenovelas, qué poco nos queremos entre nosotros como mexicanos para pensar que el sustento y el bienestar de una familia no es responsabilidad del sistema por derecho constitucional sino de las limosnas que la clase alta evalúe y decida darles." ["post_title"]=> string(43) "México es un país de “estira la mano”" ["post_excerpt"]=> string(90) "El clasismo es uno de los principales lastres que nos impiden ser un país más justo. 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México es un país de “estira la mano”

El clasismo es uno de los principales lastres que nos impiden ser un país más justo.

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