¿Qué sigue para López Obrador en el tercer año?

La vacuna como luz al final del túnel en la pandemia dejará dos de los tres obstáculos que señala López Obrador; sin embargo, le faltó citar el cuarto gran problema: la inseguridad. En primer lugar, el presidente...

3 de diciembre, 2020

La vacuna como luz al final del túnel en la pandemia dejará dos de los tres obstáculos que señala López Obrador; sin embargo, le faltó citar el cuarto gran problema: la inseguridad.

En primer lugar, el presidente habló de la pandemia, seguido por la crisis económica, y en tercer lugar, el ataque de los medios de comunicación y de los conservadores. A estos dos últimos los metió en un mismo costal.

Al no concebir a la inseguridad como un gran problema, aleja la solución o al menos la condena con un desinterés que podría escalar la gravedad sin control.

También tendrá que reconstruir la relación con Estados Unidos, en un ambiente de desconfianza donde se regateó el reconocimiento de Joe Biden. Y también destaca la acusación del asesor de Biden, Ben Rhodes, de una operación electoral de Marcelo Ebrard en Texas a favor de Donald Trump.

En el inicio del tercer año de gobierno, la prioridad del presidente es claramente ganar las elecciones del 2021 para asegurar el dominio del Congreso con diputados de MORENA y sus aliados.

No hay otra prioridad visible. Por eso concentra el discurso en dinamitar las alianzas entre el PAN, PRI, PRD y MC, satanizándolas como un nido de maldad y corrupción, donde no hay opción más que votar por MORENA.




En dos años no hay forma de presumir logros ni buen gobierno, basta ver los tres grandes obstáculos para ilustrar el fracaso administrativo. A falta de resultados, el ofrecimiento de MORENA se basa en una transformación basada en una “Guía Ética” y vida en austeridad, casi extrema, ante el fracaso para generar riqueza.

En estos momentos, Andrés Manuel dejó el papel de Jefe de Estado para tomar el de Jefe de Campaña. Así lo vimos en la gira de Baja California el sábado, donde abiertamente atacó a los partidos de oposición y sentenció que su movimiento, apoyado por su partido y aliados, iba a ganar en 2021. Todo esto lo hizo en un podio donde se lee “Gobierno de México”, con recursos del gobierno federal.

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Abracé esa definición con una fe que no he abandonado porque me ha permitido entender muchos de los fenómenos que hoy nos sacuden; por ejemplo, se reía en el aquel lejano 1988 cuando le hablaban de la “pérdida de valores” porque decía que valores siempre hay, pero que están cambiando y lo importante es que hay que tener valentía e inteligencia para sostener los que consideramos importantes como para pasar a la siguiente generación. Hoy, por ejemplo, cuando veo el plantón del partido oficial frente al INE y escucho las declaraciones desaforadas de los candidatos en riesgo, me viene a la memoria una de las “joyas” machistas de la cultura nacional. Frente al discurso de la legalidad y la democracia, frente a la protección del árbitro electoral, se erige, machorra y poderosa, la máxima de la cultura política mexicana de los últimos doscientos años: “A ver de qué cuero salen más correas” y su bonito corolario: “si no soy candidato no hay elección”. Lo “afortunado” es que el cinismo de la política mexicana debe inclinarse ante el tradicional disimulo nacional, porque la consecuencia necesaria es “para qué hacemos elecciones, ya mejor háganme gobernador”. Esas son las cosas propias de los valores que cuesta trabajo erradicar, de las prácticas que no pueden convivir con las sociedades modernas porque se resquebrajan al primer roce de razón; pero ahí están los dos alegres canchanchanes dormidos en la misma tienda para amenazar a una institución que a los ciudadanos nos ha costado años de lucha, vidas y movilizaciones.  Frente a la apuesta por la ley, el principio del “cuero y la correa” luce como la voz poderosa del macho alfa que invoca la diligencia porfiriana del principio “Yo, o el caos”. Las contradicciones son lo de menos, se pueden obviar, si MORENA nació de un largo movimiento cívico político, si atrajo a los sin voz, si movió conciencias y puso en acción estructuras y debates dormidos en nuestra conciencia nacional, eso ya no importa porque, ahora, por una gubernatura, se van a jugar su carta de principios, su cultura y, lástima que mi maestro se haya muerto, su identidad. La semana ha dado mucho para la reflexión de la cultura desde el poder, mire usted amigo lector, tenemos también el bonito espectáculo del logotipo del aeropuerto Felipe Ángeles y digo, si el problema no es el logotipo, ni lo feo que es, lo recargado, simplón, barroco y chafa que luce porque eso, usted coincidirá, es cuestión de gustos y habrá quien haya pensado que ni el aeropuerto Charles de Gaulle tiene una marca más linda y paquidérmica; a mi juicio, el meollo del asunto es que si ese símbolo se trata de uno de los proyectos señeros, del que debería invocar el triunfo sobre la corrupción, la persistencia de la voluntad contra la adversidad, habría de convocar lo mejor del talento gráfico de los mexicanos, que no es poco, concursarlo con un premio jugoso que convoque a los mejores a intentarlo, pero nos encontramos con un mamarracho salido de quién sabe dónde. Insisto, es cosa de gustos y habrá sin duda quien quisiera ver un buen Tiranosaurio en el logotipo del Tren Maya, porque, como decía mi abuela, si gustos no hubiera, el amarillo no se vendiera. Pero no se puede pedirle a los profesionales que saben hacer las cosas que dejen de comer y le dediquen largas horas de trabajo serio a producir un logotipo de primera categoría, que saben que no necesariamente va a ganar, si no existe la posibilidad de ganar para llevar el pan a la mesa. Lo mismo con los libros de texto. A ver de qué cuero salen más correas, si del de los creativos o del que quién sabe cómo y cuándo mandó a hacer el Dumbo cuaternario de Santa Lucía. 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