Mejor una boca que dos bocas

Quiero referirme hoy aquí a Gustavo Díaz Ordaz desde el punto de vista del Partido Liberal del siglo XIX,  que tanto apasiona al actual presidente de la República. Gustavo Díaz Ordaz era bisnieto del héroe liberal oaxaqueño,...

23 de septiembre, 2020

Quiero referirme hoy aquí a Gustavo Díaz Ordaz desde el punto de vista del Partido Liberal del siglo XIX,  que tanto apasiona al actual presidente de la República.

Gustavo Díaz Ordaz era bisnieto del héroe liberal oaxaqueño, Jose María Díaz Ordaz, que luchó al frente de las fuerzas liberales contra los conservadores durante la Guerra de Reforma. Su padre, Ramón Díaz Ordaz, tuvo una carrera política discreta. Entre sus cargos destaca el de jefe político de Chalchicomula (Puebla), lugar donde nació el futuro presidente de México, Gustavo Díaz Ordaz.

Don Gustavo Díaz Ordaz se caracterizaba por  su extraordinaria seriedad que no era ajena a un agudo sentido del humor que desplegaba con velocidad y precisión.

En una ocasión, durante una entrevista, una reportera le preguntó: “Señor candidato, ¿es verdad que ustedes los poblanos tienen dos caras?”. Díaz Ordaz le respondió de inmediato, soltando una carcajada espontanea al tiempo que le decía: “¿Cree usted señorita que si yo tuviera otra casa, usaría esta?”.

Yo tuve la oportunidad y el honor de conocer a don Gustavo Díaz Ordaz, gracias a otro don Gustavo: El Doctor Baz Prada de quien tuve el privilegio de ser discípulo y amigo durante más de 25 años.

Cuando conocí a don Gustavo Díaz Ordaz, era yo un joven de escasos 19 años, y él recién había terminado su sexenio. Al acercarme a saludarlo, me dirigí a él diciéndole: “Mucho gusto, Señor Presidente”. Él me dijo que ya no era presidente, a lo cual yo le dije: “Por desgracia, Señor Presidente”. Pude percatarme de su emoción porque se le arrasaron los ojos con lágrimas, al tiempo que don Gustavo Baz me decía que me fuera a vestir y que me les uniera para desayunar.




Antes de aquel primer encuentro, había escuchado al Presidente Díaz Ordaz dirigirse a sus compatriotas por radio y por televisión en los días del llamado Movimiento Estudiantil de 1968. Aunque era yo entonces muy joven, algo dentro de mí me hacía ver en aquel hombre a un patriota vehemente, a un presidente profundamente preocupado por el inmenso problema que él veía desde una perspectiva que solamente un estadista serio puede ver.

Jamás denostó a los estudiantes ni a los maestros universitarios; nunca les puso apodos ni calificativos peyorativos. No olvido cuando dijo que su mano estaba tendida, ofreciendo que “la chocaran”. No olvido cuando desde Guadalajara hizo un llamado a la concordia,  advirtiendo que nadie se llamara a engaño;  que lo que tuviera que hacer lo haría; que hasta donde tuviera que llegar llegaría para preservar la seguridad y la dignidad de la patria. Y yo se lo creía y se lo sigo creyendo.

Un hombre que como él pudo asumir públicamente la responsabilidad jurídica, política, histórica y personal por los acontecimientos de 1968, no es del tipo de chacal que embosque inocentes en una plaza dejándolos a merced de francotiradores clandestinos.

Sin embargo, no escurrió el bulto, ni evadió su responsabilidad, ni constituyó “fiscalías autónomas”, ni hacia rifas que no eran rifas,  ni ofendía a los estudiantes ni a sus líderes. Era un mexicano que miraba de frente con reciedumbre y claridad. Era un mexicano de histórico abolengo LIBERAL; liberal de pólvora y fuego a diferencia de  Juárez, el santón elevado sobre el pedestal falso de la masonería traicionera.

Corría por sus venas sangre de soldados mexicanos y por el inmenso respeto que tenía por nuestras fuerzas armadas, jamás las hubiera manchado convirtiéndolas en sicarios. Su Secretario de la Defensa Nacional fue un GENERAL de verdad, Don Marcelino García Barragán, que no era un cortesano ni un soldadito de escritorio, sino un general que se ganó su rango por méritos en combate.

En algún momento durante los disturbios de 1968 (que ocurrieron en muchas otras partes del mundo “casualmente”), los gringos le ofrecieron la Presidencia a Don Marcelino García Barragán, que los rechazó y los mandó al demonio con cajas destempladas. 

No es casualidad que tres años después de la noche del 2 de octubre de 1968, el jueves de Corpus Christi, el  10 de junio de 1971, Luis Echeverría repitiera el mismo modus operandi de Tlaltelolco, dejando claramente a la vista que Díaz Ordaz no fue el autor de esa masacre; de una de esas masacres que al actual presidente de México le dan tanta risa.

Díaz Ordaz no era hombre de caprichos ni ocurrencias; no se hacía pasar por algo que no fuera. Casi no hablaba en público y por eso, su palabra tenía credibilidad y un peso moral y político que subsiste hasta hoy. Don Gustavo Díaz Ordaz era un hombre de palabra; de una sola palabra, no de palabrería. Se podía confiar en él, porque no aparentaba ni fingía.

Era un rival formidable, pero un rival que solamente luchaba de frente, como cuando dijo que nadie tenía fueros contra México. No olvido su emoción durante un discurso cuando dijo: “La injuria no me llega; la calumnia no me toca; el odio no ha nacido en mí”.

No era capaz de hipocresía. Era un hombre físicamente feo que conocía los chistes que se hacían con motivo de su dentadura prominente; pero tenía solamente UNA BOCA que para hablar con México y de México, es mucho mejor que tener DOS BOCAS, dos versiones, dos salidas,  o dos mentiras más siempre a la mano.

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