EL CUENTO DE LOS OCAS

Perdón por mi ceguera, verá el respetable – valga el juego de palabras-, pero es que yo sigo creyendo que en verdad el Gobierno está actuando de buena fe y aspirando a solucionar problemas graves, desde la...

19 de enero, 2021

Perdón por mi ceguera, verá el respetable – valga el juego de palabras-, pero es que yo sigo creyendo que en verdad el Gobierno está actuando de buena fe y aspirando a solucionar problemas graves, desde la raíz de la mayor urgencia en nuestro país. Desde luego, no coincido con quienes aplauden a ciegas, ni con quienes critican hasta los menores detalles, ni con los que sacan conclusiones apresuradas y menos con los que creen que la burla es un mecanismo de diálogo; pero también me mantengo en la idea de que no hemos definido rumbo y que hay una dislocación grave entre el discurso, los hechos y la vida ciudadana en este momento histórico tan grave de la vida nacional.

Desde que se instaló el sistema de partido hegemónico en México, cuando la posrevolución comenzó a prohijar la idea del país progresista, sí, aquel del milagro, donde todo pintaba para más, a los perros los amarraban con longanizas y a los niños les enseñaban en las primarias públicas que México tenía la forma del cuerno de la abundancia, desde entonces, los mexicanos no estábamos contentos. Mire usted, al paso en que el crecimiento llegaba -como en el Porfiriato- se volvían a ampliar las brechas entre clases, la discriminación fue asentándose de manera tan silenciosa que nos preciábamos de ser un país libre de racismo y la violencia contra las mujeres se incubaba en malsanas prácticas familiares que resultaban de la identidad del patriarcado casero con el patriarcado público, el del Estado; así íbamos acumulando presiones y malestares. Con la riqueza a espuertas llegó también la práctica de la corrupción desmedida, claro, en aquellos días se fue adoptando una idea macabra que caló muy hondo en la idea general de que podríamos tener de la política y la administración (“está bien, que roben, pero que repartan”) la esperanza de tener un pariente en el gobierno que nos “eche una manita” sigue muy clavada en la cultura popular. Por último, el mismo modelo hegemónico y patriarcal establecía muy pocas rutas de diálogo, tan pocas, que en 1968 el presidente de la República le pidió a los padres de familia que controlaran a sus chamacos, así las cosas, porque el presidente y el partido eran el gran papá que lo mismo proveía que reprimía y al que no se le podían pedir cuentas. Total, si teníamos paz y estábamos creciendo, ¿qué más queríamos?

Y es que a partir de la década de los sesenta comienza un fenómeno que llamamos como “ciudadanización”, ¿qué es lo que queremos los ciudadanos?, lo mismo que los políticos: el poder, pero no lo entendemos de la misma manera ni lo deseamos de la misma forma. Los políticos quieren ejercerlo de manera personal, acumularlo, apostarlo e invertirlo; los ciudadanos, en cambio, lo queremos para que nos dejen vivir en paz y con la garantía de que no seremos atropellados en la marcha de la enorme maquinaria del Estado. A cada preocupación ciudadana correspondió una lucha particular, la primera autonomía de un organismo en el marco constitucional la obtuvo la UNAM, una adelantada porque tenía ya décadas de lucha en ese sentido; pero cuando en 1993 el Banco de México es declarado constitucionalmente autónomo, la tendencia no tenía retorno y es que los ciudadanos fuimos presionando de muchas maneras, desde las más burocráticas y académicas, hasta las más violentas y entregadas, vinieron el IFE, ahora INE, al que le correspondía un reclamo de elecciones limpias, indubitables, en las que el poder no fuera juez y parte, en la que participaremos los verdaderos actores de la elección, es decir, nosotros, los ciudadanos; después la CNDH, que acumulaba las quejas y penalidades de las formas más macabras y soterradas tanto de la represión como del ejercicio ilimitado del poder; vaya, es que hay que leer tantito nomás, decía Aristóteles, que la verdad de las cosas no está en su estado actual sino en la tendencia que manifiestan, cuidado con eso, digo, ahí tenemos a Trump y su circo del capitolio, así que los ciudadanos le fuimos arrancando pedazos al Estado para constituir instituciones que a cargo del gobierno no pudieran ser intervenidas por el poder en caso extremo, que pudieran defenderse a sí mismas en el ejercicio de sus funciones, tomar sus decisiones y oponerse, en lo técnico dentro de la esfera de sus atribuciones, a posibles errores tanto del gobierno como de los actores económicos.

Siguieron el INEGI, la COFECE, el IFT, el CONEVAL y el INAI; porque si se observa con cuidado corresponden a áreas del conocimiento y de la actividad pública que nos tocan a los ciudadanos en muchos aspectos, pero todos, cada uno de ellos representan la postura del ciudadano frente al poder del Estado. Habrá otros más capacitados para medir su impacto presupuestal, su eficiencia, su desempeño; pero hay algo que sí podemos decir quienes vivimos este México que tiene que sobrevivir a la tragedia para reconstruirse: quienes tienen que protagonizar los cambios somos nosotros, los ciudadanos, que eliminar los autónomos es tanto como echar tierra a décadas de luchas sociales y de organizaciones que se la jugaron en su tiempo y que siguen haciéndolo, es mandar el mensaje de que un gran gobierno patriarcal y todopoderoso puede solucionarlo todo cuando en realidad, ya lo vemos en la pandemia, somos los ciudadanos los que al final del día, por muchos medios, acabamos, como decía mi abuela, sacando las castañas del fuego.

@cesarbc70

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