El México de hoy no necesita nacionalistas de ocasión que utilicen a la patria como escudo para protegerse a sí mismos. Mucho más útil serían auténticos patriotas que defiendan los intereses del país, aun cuando esa defensa los dejara desnudos. Pero algo me dice que de estos no vamos a tener, ni en el gobierno ni en la oposición.
Aunque en el lenguaje coloquial suele utilizarse “nacionalismo” y “patriotismo” como sinónimos, en la realidad se trata de conceptos distintos.
Mientras que el patriotismo tiene que ver las acciones, con los efectos de actos concretos llevados a cabo desde el compromiso y la lealtad para con la patria, aun cuando fuera necesario ir en contra de los intereses personales, el nacionalismo una doctrina política, filosófica y cultural que considera que la principal fuente de identidad y legitimidad política es la nación.
Un patriota ama tanto su país que no escatima el esfuerzo –e incluso el sacrificio– por contribuir a su mejora, incluyendo el hecho de saber observar sus fortalezas y virtudes, del mismo modo que es capaz de reconocer sus debilidades y carencias con el propósito de mejorarlas. Además –y no se trata de un detalle menor– un patriota no necesita humillar a otros pueblos ni pasar por encima de nadie porque la grandeza de su nación, constituida por todos sus habitantes, no requiere de eclipsar a nadie para existir.
Esto casi nunca ocurre con el nacionalismo, que suele defender la supremacía de unas naciones sobre otras, de un ideario sobre los demás, y mucho menos ocurre con aquel nacionalismo que se improvisa, que se sostiene en palabras grandilocuentes pero sin actos concretos, aquel que se implementa como cortina de humo legitimadora para salvarse a sí mismo sin ponderar los costos para el futuro.
Un nacionalista, imbuido en su ideología, es capaz de hundir al país con tal de defender sus ideas. Un patriota es capaz de poner de lado sus ideas con tal de salvar a su país. A un nacionalista lo mueve la razón, la necesidad de imponer su criterio a los demás, mientras que a un patriota lo mueve la pertenencia, la lealtad y la responsabilidad hacia los suyos.
¿De qué nos sirve un nacionalismo de mitin político, expuesto apenas ante una pequeña parte de afines que todo lo aplauden, donde no se expresa la mínima autocrítica o reflexión acerca de lo hecho y de lo dejado de hacer?
En este momento de nuestra historia el país no necesita nacionalistas indignos que buscan moldear ante la opinión pública una realidad sólida y descarnada que los ha alcanzado. No hacen falta nacionalistas de ocasión que utilicen a la patria como escudo para protegerse a sí mismos. Mucho más útil sería que esos que se envuelven en la bandera fuesen en realidad patriotas que defiendan la verdad, que defiendan lo correcto, que defiendan los intereses del país aun cuando esa defensa los dejara desnudos. Pero algo me dice que de estos no vamos a tener, ni en el gobierno ni en la oposición.
Es vergonzoso escuchar las arengas nacionalistas que el gobierno en turno utiliza para justificar su inacción y su encubrimiento.
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