La contrarreforma electoral propuesta por Sheinbaum supone una especie de crimen de estado contra la democracia, haciéndonos retroceder históricamente unos 40 años hacia la restauración de un partido de estado, con elecciones irrelevantes y reduciendo a los partidos de oposición a un rol meramente testimonial. Por ello se opusieron en bloque. ¿Será “llamarada de petate” o una razón para la esperanza?
Entre las claves para comprender y valorar la historia de México como estado nación a partir de que dejó de ser Nueva España en 1821 podemos señalar, sin duda, sus aspiraciones en pro de esos conceptos que astutamente recogió el PRI como lema institucional desde su nacimiento con ese nombre en 1946: democracia y justicia social. Si bien los gobiernos del PRI (desde que se llamó Partido Nacional Revolucionario y luego Partido de la Revolución Mexicana) no tuvieron prácticamente nada de democráticos sino hasta las reformas de Ernesto Zedillo en 1996, se honra a la verdad reconociendo que aquél régimen de partido alcanzó logros importantes en materia de justicia social: prosperaron los campesinos y los obreros, se desarrolló una clase media urbana muy relevante y se hicieron realidad derechos sociales fundamentales en materia de salud (IMSS, ISSTE, SSA), vivienda (Infonavit) y educación (alfabetización plena, cobertura regional total en educación básica y media, crecimiento notable en educación superior y profesional-técnica).
El país se industrializó, desarrolló una importante infraestructura de telecomunicaciones, transporte y suministro de energía y desarrolló una legislación laboral bastante razonable que protegió y promovió a los trabajadores sin romper el equilibrio necesario entre los factores de la producción. Después, claramente, la irresponsabilidad de las administraciones populistas (precursoras de MORENA) de Luis Echeverría y José López Portillo sumieron al país en una crisis económica terrible que le hizo mucho daño a los ingresos reales de los sectores más vulnerables de la población.
Sin embargo, la crisis brutal causada por la experiencia populista de la década de los 70’s desembocó en una serie de reformas estructurales que permitieron corregir mucho de lo que había estado mal durante los años de auge de los gobiernos postrevolucionarios. Desde mediados de los años 80’s, a partir de la administración de Miguel de la Madrid y especialmente con Carlos Salinas y Ernesto Zedillo, México vivió un proceso de modernización institucional notable y justamente admirado en el mundo. Fue hasta entonces que la otra aspiración fundamental de nuestra historia pudo tomar forma y hacerse, por fin, realidad: ¡Tuvimos democracia! Por primera vez, a partir de 1997, los votos ciudadanos contaron y se contaron bien (porque los contamos los ciudadanos) y hubo una competencia real entre una pluralidad de partidos políticos bien diferenciados que quedaron obligados a negociar entre ellos para llegar a acuerdos que reflejaron muy bien la diversidad existente en nuestra sociedad.
No solo eso, con democracia real, pudimos vivir finalmente en una República con contrapesos institucionales, división real de poderes, transparencia y rendición de cuentas, seguridad jurídica y niveles crecientes de profesionalismo en las diversas áreas de la administración pública. Los gobiernos panistas de Vicente Fox y de Felipe Calderón le dieron prudente y atinada continuidad a estos procesos que sin duda hicieron a México un mejor país. Peña Nieto sumó negociando con la oposición aquel “Pacto por México” que permitió instrumentar varias “reformas estructurales” (2014) entre las que destacaban la educativa, la energética, de comunicaciones, fiscal, financiera y laboral, que fortalecieron la competitividad del país en los agresivos mercados globales y suponían un importante avance en la calidad de nuestro entramado institucional.
Aquellos no fueron, ni remotamente, gobiernos perfectos. Prevaleció la corrupción aquí y allá, de la que dijo Peña Nieto -con cierta razón- que era un problema cultural; se tomaron algunas malas decisiones; creció el poder del narco y la batalla para vencer la pobreza estructural sigue siendo una brega de eternidad (hasta hoy). Pero ahí la llevábamos, al punto que se llegó a hablar internacionalmente del “momento de México”.
Hasta que llegó López Obrador al poder, con su alúd de mentiras, su insensatez proverbial, su descarada alianza con el narco y una capacidad de destrucción institucional que no tenía precedente desde los años de la guerra civil de la Revolución de 1910. Después, su heredera la Dra. Sheinbaum, le va dando continuidad a la operación destructiva de la 4T sobre todo con la infame demolición del Poder Judicial (que ha perdido absolutamente su autonomía y está ahogado en un mar de incompetencia profesional inaudito) y ahora con su lamentable proyecto de Contrarreforma Electoral que implica, en los hechos, una especie de crimen de estado contra la democracia.
Con la contrarreforma electoral propuesta por la científica de corazón bolchevique, Morena aseguraría su hegemonía haciéndonos retroceder históricamente unos 40 años para restaurar un régimen de partido de estado, con elecciones prácticamente intrascendentes y relegando a los partidos de oposición a jugar un rol meramente testimonial. Por ello, todos los partidos distintos a Morena votaron en bloque en contra de la contrarreforma. Enhorabuena. Aunque es de esperarse que las pretensiones autoritarias del régimen no paren aquí y busquen, con un “Plan D, E, F o G”, demoler nuestra democracia para perpetuarse en el poder.
Si a la contrarreforma propuesta le sumamos la tragedia educativa en marcha, la destrucción del sistema de salud pública y el abandono al campo, resulta que la 4T está destruyendo, una a una, las ganancias históricas que habíamos alcanzado respecto a aquellas dos aspiraciones históricas: la democracia y la justicia social.
El panorama parecería desolador, aunque la reacción de la oposición en pleno (PAN, PRI, MC, PV y PT) pone una tenue luz de esperanza para México. La oposición profesional, que había sido notable por su inoperancia o su complacencia y su vacío de liderazgo ante la destrucción del país, finalmente levantó la mano y se hizo valer en el Congreso. Ya veremos si tienen la claridad de consciencia y la calidad ética para resistir los embates autoritarios y defender al país. ¿O habrá sido “llamarada de petete”?
X:@Adrianrdech
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