Jugando con el destino

Ayer tuve la oportunidad de salir a dar una vuelta a Puerto Madero Chiapas, pujante poblado que conjunta en su área de vida a Puerto...

13 de julio, 2020

Ayer tuve la oportunidad de salir a dar una vuelta a Puerto Madero Chiapas, pujante poblado que conjunta en su área de vida a Puerto Chiapas y Playa Linda. El aire fresco con olor a mar llenó los pulmones de los que me acompañan. En un principio, desde la camioneta veíamos el mar, la playa y los lugares comunes que visitamos en otros tiempos mejores. Los recuerdos para todos volvieron y miramos con tristeza lo que se fue… la convivencia con otros seres humanos.

    La desconfianza fue la tónica del paseo de ayer, por lo que escogimos el lugar más solitario para bajar de la camioneta y contemplar el atardecer. Fue en el malecón de Puerto Chiapas. Ahí, las familias buscaban separarse unas con otras, buscando siempre tener una distancia muchos más amplia que la recomendada. Nos la pasamos rico. Por un momento mi familia y yo gozamos del sol que nos bañó fuerte junto con las olas que nos aventaban finas gotas de mar.

    Alrededor, el ir y venir de la gente fue incesante. No parecía que la pandemia esté en su apogeo. En la primera parte del malecón, frente a la cancha y la calle principal del Puerto, el gentío era toda una verbena popular: los vendedores tomaban alivio, por la falta de las ventas del confinamiento, ofreciendo y vendiendo sus productos; los restaurantes a la orilla de la playa y los que están cruzando la calles del malecón estaban repletos de gente, mientras que el sonido de las olas se mezclaban con el tráfico pesado, las risas, la habladuría y la música de banda que se escuchaba en restaurantes con mesas llenas de bebedores de cerveza y otras bebidas “espirituosas”.

    Media hora estuvimos viendo el ocaso con la familia, hasta que el arribo de más gente nos “ahuyentó” porque los “grandes” de edad de la familia dijimos: “vámonos ya, corremos más peligro de contagio”.

    Así volvimos de regreso a Tapachula y vimos en toda el área de las grandes cadenas comerciales, el mismo nivel de gente que vimos en el malecón de la playa, todos llenos de gente, con colas interminables en los “drive thru”. Así estaba cuando nos fuimos al puerto y así los volvimos a encontrar cuando regresamos.

    Al llegar a casa, comenzó el largo proceso de descontaminación de todos los miembros de la familia.




    Así fue el domingo en Tapachula, un domingo donde las familias convivían en los patios de las casas o en los zaguanes de las mismas o en las banquetas donde creaban “salas” improvisadas y sacaban los muebles a las banquetas, para tener todos los beneficios del aire libre.

    Me llamó la atención la celebración en dos hogares, donde las familias se juntaron a recordar los 40 días desde el fallecimiento de sus respectivos familiares. Las familias y amigos ahí reunidos toman alcohol y buscaban encontrar resignación entre los suyos.

    Nadie en todo mi recorrido dominical se veía preocupado por los contagiados por COVID-19, que hasta el corte de ayer se reportaron 299 750, mientras que los fallecidos fueron 35 006 muertos por el virus. En estas cifras de ayer, 29 839 personas andan activas con el virus, y de éstos no se sabe cuántos están contagiando a otros o cuántos están en franca cuarentena.

    A estas alturas de la masacre que está ocasionando el virus en nuestro país, la situación ya se salió del control de las manos del presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, el cual a través de su supersubsecretario López-Gatell dice ahora que la crítica situación que vivimos es culpa de los gobernadores y de los presidentes municipales de nuestro país. Ellos no tienen culpa de nada. Atrás para él y el presidente de la República, sus recomendaciones de salir y que el tapabocas no servía de nada, siguen presentes.

    Claramente no es culpa de ellos la pandemia, pero la estrategia que llevan a la práctica para mitigarla es nula y muy equivocada. Solamente dos factores que son culpa de ellos y que el virus se propagara sin control: no pedir y dar mandato de ley para el uso obligatorio del Tapabocas y las caretas, así como el uso indiscriminado de las pruebas de laboratorio para detectar en la población del virus COVID-19. Siempre y sistemáticamente el gobierno federal de López Obrador y López-Gatell se han dedicado a decir que las pruebas no sirven para nada y no protegen de nada.

    En esta pandemia, millones de personas no quieren las medidas de confinamiento y quieren dejarlo todo al destino. Así los gobiernos de todos los niveles están rebasados y desgastados. Ya no pueden más con el tema del COVID-19. Ni los ciudadanos aguantan las medidas, otros ni las tomaron en cuenta.

    Por lo que ahora la situación de la pandemia es tomada diariamente como un juego donde estamos a la suerte de cómo nos llega el destino.

    

 

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