El origen del informe anual que le presenta el presidente de México al Congreso de la Unión está en la Constitución de 1824 que establecía que el presidente pronunciara un discurso al inicio y al cierre del periodo de sesiones ordinarias del Congreso.
La Constitución de 1857 señaló que “a la apertura de sesiones del Congreso asistirá el presidente y pronunciará un discurso en que manifieste el estado que guarda el país”.
La Constitución de 1917 decía que “A la apertura de sesiones del Congreso, sean ordinarias o extraordinarias, asistirá el Presidente y presentará un informe por escrito; en el primer caso, sobre el estado general que guarde la administración pública…; y en el segundo, para exponer las razones o causas que hicieron necesaria su convocación…”. En 1923, una reforma constitucional liberó al presidente de asistir al inicio de las extraordinarias.
O sea que, a partir de 1917 el presidente solo debía presentar un informe anual por escrito y no mediante un discurso. Sin embargo, prevaleció la costumbre de pronunciar un discurso.
Así, desde el 1 de enero de 1825, cuando Guadalupe Victoria, pronunció su discurso, hasta el 1 de diciembre de 2005, cuando Vicente Fox leyó el suyo, la mayoría de los presidentes asistieron al inicio de sus periodos de sesiones del Congreso.
Las cosas cambiaron el 1 de diciembre de 2006 cuando la oposición impidió que Fox ingresara a la Cámara de Diputados para leer el mensaje de su sexto informe, lo que lo obligó a solo entregarlo por escrito, como lo ordenaba entonces la Constitución.
Un año después, Felipe Calderón se presentó a entregar su primer informe y pudo pronunciar su discurso ante un Pleno semivacío debido a que los senadores del PRD, PT y CD abandonaron el Pleno.
Ese día fue la última vez que un presidente se dirigió al Congreso el día del inicio de su periodo de sesiones.
En agosto de 2008 se reformó la Constitución para establecer que al iniciarse las sesiones ordinarias del primer periodo de cada año legislativo, “el Presidente de la República presentará un informe por escrito, en el que manifieste el estado general que guarda la administración pública del país”.
Es decir, ya no debía presentarse ante el Congreso y podía enviar con alguien su informe por escrito.
Desde septiembre de 2008 Felipe Calderón y sus sucesores leyeron sus informes en eventos que ellos mismos organizaron sin la presencia del Congreso General.
El Día del Informe murió en 2006 y Calderón, Vicente Fox y Andrés Manuel López Obrador, quién sabe por qué razones, quizá para satisfacer sus respectivos egos, insistieron en mantenerlo vivo a pesar de que de nada sirve.
En esta era de redes sociales, comunicaciones instantáneas y, además, conferencias de prensa cotidianas y varios informes presidenciales al año, el discurso de ayer fue innecesario.
El evento en Palacio Nacional fue una versión tranquila y ordenada de la mañanera; el presidente no dijo nada nuevo o extraordinario y solo repitió mucho de lo que ha dicho durante sus 685 conferencias matutinas, la de hoy incluida, y sus cientos de discursos. Fue un evento irrelevante, aburrido e intrascendente.
Es inexplicable que en la era de la 4T AMLO insista en mantener un anacronismo como la lectura del “informe presidencial”.
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