El presidente estadounidense Donald Trump detesta a su antecesor inmediato, Barack Obama.
Es más, para el megalómano que hoy reside en la Casa Blanca todos los problemas internos y externos que hoy enfrenta su gobierno se originan en los pésimos desempeños de quienes lo antecedieron en el cargo, hayan sido ellos Demócratas o Republicanos.
Si su política de acercamiento con el dictador norcoreano Kim Jong-un fracasa, se debe, según él, a que desde Truman hasta Obama ningún presidente estadounidense supo cómo negociar con cada uno de los tres miembros de la dinastía Kim que han gobernado Corea del Norte desde 1948.
Si el sistema de salud que él ha contribuido a desmantelar no funciona, argumenta que el que nunca sirvió es el que logró imponer Obama en 2010, el conocido como Obamacare.
No me sorprendería que algún día Trump afirme que él es el mejor presidente que Estados Unidos ha tenido en toda su historia, mejor aún que Washington, Jefferson, Lincoln o FD Roosevelt.
Y ahora, después de ordenar el asesinato de un general iraní, que para nada era una buena persona, ha generado una tremenda turbulencia en Medio Oriente de nuevo. Trump sostiene que este debió haber sido liquidado desde hace años, algo que no se atrevieron a hacer los dos Bush y Obama.
Como el buen populista que es, Trump culpa a los demás por sus errores, si es que llega a reconocer alguno de ellos, y se cuelga él solo las medallas por los que presume como sus aciertos, sean estos reales o ficticios.
Aquí en México está sucediendo algo similar, porque el presidente Andrés Manuel López Obrador insiste en culpar a sus antecesores, a quienes desprecia profundamente, por todo lo malo que sucede en el país; se niega a reconocer sus propios errores o los de sus más cercanos colaboradores, y nos asegura que las cosas van bien cuando realmente eso no es cierto.
Hasta ahora, tanto a Trump como a AMLO les ha funcionado su estrategia. Si la elección presidencial de Estados Unidos se realizara hoy, seguramente la ganaría el republicano; después de un año en el cargo el morenista goza de altos niveles de aprobación, de entre el 60% y 70%, dependiendo de la encuestadora.
Sin embargo, tarde o temprano, ambos presidentes deberán aceptar que las cosas que suceden, tanto las malas como las buenas, son enteramente de su propia responsabilidad.
Si jóvenes soldados estadounidenses empiezan a perder la vida en Medio Oriente y otros lugares del mudo, si los ataques terroristas empiezan a cobrar más víctimas, especialmente en Estados Unidos, o si ISIS renace, Trump pagará el precio, máxime que prometió que durante su gobierno traería a sus militares de regreso a casa y que aniquilaría a los terroristas islámicos.
De la misma manera, Andrés Manuel deberá pagar el precio si la economía no crece, si los índices delincuenciales no disminuyen, si los hospitales públicos siguen sin tener todas las medicinas que los enfermos necesitan, si las universidades del Bienestar continúan funcionando sin pizarrones, gises e internet, o si los bancos del Bienestar no abren sus puertas porque no tienen recursos económicos, materiales y humanos.
Tarde o temprano, cualquier gobernante debe responder por sus decisiones, tanto la acertadas como las equivocadas.
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