El 1 de junio de 2025 pasará a la historia como el día en que se celebró la primera elección judicial federal en México. El oficialismo, encabezado por la presidenta Claudia Sheinbaum, el expresidente Andrés Manuel López Obrador, la presidenta de Morena Luisa María Alcalde, y varios más, aplaudió la jornada como un paso hacia la democratización del Poder Judicial.
Pero la realidad es otra: la elección fue técnicamente ordenada, pero políticamente vacía. Inédita, sí; exitosa, no.
La participación ciudadana rondó el 13%. Eso significa que el 87% o más de los mexicanos con derecho a votar no acudió a las urnas. ¿Cómo puede llamarse “histórica”, “democrática” o “exitosa” una elección donde casi nueve de cada diez ciudadanos decidieron no participar? Como tantos políticos en el mundo, los morenistas convirtieron un fracaso en un triunfo. Es parte del oficio.
Sí, el INE instaló casi el 100% de las casillas. Sí, se resolvieron la mayoría de los incidentes. Pero ninguno de esos logros compensa el hecho de que el pueblo —ese que supuestamente tomó el poder judicial en sus manos— simplemente no fue. Y no fue, entre otras cosas, porque no entendió el proceso, no conocía a los candidatos, no creyó en el mecanismo y, en muchos casos, ni siquiera sabía que se votaba.
En cualquier sistema democrático serio, una abstención del 87% se consideraría alarmante. Pero en México, los morenistas y sus aliados decidieron calificarla como exitosa. Aquí es donde cabe perfectamente el calificativo de “surrealismo mexicano”. El surrealismo, como movimiento artístico nacido en los años veinte, buscaba trascender lo racional y lo real para explorar lo absurdo y lo irreal. ¿Qué más surrealista que declarar como “hazaña democrática” una elección en que casi nadie participó? ¿Qué más ilógico —y tristemente real— que confundir legalidad con legitimidad?
El hecho de que haya sido la primera vez no justifica el desinterés ciudadano. Al contrario: tratándose de un mecanismo nuevo para cargos tan delicados como jueces, magistrados y ministros, se requería una participación amplia que diera sustento al modelo.
Decir que la elección fue un éxito porque se instalaron casi todas las casillas es una excusa técnica para ocultar un fracaso político. En democracia, el éxito de una elección no se mide por la eficiencia logística, sino por la participación libre y sustantiva del electorado. En este caso, fue mínima.
En democracias de verdad, una jornada especial con este nivel de abstención es considerada un fracaso mayúsculo. Las consecuencias no son menores: deslegitimación de los electos, posible manipulación política, rechazo ciudadano en futuras elecciones y refuerzo de la percepción de que este modelo fue impuesto desde el poder, no adoptado por el pueblo.
Esta elección, lejos de inaugurar una era de justicia ciudadana, expone la fragilidad del experimento. Si no se logra que la gente participe, si no se construye confianza, si no se explican con rigor las reglas y los objetivos, lo que se presenta como avance puede convertirse en retroceso.
La abstención del 87% no es un dato menor. Es el dato que muestra que el modelo no funciona. Decir que fue un éxito es engañarse. Y como en la vida, el autoengaño siempre se paga caro.
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