La presidenta Claudia Sheinbaum confirmó que mañana estará en la inauguración y en la primera plenaria de la Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) en Tegucigalpa, Honduras. Dijo que después de la plenaria regresará a México y que su participación obedece a una invitación personal de la presidenta hondureña Xiomara Castro, y que aprovechará la ocasión para hablar sobre la necesidad de fortalecer los lazos políticos, culturales y económicos de la región.
Su decisión puede interpretarse como cortesía diplomática. Pero si el viaje no se acompaña de propuestas concretas para enfrentar las amenazas externas que hoy afectan directamente a los 33 países de la CELAC, será solo eso: cortesía. Porque la realidad es que este foro, con todo su discurso integrador, sigue siendo irrelevante en materia económica.
Desde su creación en 2010, la CELAC ha funcionado como espacio de diálogo político y de respaldo simbólico a ciertas causas regionales. Ha servido para emitir comunicados conjuntos, condenar bloqueos o promover el multilateralismo. Pero fuera de eso, su impacto ha sido mínimo. No hay zona de libre comercio. No hay integración productiva. No hay fondos regionales. Cada país sigue negociando por su cuenta con potencias como China, la UE o EEUU. En términos económicos, la CELAC es una promesa incumplida.
Y ahora, esa debilidad queda aún más expuesta. Donald Trump, en su nueva ofensiva proteccionista, ha impuesto aranceles a prácticamente todos los países de América Latina y el Caribe. Un 10% a la mayoría, pero con castigos más severos a Nicaragua (18%), Venezuela (15%) y Guyana (38%). México, aunque cubierto parcialmente por el T-MEC, enfrenta un arancel del 25% en productos que no entran en este tratado. La medida del gobierno de EEUU no distingue ideologías ni alianzas: golpea a todos por igual.
Frente a esto, la CELAC debería convertirse en plataforma de respuesta conjunta. Debería presentar una agenda comercial defensiva, proponer negociaciones colectivas, coordinar estrategias conjuntas. Pero no lo hace. Hasta ahora, lo único que emite son buenos deseos. Y eso es inaceptable ante una agresión frontal.
¿Por qué no existe ni ha existido un bloque económico de los 33 países? Por la falta de consenso político, modelos de desarrollo incompatibles y rivalidades ideológicas que impiden avanzar más allá del discurso.
México, por su peso político, debería encabezar una reacción seria. Y si no lo hace, difícilmente lo hará otro país de la región. Si la presidenta Sheinbaum viaja a Tegucigalpa solo para dar un discurso, escuchar otros y tomarse la foto, sin plantear propuestas claras para contrarrestar el daño que estos aranceles causarán a la región, el viaje no tiene sentido. Más aún si se considera que su estancia será breve y sin agenda bilateral sólida.
En un momento crítico, no basta con estar: hay que actuar.
La integración latinoamericana no se logra con frases bonitas ni con gestos simbólicos. Se construye con acuerdos reales, con coordinación efectiva y con liderazgo firme. La CELAC, por ahora, no ofrece nada de eso. Y el viaje de Claudia Sheinbaum solo servirá si rompe con esa inercia. De lo contrario, será una oportunidad más desperdiciada.
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