Desde la independencia de México, en septiembre de 1821, hasta nuestros días, los mexicanos nos la hemos pasado pelando los unos contra los otros.
Desde 1821 hasta 1928, año en que asesinaron al presidente electo Álvaro Obregón, nuestros ancestros generalmente recurrieron a la violencia para dirimir sus diferencias políticas, religiosas y raciales. De 1928 a 2000, los conflictos se resolvieron por métodos menos violentos, generalmente por la vía política, pero muchas veces neutralizando de alguna manera a las voces que se pronunciaran contra el régimen establecido.
A partir de 2000 los mexicanos nos enfrentamos un poco más civilizadamente, ya no nos damos de balazos, pero no dudamos en agredir de alguna manera a quienes no piensan como otros por medio de bloqueos de calles y carreteras, la toma violenta de oficinas públicas y privadas, la pinta o destrucción de mobiliario urbano y hasta de monumentos históricos.
La nuestra es una sociedad dividida por razones económicas, políticas, religiosas y raciales y, como consecuencia del absoluto fracaso del sistema educativo, la mayoría de los mexicanos son intolerantes e incapaces de dialogar y tratar de entender a quienes no piensan igual que ellos.
Hay quienes quisieran que los mexicanos nos uniéramos como nunca lo hemos estado ahora que el neonazi que desde hace casi dos semanas gobierna a Estados Unidos ha mostrado su anti mexicanismo y el desprecio que siente hacia nuestro país, sus gobernantes y los mexicanos.
Donald Trump efectivamente ha unido en contra de él a casi todos los que vivimos en México. Es, definitivamente, el enemigo común de la mayoría de los mexicanos.
Sin embargo, no nos engañemos, el demagogo populista no será suficiente para unir a un pueblo dividido por tantas y tan complicadas razones.
Estoy convencido que los mexicanos realmente nos uniremos cuando todos tengamos el mismo acceso a las oportunidades de acceder a una vida más próspera, cuando se acaben la corrupción y la impunidad que tanto nos ofenden y daño le causan a la economía del país, cuando nuestros gobernantes gobiernen pensando en lo que es bueno para México y no solo en sus bolsillos y en cómo no perder la próxima elección, cuando los blancos dejen de sentirse superiores a los morenos y estos dejen de resentir la actitud de los primeros, cuando la mayoría católica trate con respeto a quienes profesan otra religión o se declaran agnósticos o ateos, cuando los perdedores de una elección acepten con gracia y bonhomía su derrota, cuando tengamos un país del cual podamos enorgullecernos totalmente.
Mientras todas esas cosas no ocurran, cualquier unión que se dé ante una agresión extranjera será meramente temporal.
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