El sábado pasado el Partido Acción Nacional intentó reinventarse y presentó un nuevo logo, una nueva narrativa y un lema que parece viejo: “Patria, Familia y Libertad”. Jorge Romero, su presidente, habló de apertura, democracia interna y reconciliación con la militancia. Dijo que comienza una “nueva era azul”. La pregunta es si era necesario ese relanzamiento o si es solo un intento de reanimar un cuerpo que lleva una década moribundo.
Desde 2012 el PAN ha perdido más que elecciones: perdió identidad. Fox y Calderón le dieron el poder y también el desgaste. Su relación terminó en un rompimiento público que fracturó al partido. A eso se sumaron los actos de corrupción en ambos gobiernos —García Luna, contratos, desvíos, tráfico de influencias, nepotismo— que se replicaron en administraciones estatales y municipales panistas. 12 años de gobierno bastaron para que se borrara la etiqueta de “partido distinto”. En 2018 el voto útil fue de López Obrador. En 2024, ni la alianza con el PRI y el PRD impidió la derrota. El relanzamiento del PAN llega, más que como una iniciativa de fuerza, como un intento de supervivencia.
En ese contexto, Romero sabe que la marca está agotada y la militancia dispersa. Por eso promete elecciones primarias, encuestas abiertas y elección directa de candidatos. Busca convencer de que el PAN puede ser moderno sin perder doctrina. El nuevo lema pretende cerrar ese círculo: “Patria” para rescatar el nacionalismo institucional, “Familia” para reafirmar valores tradicionales, “Libertad” para volver a sus raíces liberales. El problema es que las tres palabras tienen historia. En diversos países el lema “Patria, Familia y Libertad” y otros similares fueron utilizados por regímenes de derecha dura, muchos de ellos autoritarios. Adoptarlo hoy puede sonar a reafirmación doctrinaria, pero también a nostalgia conservadora.
El momento actual tampoco ayuda. Con la presidenta Claudia Sheinbaum en su punto más alto de popularidad y una economía que crece poco pero estable, el PAN no tiene bandera clara. No representa el cambio porque ese papel lo tiene Morena. Su única posibilidad real es mostrarse como alternativa de competencia y transparencia local, ganar terreno en congresos, gubernaturas y municipios y reconstruir su base antes de 2030. Si no, su relanzamiento será apenas otro capítulo en su crisis de identidad.
Romero dirige un partido dividido entre conservadores y liberales, entre nostalgia religiosa y pragmatismo urbano. En el Senado, Ricardo Anaya aporta voz doctrinaria pero también recuerdos de derrota. Junto con él, Josefina Vázquez Mota y Margarita Zavala evocan campañas fallidas que aún pesan en la memoria del electorado. Las corrientes locales se disputan recursos y candidaturas para 2027. El PAN, como tantas veces, promete unidad mientras enfrenta otra ronda de pleitos internos.
Relanzar al PAN era necesario, pero no suficiente. Sus dirigentes ya deben saber por qué se desplomó y qué valores puede sostener en un México más plural, joven y menos dogmático. Si “Patria, Familia y Libertad” significa lo mismo que hace medio siglo, el partido seguirá hablando del pasado. El PAN solo sobrevivirá si cambia la nostalgia por propuestas, los sermones por resultados y las disputas internas por una causa común.
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