El mal llamado debate de alto nivel de la 80ª Asamblea General de la ONU comenzó el lunes y concluirá el domingo. Aunque faltan días para cerrar, ya exhibió las fracturas del mundo.
El discurso más esperado fue el de Donald Trump. No se contuvo: repitió su lema de “America First” y descalificó a sus aliados. Lanzó la frase que marcó la jornada: “Sus países se están yendo al diablo”, dirigida a naciones europeas que, según él, se destruyen con una migración suicida y energías verdes que hunden la competitividad. Falsamente acusó al alcalde de Londres, Sadiq Khan, de querer imponer la ley islámica en su ciudad, la sharia, y caricaturizó la política migratoria británica. Remató asegurando que el cambio climático es “el mayor engaño jamás cometido”, un invento de “estúpidos” que debilita a quienes lo toman en serio. No fue un discurso de estadista; fue un mitin electoral fanfarrón aplaudido por sus seguidores y descalificado por casi todos los demás.
Las reacciones fueron elocuentes. Entre los dirigentes de los países de la OTAN hubo respaldo cauteloso: sí a más gasto militar y unidad de la Alianza, con reservas. El resto del mundo defendió el multilateralismo y la cooperación como antídoto frente a la ola nacionalista que encabeza Trump. La ONU volvió a ser espejo de un planeta partido: de un lado, los que siguen al presidente de EEUU; del otro, quienes creen que sin multilateralismo no hay futuro.
En medio de ese choque, Israel quedó aislado. Su ofensiva en Gaza, condenada por decenas de países, lo volvió un paria: acusado de genocidio y violaciones a los derechos humanos.
México, representado por el secretario de Relaciones Exteriores, Juan Ramón de la Fuente, mantuvo la tradición: soberanía, derecho internacional y solución pacífica. Denunció el genocidio en Gaza y exigió un alto al fuego inmediato con acceso a ayuda humanitaria. Defendió la integridad territorial de Ucrania pero evitó sumarse a los llamados a la militarización.
Mientras Trump convirtió a la ONU en escenario de confrontación, México promovió el equilibrio: cooperación con Estados Unidos en seguridad y narcotráfico, pero dentro de la legalidad y el respeto mutuo. No es cómodo, pero es la única opción para un país atrapado entre la vecindad con el más poderoso del mundo y la obligación de sostener principios.
América Latina mostró su diversidad: Brasil habló de integración, Cuba y Venezuela lanzaron dardos a EEUU. México ofreció una voz pragmática, tendiendo puentes y denunciando abusos.
El desenlace de esta Asamblea está por verse. El 29 de septiembre, cuando cierre el debate, podrían definirse resoluciones sobre Gaza, soberanía en Ucrania, compromisos climáticos y acuerdos migratorios. El resultado mostrará si será otra derrota del multilateralismo o un intento más por salvarlo.
Por ahora, los países de la OTAN y los aliados más cercanos de EEUU se alinean con Trump, reforzando la idea de que la fuerza militar es la respuesta a cualquier crisis. En cambio, México camina junto a buena parte de América Latina, varios países africanos y del sudeste asiático, que aún creen en la mediación y en el derecho internacional. Trump encarna la fractura; México, la legalidad y la apuesta humanitaria. En ese choque se juega el rumbo global.
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