Francisco parte esta tarde hacia Roma después de estar cinco días en México. Solo el tiempo nos permitirá conocer si su visita benefició en algo al país, en lo general, y a los católicos, en lo particular.
Con su mensaje de amor, paz y reconciliación, ¿habrá influido el obispo de Roma sobre las consciencias de los delincuentes, organizados o desorganizados, para que abandonen la senda del mal que eligieron? ¿Habrá convencido a la mayoría de quienes conforman la clase política a actuar en beneficio de los intereses de la sociedad y no de los propios? ¿Habrá logrado que el 10% de los mexicanos que más riquezas tienen piensen y trabajen para mejorarle su situación al 90% restante?
¿Los narcos, secuestradores, extorsionadores, gatilleros, asesinos a sueldo, robacoches, robacasas, asaltantes de bancos, comercios y transportes públicos, traficantes de niños y adultos, pornógrafos y explotadores sexuales infantiles, y toda la gama de delincuentes que actúan con casi absoluta impunidad fueron convencidos que deben abandonar el camino de su perdición para tomar el de su salvación?
¿Funcionarios y políticos, especialmente esos que se declaran católicos, vieron al Espíritu Santo volar sobre la cabeza del sumo pontífice y por ello decidieron que ya no abusarán de su poder para robar dinero de las arcas públicas o para hacer jugosos negocios aprovechándose de contactos políticos y personales y la información reservada que está a su disposición?
¿Los empresarios especuladores, agiotistas, monopolistas, acaparadores, explotadores de mano de obra barata, adulteradores de productos, pesos y medidas, socios de funcionarios y políticos corruptos, pagadores de sobornos y otros malos hombres y mujeres de negocios enmendarán sus conductas después de escuchar las palabras de Francisco?
Y el alto clero, conservador y muchas veces corrupto y asociado a empresarios y delincuentes como los descritos líneas arriba, ¿aceptará el mensaje de amor, perdón y tolerancia y el ejemplo de humildad y pobreza de su jefe y guía? ¿Dejará de estar integrado por verdaderos príncipes de la iglesia cuyo estilo de vida en nada se parece al del bajo clero que vive y sufre con los feligreses en las parroquias? Muchos sacerdotes, monjas y otros activistas religiosos que se quedaron en el pasado, ¿predicarán ahora el mensaje de paz, perdón y reconciliación de Francisco o insistirán en que la iglesia católica debe seguir siendo la que denuncia, persigue y condena a los que califica como pecadores?
El tiempo nos dirá quiénes y cuántos le harán caso a Francisco. Ojalá él viva lo suficiente para, por lo menos, sustituir a un buen número de obispos mexicanos que evidentemente no comparten sus ideas y sentimientos.
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