Por WhatsApp recibí ayer este mensaje:
“TRASCENDIDO. Que regresando de vacaciones, en enero el presidente López enviará a Miguel Torruco a Moscú como embajador y ascenderá a Humberto Hernández-Haddad como secretario de Turismo”.
A quién me lo envió le respondí: “¿A quién le importa? Pocos saben quién es Torruco y menos quién es Hernández-Haddad”.
El remitente del mensaje me contestó: “A ti… me imagino!!!!”
A lo que le escribí: “A mí lo que me interesan son las noticias trascendentes. Esta no lo es”.
Y es que tratándose de renuncias de miembros de un gabinete presidencial, sea el de Andrés Manuel López Obrador o de cualquiera de sus antecesores desde 1929, solo algunas han tenido consecuencias importantes.
Tan solo durante este sexenio, siete secretarios de Estado han renunciado y seis han sido renunciados.
Los que renunciaron son el exsecretario de Seguridad y Protección Ciudadana Alfonso Durazo para irse a gobernar Sonora, el exsecretario de Hacienda Carlos Urzúa por no estar de acuerdo con la política económica de AMLO, María Luisa Albores para irse de secretaria de Medio Ambiente y Recursos Naturales, la exsecretaria de Economía Graciela Márquez Colín para irse de vicepresidenta del INEGI, el exsecretario de Comunicaciones y Transportes Javier Jiménez Espriú por no estar de acuerdo con que AMLO transfiriera la administración de los puertos marítimos a la Secretaría de Marina, el exsecretario de Educación Pública Esteban Moctezuma para irse de embajador en Washington, y el exjefe de la Oficina de la Presidencia Alfonso Romo por no estar de acuerdo con la política económica de AMLO.
Los renunciados son la exsecretaria de Gobernación Olga Sánchez Cordero, el exsecretario de Hacienda Arturo Herrera, los exsecretarios de Medio Ambiente y Recursos Naturales Josefa González-Blanco y Víctor Manuel Toledo Manzur, la exsecretaria de la Función Pública Irma Eréndira Sandoval y, el exconsejero Jurídico de la Presidencia Julio Scherer Ibarra,
13 renuncias y no pasó nada. La más trascendente de todas fue la de Urzúa por haberse dado cuando el gobierno de la 4T no cumplía ni ocho meses de vida y porque demostró que el renunciante no estaba de acuerdo con los programas, planes y estrategias económicas de su jefe.
Un cambio en el gabinete presidencial difícilmente llega a ser relevante porque en México todo el poder está en manos del presidente y éste lo otorga o no a sus subordinados de acuerdo con sus propios intereses y objetivos. El trabajo y la responsabilidad de un secretario de Estado es, a fin de cuentas, asesorar a su jefe en los asuntos propios de la dependencia a su cargo y ejecutar las órdenes que éste le dé.
Regresando al caso de algún cambio en la secretaría de Turismo, ayer realicé un sondeo a través de Twitter, preguntándole a mis seguidores si les interesaba el destino de Torruco o Hernández-Haddad. Hasta el momento de escribir esta columna, 67.8% de los participantes había contestado que no, 3.5% que sí, 3.2% que no sabían y 25.6% que les era indiferente.
En resumen, una renuncia de un secretario de Estado solo es interesante para él, sus colaboradores, quienes tratan asuntos importantes de la dependencia correspondiente y los columnistas políticos. Para el resto de la población es un asunto irrelevante
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