El 20 de agosto de 1998 escribí esta columna en ¡Buenos Días! Fax/Internet que fundé en 1995 junto con mi inolvidable amigo, Gustavo Alatriste.
El título de esa columna, al igual que esta, era la pregunta: ¿Cuál es el Objetivo Nacional?
Entonces escribí:
“¿Hacia dónde se dirige México? ¿Cuál es el destino de nuestro país? ¿Qué proyecto de nación rige las decisiones y acciones de nuestros gobernantes?
“Hasta la llegada de la tecnocracia neoliberal, la mayoría de los mexicanos aceptábamos, unos más y otros menos, los principios de la Revolución Mexicana. Nos sentíamos herederos de lo que nuestras autoridades se encargaron de definir como la primera revolución social del siglo que termina. De alguna manera considerábamos que era lógico que la tierra fuera de quien la trabaja, que era de elemental justicia que la seguridad social protegiera a todos los habitantes del país, que era natural que la educación fuera gratuita y laica, que era necesario que existiera una división entre el Estado y las iglesias, que el consumismo era un pecado del capitalismo yanqui. En fin, teníamos la idea de que el país lo estábamos construyendo todos, bien o mal, para dejarle algo mejor a las generaciones venideras. Esta sensación prevaleció hasta mediados del frívolo lopezportillato, si bien ya se había debilitado como consecuencia de las chifladuras del echeverriato.
“Con Miguel de la Madrid se perdió por completo el rumbo. Empezó a sentirse que el país iba a la deriva.
“Carlos Salinas, mediante el gasto de cientos de millones de dólares en campañas de publicidad, substituyó los ideales de la Revolución de 1910, muchos de ellos ficticios pero sentidos, por otros, más modernos pero igualmente ficticios y, peor aún, ajenos a la realidad y mentalidad del mexicano común y corriente. “Durante el salinato, la idea de que la tierra debería ser para los campesinos fue reemplazada por la que afirma que debe ser de las agroindustrias que tengan mucho capital, que la seguridad social debe ser privatizada, que la educación de calidad sólo pueden proporcionarla los particulares, que las iglesias no sólo pueden sino que deben participar activamente en el campo de la política, que hay que comprar y comprar para así ser consumidores reyes del mercado.
“Ahora, sin ideales revolucionarios nacionalistas o capitalistas importados, el país no tiene un proyecto definido. El discurso oficial genera la percepción de que el objetivo nacional es incrementar el PIB en un determinado porcentaje, frenar el crecimiento de la inflación y de las tasas de interés, cuidar que no se exceda el déficit público. En fin, satisfacer metas macroeconómicas con las cuales pocos pueden relacionarse.
“Los mexicanos, todos y no sólo los miembros de la clase política, debemos empezar a discutir que tipo de país queremos, sobre cuáles bases ideológicas lo vamos a refundar, hacia dónde lo queremos llevar.
“No podemos seguir como vamos, hacia ningún lado”.
Las preguntas con que inicié mi columna hace casi 22 años siguen siendo válidas porque nadie de la 4T ha podido contestarlas plena y satisfactoriamente, por lo menos para mí.
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