El comunicado conjunto emitido ayer por los gobiernos de México y EEUU tras la visita del secretario de Estado Marco Rubio a la presidenta Claudia Sheinbaum enfatiza la cooperación en seguridad. En papel suena impecable: respeto a la soberanía, confianza mutua y responsabilidad compartida. Se anuncia la creación de un grupo de alto nivel encargado de dar seguimiento a temas como cárteles, seguridad fronteriza, túneles clandestinos, flujos financieros ilícitos y robo de combustible. Incluso coordinar campañas de salud pública para prevenir el consumo de opioides.
El texto transmite la imagen de dos gobiernos trabajando hombro con hombro, con respeto y coordinación. Es diplomacia pura: lenguaje calibrado para no incomodar a ninguno de los dos lados. Sin embargo, lo que se firmó en México y lo que días antes dijeron Rubio y su jefe dibujan otra realidad.
El martes pasado, Rubio se refirió a la destrucción ordenada por Trump de una lancha en el Caribe que salió de Venezuela supuestamente cargada de drogas y operada por una “organización narcoterrorista”. Dijo que se acabaron los días en que a un narco se le incautaba un cargamento para que después siguiera operando “con impunidad”. Ahora se usará todo el poder de EEUU, donde sea, contra los cárteles.
Dejó claro que esta ofensiva es regional porque las drogas van desde Sudamérica no solo a EEUU, sino también a Europa y el Caribe. Por eso, aseguró que las operaciones militares continuarán. Aunque no mencionó a México, su mensaje es inequívoco: para EEUU los narcos no son criminales comunes, sino terroristas que justifican el uso de la fuerza militar.
Las palabras de Donald Trump en la entrevista que concedió el viernes pasado al sitio derechista dailycaller.com fueron aún más explosivas. Dijo admirar a Sheinbaum, pero reiteró que “México está controlado por los cárteles” y que ofreció enviar tropas a México y que ella no lo aceptó “porque tiene miedo”. Sus palabras contradicen el comunicado: mientras en México se habló de confianza y soberanía, en EEUU se presenta a nuestro país como un Estado capturado por el narco y a su presidenta incapaz de tomar decisiones duras.
Aquí está la contradicción central. El comunicado bilateral habla de cooperación y soberanía; Rubio y Trump hablan de guerra, con palabras abiertamente beligerantes, y de países “controlados por cárteles”. Para México, el énfasis está en coordinar instituciones y reforzar inspecciones. Para EEUU, se trata de librar un combate contra organizaciones terroristas que matan a estadounidenses con fentanilo y cocaína.
El contraste no es menor. Si EEUU considera que un cargamento que sale de México amenaza su seguridad, la narrativa del “narcoterrorismo” le da pretexto para actuar militarmente. Lo que en los comunicados suena a cooperación, en la práctica puede convertirse en licencia para intervenciones armadas.
Al final, el comunicado es útil para ambos gobiernos. Claudia Sheinbaum proyecta firmeza al insistir en respeto a la soberanía; Trump y Rubio muestran avances en la lucha contra las drogas. Pero la diferencia en los lenguajes no debe pasarse por alto. México se mueve en el terreno de la diplomacia, Estados Unidos en el de la guerra. Esa brecha, tarde o temprano, podría convertirse en un grave conflicto.
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