Lamentablemente cayó víctima del SARS-CoV-2 el presidente Andrés Manuel López Obrador. Así lo anunció ayer, a las 18:30 horas (Centro) por medio de su cuenta de Facebook: “Lamento informarles que estoy contagiado de COVID-19. Los síntomas son leves pero ya estoy en tratamiento médico. Como siempre, soy optimista. Saldremos adelante todos…”.
Espero, igual que él, que salga adelante porque el país entraría en una grave crisis política en caso de que muriera o resultara impedido para seguir desempeñando el cargo.
Ayer estuvo en San Luis Potosí y con él, sin usar un tapabocas, los secretarios de la Defensa Nacional, de Marina y de Seguridad y Protección Ciudadana, Luis Cresencio Sandoval, Rafael Ojeda Durán y Rosa Isela Rodríguez, respectivamente, y el priista Juan Manuel Carreras. Ojeda y Rodríguez ya padecieron de la enfermedad y supuestamente no la contraerán nuevamente; Sandoval y Carreras están en riesgo y deberían aislarse por 14 días.
Que haya enfermado AMLO no debe sorprender a nadie en vista de que nunca tomó las precauciones necesarias para impedir ser contagiado. Lo que debe sorprendernos es que haya tardado tanto en resultar infectado.
¿Qué nos dirán ahora los charlatanes Hugo López-Gatell y Jorge Alcocer, responsables directísimos de los malos resultados obtenidos en la lucha contra la pandemia que hasta ahora ha infectado a 1 763 219 personas en México y matado a 149 614 de ellas?
Recordemos que el 16 de marzo, cuando empezaba la crisis, López-Gatell dijo que no era necesario que AMLO se hiciera la prueba del COVID-19 porque hacérsela carecía “de lógica científica” porque “La fuerza del presidente es moral, no es una fuerza de contagio”, para luego decir esta estupidez: “Voy a decir una cosa muy pragmática; casi sería mejor que [el presidente] padeciera coronavirus porque lo más probable sería que él en lo individual, como la mayoría de las personas, se va a recuperar espontáneamente y va quedar inmune y ya nadie tendría esta inquietud sobre él”.
Y, ¿cómo olvidar la vez en que Andrés Manuel, para demostrar que a que el coronavirus le hacía los mandados, dijo que “El escudo protector es la honestidad. Eso es lo que protege, el no permitir la corrupción” al tiempo en que mostraba dos escapularios que contenían la leyenda “Detente enemigo, el corazón de Jesús está conmigo” y añadía “pero no hay ni siquiera enemigos, son adversarios. Yo no tengo enemigos, ni quiero tenerlos?”.
¿O cuando en junio pasado dio esta receta: “… estar bien con nuestra conciencia, no mentir, no robar, no traicionar, eso ayuda mucho para que no dé el coronavirus?”.
Tanto AMLO como los dos médicos charlatanes en quienes tanto confía olvidaron o decidieron ignorar que las palabras tienen consecuencias, y más cuando son pronunciadas por personas de su alto nivel.
Desde marzo del año pasado los responsables de combatir la pandemia y su jefe máximo han mentido, manipulado la información, subestimado la gravedad de la emergencia sanitaria, aplicado políticas que van contra de las que se siguen en los países que han tenido mayor éxito en el combate a la pandemia, dado malos ejemplos personales al negarse a usar un cubrebocas y practicar un verdadero distanciamiento social.
Las palabras tienen consecuencias…
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