Vargas Llosa, genio y figura

Con este artículo cierro la serie donde revisé distintos aspectos de El pez en el agua, y lo hago haciendo a un homenaje agradecido a don Mario Vargas Llosa.

27 de febrero, 2026 Vargas Llosa, genio y figura

Vargas Llosa escribió en El pez en el agua: “Y siempre me pareció una de las funciones más importantes de mi vocación, la literatura, ser una forma de resistencia al poder, una actividad desde la cual todos los poderes podían ser permanentemente cuestionados, ya que la buena literatura muestra las insuficiencias de la vida, la limitación de todo poder para colmar las aspiraciones humanas”(1). Este espíritu combativo, en busca siempre de defender lo que pensaba que era correcto, fue uno de sus distintivos personales.

Sin haber cumplido siquiera dos años en la presidencia, Alberto Fujimori, presidente del Perú (1990-2000), anunció por televisión su decisión de clausurar el Congreso, el Poder Judicial, el Tribunal de Garantías Constitucionales, el Consejo Nacional de la Magistratura, de suspender la Constitución y de gobernar por decreto es ley. Las fuerzas armadas le dieron su respaldo así que consiguió mantenerse en el poder. Lo cierto es que el nuevo dictador orden en las finanzas públicas, redujo los déficit, redujo la burocracia innecesaria y tras una serie de medidas análogas consiguió no sólo una mejora sensible en la economía sino una popularidad considerable.

Para Vargas Llosa, su oponente en la contienda electoral de 1989, resultó frustrante la idea de que la gente pensara que Fujimori había tomado las ideas liberales de su “plan de gobierno” en las políticas económicas que estaba aplicando. Y su frustración derivaba del hecho de que él se había metido en política para llevar a cabo una transformación del Perú, que si bien era de carácter liberal, siempre había defendido la democracia y la separación de poderes en contra del autoritarismo, la dictadura y la corrupción. Como él mismo apunta en su libro: “Era esta desconfianza hacia el poder, además de mi alergia biológica a cualquier forma de dictadura, lo que, a partir de los años setenta, me había hecho atractivo el pensamiento liberal, de un Aron, un Popper o un Hayek, de Friedman o Nozick, empeñado en defender al individuo contra el Estado, en descentralizar el poder pulverizando los poderes particulares que se contrapesen unos a otros y en transferir a la sociedad civil la responsabilidades económicas, sociales e institucionales en vez de concentrarlas en la cúpula” (2).

Fue entonces que Vargas Llosa llevó a cabo una de las acciones más polémicas que le conozco. Pese a la gran popularidad que había alcanzado Fujimori, por encima del 90%, y de que había decidido no intervenir más en política, la desaparición de la legalidad institucional lo llevó a pedir a todos los países democráticos que penalizaran al gobierno de Perú.

Desde luego, estas declaraciones produjeron enorme sorpresa entre la comunidad internacional y un gran enfado entre una buena parte de los peruanos, que lo consideraron traidor a la patria al pedir expresamente que se castigara económicamente a su propio país, y más aún cuando las cosas, para la mayoría, parecían ir bien.

No estoy seguro de que una petición semejante, que hubiese tenido como consecuencia dañar a los que menos tienen, me parezca especialmente acertada, pero lo pinta de cuerpo entero. Aunque no comparto ni los argumento ni el tono ni la conclusión a la que Vargas Llosa llegó en este episodio, si creo que lo retrata tanto como autor, como político y como persona como alguien valiente, comprometido con sus ideas y convicciones, y entregado a defender lo que considera ética y moralmente apropiado sin importar si habrá de recibir aplausos por ello.

En mi caso, no me interesa en lo absoluto su ideario político, pero sí la manera en que nos cuenta su aventura en El pez en el agua, lo que demuestra sus grandes capacidades narrativas. Cabe recordar que apenas en el artículo de la semana anterior, consideraba un error haber dejado fuera de la narración aquellas etapas donde creó las obras que habrán de inscribirlo para siempre en la historia de la literatura y que el relato de esa epopeya bien merecía otro par de cientos de páginas a pesar de las 674 que ya tiene.

El pez en el agua me parece una obra brillante, y lo es justo por eso, porque aun cuando el tema que trata interesa poco a quienes no conozcan la historia del Perú y no sean capaces de ponerles cara a los personajes con quien construye esa meteórica carrera política –como es mi caso– nos sigue pareciendo deslumbrante la forma en que nos atrapa.

Debo confesar que si bien considero a Vargas Llosa uno de los grandes maestros de la novela por su destreza en la creación de estructuras, de voces narrativas, de obras complejas e imperecederas, también reconozco que una parte de su obra es irregular. Por supuesto, cuando digo «irregular» me refiero a “irregular para ser Vargas Llosa”, porque la peor novela del Nobel de literatura peruano supera por mucho en calidad a la mayoría de los superventas de nuestro tiempo.    

Lo que pasa es que alguien que escribe La ciudad y los perros o Conversación en La Catedral, o incluso sus obras de juventud Los cachorros o Los jefes, cuesta trabajo imaginarlo como el mismo autor de ¿Quién mató a Palomino Molero? o Lituma en los Andes.

Otro de los grandes talentos del maestro Vargas Llosa fue su capacidad para el análisis literario. Desde Historia de un deicidio, donde analiza Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, La orgía perpetua, donde estudia Madame Bovary de Gustave Flaubert o Cartas a un joven novelista, donde da una cátedra de creación literaria, hasta La tentación de lo imposible, donde analiza a Victor Hugo a través de su obra maestra Los miserables o

El viaje a la ficción, donde retrata el mundo imaginario de Juan Carlos Onetti. son obras de calidad máxima donde no sólo aparece el Vargas Llosa lector, sino el literato capaz de desentrañar los más secretos hilos del relato literario.

Con este artículo cierro la serie donde revisé distintos aspectos de El pez en el agua, y lo hago haciendo a un homenaje agradecido a don Mario Vargas Llosa que siempre, desde muy joven, fue una figura polarizante, pero que con el tiempo –cuando sus contemporáneos y quienes lo leímos, apreciamos o criticamos en vida nos hayamos ido– tomará el verdadero lugar que se merece en la historia de las letras hispanoamericanas.

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(1) Vargas Llosa, Mario, El pez en el agua, Primera Edición, México, Alfaguara – Penguin Random House, 2023, Pág. 111 (2) Ídem, Pág. 111

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Juan Carlos Aldir
Juan Carlos Aldir Licenciado en Filosofía y maestro en Filosofía y crítica de la cultura por la Universidad Intercontinental. Cursó un posgrado en Psicología, en la Escuela de Psicología Transpersonal Integral y el diplomado en Creación Literaria que imparte la Escuela de Escritores de México, SOGEM. Desde muy joven ha participado en diversos talleres literarios y colaborado en diversas publicaciones. En el año 2013 apareció su primera novela, Asesino de muertos, bajo el sello Punto de Lectura. En 2019 Editorial Planeta publicó su segunda novela: Donde empieza la noche. Web: www.juancarlosaldir.com Instagram: jcaldir Twitter: @jcaldir Facebook: Juan Carlos Aldir
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