Las semillas de un premio Nobel

En una nueva faceta de Mario Vargas Llosa, extraída de su extraordinario El pez en el agua, en este artículo me enfocaré en buscar las semillas que con los años, el trabajo y las lecturas darán lugar...

20 de febrero, 2026

En una nueva faceta de Mario Vargas Llosa, extraída de su extraordinario El pez en el agua, en este artículo me enfocaré en buscar las semillas que con los años, el trabajo y las lecturas darán lugar al enorme escritor que ganaría el premio Nobel en 2010.

En un texto previo hablamos del impacto que causó en el  niño Mario descubrir que su padre no había muerto y que tendría que vivir con él, a pesar de ser un hombre violento, temperamental y muy lejano a su sensibilidad artística y literaria.

       No hay duda que a lo largo de una vida son muchas las cosas que nos marcan, que nos moldean, que nos influyen, y, aun sin querer simplificar demasiado las cosas, pienso que un acontecimiento capital que marcó la vida literaria de Mario Vargas Llosa fue su ingreso, en 1950, al colegio militar Leoncio Prado, unas semanas antes de cumplir los catorce años por instrucción precisa de su padre.

       Para Ernesto J. Vargas, los intereses poéticos y literarios de su hijo sólo podían acarrearle desgracias en la vida, además de mostrar muy poco de aquello que él entendía como «virilidad». Entendía el mundo como un lugar donde un auténtico hombre debe luchar por imponerse y ser cabeza de su familia a partir de una estabilidad laboral, económica y personal.

       Lo que el padre de Mario no pudo prever es que la misma oposición que ejerció para que su hijo se convirtiera en un «hombre de provecho» lo llevó a descubrir y consolidar su verdadera vocación como escritor.  

       El colegio Leoncio Prado no era un sitio fácil para un «blanquito» burgués que gustaba de escribir poemas, sin embargo fue justamente aquí donde el joven Mario comenzó a forjarse como escritor:

“Los dos años en el Leoncio Prado fueron bastante duros y pasé allí algunos días horribles, sobre todos los fines de semana en que me quedaba castigado –las horas se volvían larguísimas, infinitos los minutos–, pero, a la distancia, pienso que ese par de años me fueron más provechosos que perjudiciales. [Ahí] …leí y escribí como no lo había hecho nunca antes y empecé a ser (aunque entonces no lo supiera) un escritor”(1).

       De alguna manera, al estar rodeado de reclutas que malamente sabían hablar, comenzó a escribirles las cartas de amor a sus compañeros, con lo cual, debían dejarle leer las que recibían para que basado en cada uno, escribir las respuestas. Adicional a este entrenamiento, el joven mario escribió “la primera novelita erótica, un par de páginas garabateadas a la carrera para leerla en voz alta a un coro de cadetes de la segunda sección, en la cuadra, antes del toque de queda”(2).

       También “leía, en las noches, en mis turnos de imaginaria, sentado en el suelo de blancas losetas despostilladas, a la rala luz del baño de la cuadra”(3). Con lo cual, Mario, sin saberlo, era ya un escritor profesional que ganada de sus escritos, conmovía a sus pares y desarrollaba sus talentos en un ambiente que parecía el peor para llevar a cabo dichas actividades.

       Pero además de comenzar con el desarrollo de un auténtico oficio, “debo al Leoncio Prado haber descubierto lo que era el país donde había nacido: una sociedad muy distinta de aquella, pequeñita, delimitada por las fronteras de la clase media, en la que hasta entonces viví. El Leoncio Prado era una de las pocas instituciones –acaso la única– que reproducía en pequeño la diversidad étnica y regional peruana. Había allí muchachos de la selva y de la sierra, de todos los departamentos, razas y estratos económicos”(4).

       En el Leoncio Prado escribió La huida del Inca, obra de teatro que su abuelo envió al Ministerio de Educación.

“Esa obrita fue, hasta donde yo recuerdo, el primer texto que escribí de la misma manera que escribiría después todas mis novelas: reescribiendo y corrigiendo, rehaciendo una y mil veces un muy confuso borrador que, poco a poco, la fuerza de enmiendas, tomaría forma definitiva” (5).

       De la mano con el desarrollo de su vocación literaria no sería prudente dejar de lado sus largos años de trabajo en diversas redacciones de periódico desde muy corta edad. Sólo por poner un ejemplo, en los pocos meses que trabajó en el diario La crónica no sólo conoció la vida Bohemia sino que llegó a pensar seriamente en algún momento que el periodismo era su verdadera vocación.

       A las dos o tres semanas de trabajar ahí los reasignaron a la página policial que lo llevó a conocer toda la vida oscura, los locales y burdeles de Lima, así como todas las comisarías y tener contacto con policías y periodistas de las más diversas raleas.

       Cuenta que en su novela Conversación en La Catedral evoca aquella aventura en La Crónica. La excitación y el sobresalto con el que subió aquella primera mañana las escaleras del viejo edificio de dos pisos de la calle Pando para presentarse en el despacho del director, el señor Valverde, que le anunció que ganaría 500 soles al mes. Al día siguiente le dieron un carnet con su foto, los sellos y la firma correspondiente que decía que era periodista.

       De hecho le planteo seriamente a su padre no entrar al colegio Leoncio Prado y en vez de eso entrar a otra escuela en donde pudiese alternar su trabajo en La crónica con los estudios de tal manera que una vez que terminase pudiera convertirse en periodista profesional. La razón por la cual este proyecto de vida no se llevó acabo fue porque su madre estuvo en desacuerdo y conspiró para que no ocurriera.

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(1) Vargas Llosa, Mario, El pez en el agua, Primera Edición, México, Alfaguara – Penguin Random House, 2023, Pág. 126

(2) Íbidem, P. 138

(3) Íbidem, P. 139

(4) Íbidem, P. 127

(5) Íbidem, P. 149

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Juan Carlos Aldir
Juan Carlos Aldir Licenciado en Filosofía y maestro en Filosofía y crítica de la cultura por la Universidad Intercontinental. Cursó un posgrado en Psicología, en la Escuela de Psicología Transpersonal Integral y el diplomado en Creación Literaria que imparte la Escuela de Escritores de México, SOGEM. Desde muy joven ha participado en diversos talleres literarios y colaborado en diversas publicaciones. En el año 2013 apareció su primera novela, Asesino de muertos, bajo el sello Punto de Lectura. En 2019 Editorial Planeta publicó su segunda novela: Donde empieza la noche. Web: www.juancarlosaldir.com Instagram: jcaldir Twitter: @jcaldir Facebook: Juan Carlos Aldir
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