¿Cuántos eran los Reyes Magos?

Felicidades a los amables lectores, esperando que este nuevo año 2021 sea mejor que el anterior; y les cuento que, hace algunos años se aproximaba un “Día de los Santos Reyes” y, aquella mañana, durante la misa...

6 de enero, 2021

Felicidades a los amables lectores, esperando que este nuevo año 2021 sea mejor que el anterior; y les cuento que, hace algunos años se aproximaba un “Día de los Santos Reyes” y, aquella mañana, durante la misa dominical de la iglesia “San Martín de Porres” en La Paz (Baja California Sur), el sacerdote hizo una pregunta abierta: ¿Quién de ustedes me puede decir, cuántos eran los Reyes Magos que visitaron al niño Jesús en el pesebre? Después de una breve pausa una señora levantó su diestra y contestó tres

-¡Muy bien! –asintió el párroco– ahora puede usted decirle a sus hermanos aquí presentes ¿en dónde se enteró de que eran tres?

¡Pues en la Biblia! –dijo la señora, rebosando certeza–. 

 -¿Y en qué pasaje leyó eso, hermana? 

 -¡Mmmm! Eso sí que no lo recuerdo.

Ante esa respuesta, rascándose la cabeza, el padre Elías expresó: Hermanos, yo tampoco sé en qué parte de la Biblia dice que los Reyes Magos eran tres; y eso que hice mi especialidad en la Santa Sede, y eso que fui ordenado en la Basílica de San Pedro. ¡No cabe duda de que Roma no quita lo tarugo!




Debo afirmar, estimados lectores, que no soy católico de regadío, simple y llanamente un creyente de temporal y en ocasiones de agostadero;  pero es necesario acotar que  San Mateo es el único personaje bíblico que habla sobre  estos camelleros, pero no especifica cantidad, únicamente nos dice que del Oriente llegaron a Jerusalén “Unos Magos” guiados por una estrella, buscando el lugar donde había nacido el Salvador para llevarle de regalo tres baúles, cada cual con oro, incienso y mirra.

Los sacerdotes de Herodes comunicaron a éste que según el profeta, el Mesías nacería en Belén. El rey les habló en privado a los Magos y les ordenó que marcharan allá, y en cuanto ubicaran al recién nacido le avisaran. “Porque yo también iré a rendirle homenaje 1 –dijo el cínico infanticida.

Este apóstol –quien anteriormente fuera recaudador de impuestos– tampoco menciona que fueran reyes ni cita sus nombres. Cabe decir, que el vocablo “mago” viene del persa “ma-gu-u-sha. Después del griego pasó al latín “magi”  -mágui-, y llegó finalmente al español como “mago”. Eran sacerdotes que estudiaban las estrellas pretendiendo encontrar en ellas a Dios2.

Fue en el siglo III cuando se estableció que pudieran ser reyes, ya que hasta entonces, por sus regalos y las iconografías que los representaban, tan solo se consideraba que eran personas pudientes. Fue también en ese siglo cuando se estableció su número en tres, uno por regalo, ya que hasta entonces había dibujos con dos, tres o cuatro magos, e incluso la Iglesia ortodoxa siria y la Iglesia apostólica armenia aseguraban que eran doce, como los apóstoles y las tribus de Israel 3

Los nombres actuales de los tres reyes magos, Melchor, Gaspar y Baltasar, aparecen por primera vez en el famoso mosaico de San Apollinaire Nuovo (Rávena) que data del siglo VI, en el que se distingue a los tres magos ataviados al modo persa con sus nombres encima y representando distintas edades.

Aún tendrían que pasar varios siglos, hasta el XV, para que el rey Baltasar aparezca con la tez negra y los tres reyes, además de representar las edades, representen las tres razas de la Edad MediaMelchor encarnará a los europeosGaspar a los asiáticos y Baltasar a los africanos 4

Y por fin, cuántos eran los Reyes Magos: Dos, tres, cuatro o doce. Absorto ante este misterio, de pronto fui transportado a extraño y lejano lugar, varios siglos atrás y, reencarnado en aprendiz de cabalista, procedí a practicar una sumatoria entre las cuatro cantidades, que como vimos en el antepenúltimo párrafo, aparecen en los escritos de los siglos II y III: 

2

3

4

12

                                                         ======

21

Pido la comprensión de los distinguidos lectores, pues mi condición de inexperto aprendiz en esta hermética ciencia, no me permitía avanzar en la dilucidación de tal misterio, amén de que me sentía intranquilo entre seres totalmente desconocidos. Al percatarse de mi desasosiego, un anciano de  nívea barba se acercó sigiloso… con su larga túnica obscura parecía flotar por encima del grisáceo piso de piedra, y no obstante sus ojos  ya marchitos por el tiempo y la lectura, me obsequió una tierna y profunda mirada azul. 

Se expresó en un dulce lenguaje que, sin yo entenderlo, parecía ser una mezcla entre hebreo y arameo. Al darse cuenta de mi ignorancia sobre su idioma, cerrando los ojos posó sus manos unos segundos sobre mi cabeza, y después desapareció tras una esbelta puerta ojival.  

El contacto de sus huesudas manos en mi testa me produjo un intenso calor en todo el cuerpo, mismo que fue disminuyendo poco a poco. De pronto, involuntariamente empecé a escribir una serie de fórmulas matemáticas que jamás había visto en mi vida. Después de varios desarrollos infructuosos, al numeral 21 lo descompuse en sus cifras [2] y [1]. Las sumé entre sí y el resultado fue el siguiente: 2 + 1 = 3 ¿Reyes Magos? ¡Casualidad  o causalidad! 

Una vez logrado este resultado, de la misma manera, instantáneamente fui retransportado  a mi realidad espacio-temporal. Ya un tanto recuperado de esta inesperada  experiencia,  me di a la tarea de hojear algunos libros esotéricos, y  me enteré que cabalísticamente el número Tres, aparte de encarnar a la Trinidad  también representa  la Armonía, el Arte y la Belleza5. Atributos que de alguna manera están presentes en el trío de inolvidables viajeros orientales.

Un poeta anónimo expresó: “La niñez es una flor que se mantiene siempre fresca y lozana en el jardín del corazón”. Luego, entonces, desde niño sigo creyendo que eran tres los Reyes Magos. 

Por supuesto que no trajeron ningún regalo a nuestros niños, porque en estas regiones no se estila así, ya que Santa Claus es su benefactor; pero de todas maneras los recordaremos en familia este 6 de enero, disfrutando una rebanada de deliciosa rosca tachonada con frutos cristalizados, reglamentariamente bajándola con un jarrito de acanelado y espumoso chocolate. ¡Buen provecho!

 

NOTAS

 

1Biblia | (Mateo  2, 1-11)

2 https://es.wikipedia.org/wiki/Reyes_Magos. «7 cosas que tal vez no sabías de la Epifanía y los famosos Reyes Magos». aciprensa. 5 de enero de 2017.

3 https://es.wikipedia.org/wiki/Reyes_Magos. «Los Reyes Magos y la estrella de Oriente, ¿existieron realmente?». lainformacion.com. 19 de diciembre de 2016.

4Ibid.

5 http://arequipaobscura.foroactivo.com/t4-significado-de-numeros-cabalisticos

 

Comentarios
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El tío muerto se echó a reír; pero en eso se vio en el espejo del comedor, y cayó redondo al suelo del susto que se llevó. Lo dieron por muerto de verdad, pero el hijo mayor, que dizque estudia Medicina, le puso un trapo con tequila en los labios y lo exprimió. En unos segundos, el alcohol produjo su efecto, y el muertito ya se estaba preparando una cuba muy cargada. Pero sus parientes reaccionaron  a tiempo y lo subieron a la azotea, por donde lo pasaron a otra vecindad, y así lograron alejarlo de la escena del crimen. Y es que, verdaderamente, fue un crimen. La familia defraudó a los incautos vecinos, porque pasado un rato, vinieron algunos vecinos a pedir su dinero, alegando “que el tío había resucitado” y que no iba a haber entierro. Pero ellos ya habían cerrado el ataúd, bien clavado, y se lo llevaron en hombros (para no pagar a una funeraria) a enterrarlo. Que al final no lo enterraron, porque no los dejaron entrar en ningún panteón, sino que lo abandonaron en un baldío más o menos alejado. Y dijeron  que no, que el tío no había resucitado, que todo había sido una alucinación colectiva causada por la pena que se intercomunicó de unos a otros, y la cual agradecían profundamente los afligidos deudos; pero que no, que el muertito no se había levantado, y que el gruñido que oyeron  sería de algún perro de los de la azotea, y que con el ambiente de pena, los lutos y el incienso (mentira: fue un aromatizante barato que echaron para disimular la peste) habían provocado la “ilusión” de una imposible, aunque por todos deseada, resurrección. El tío volvió. Rapado, con tatuajes que le disimulaban la cara y un ojo tapado como pirata, nadie lo reconoció. A ver qué día se vuelve a morir. 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Misterios del idioma). Y al portero se le ocurrió organizar una “vaquita” (uso incomprensible de la palabra “vaca”, porque ese animal no tiene nada que ver con la lotería). Para que te enteres, llaman “vaquita” a que mucha gente se junte para comprar un billete de lotería; y si se gana, se reparte lo que sea entre todos los compradores. Casi todos los vecinos compraron su participación, y todo iba muy bien. Hasta que llegó doña Sura, la adivina, a comprar la suya. El portero le dijo que no, que ella no podía entrar a la “vaquita”. “¿Por qué?” preguntó airada la mujer. “Porque usted trae la mala suerte”, fue la respuesta del portero. Doña Sura respiró fuerte y dijo, con una voz que tronó en todo el patio: “Pues siento decirle que no van a ganar ustedes nada”; y se retiró con toda la dignidad que puede tener una mujer ofendida (que es mucha). Los vecinos se dividieron, unos apoyando a doña Sura y otros opinando que mejor “no tentaran la suerte”. 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Y en el patio se reunió la vecindad entera. Solo faltó doña Sura, que dijo que tenía cosas más importantes que hacer. ¿Y qué crees? El billete recibió el premio mayor. ¡Cómo se pusieron los vecinos! Cantaron, bailaron, gritaron, comieron y bebieron  hasta el amanecer, haciendo planes para gastarse lo que a cada uno le tocaba. Todos estaban en el colmo de la euforia… menos el portero. Yo noté que al anunciar el número ganador, se había quedado quieto y que palidecía intensamente, y hasta estuvo a punto de desvanecerse. Pensé que era por la emoción del dinero ganado, y no sabes lo que tardó en reaccionar. Cuando logró hablar, se reunió con los guaruras en la portería, que estaba cerrada a piedra y lodo, y estuvo como tres horas hablando con ellos. Algunos vecinos fueron a anunciar la buena noticia a doña Sura; pero ésta se limitó a decir: “Al freír será el reír”. ¿Qué quiso decir con eso? ¿Qué tiene que ver lo que se fríe con la alegría de ganar un premio? Nada, ¿verdad? Y, sin embargo, creo que tuvo razón. Al día siguiente, todos querían ir a cobrar el premio, y desde muy temprano se formaron ante el pizarrón de “Avisos” para organizar el asunto. Pero el portero no salía. Los vecinos empezaron a  aporrear la portería, exigiendo su presencia; pero el que salió fue uno de los guaruras, el más guapito, que se lleva bien con todos (sobre todo, con las chavas). El muchacho tomó el billete; y en el momento de doblarlo para metérselo a la bolsa e ir a cobrarlo descubrió que la fecha del billete era ¡del año pasado! Empezaron las cavilaciones, pues muchos afirmaban haber verificado la fecha. ¿Cómo era posible que fuera del año anterior? Y cuando más violenta se hacía la discusión salió el portero y con voz tonante dijo “¡Es la maldición que nos lanzó doña Sura!” Eso bastó para que los vecinos se lanzaran a la vivienda de la adivina con ánimos, algunos, de reclamarle; y otros, de despedazarla. Mal lo hubiera pasado la mujer, si no es que el propio portero (audaz que es, y que le salen bien las cosas) los contuvo diciendo que “alguien” había pegado sobre la fecha los número “2021”, y así la había modificado; que eso era un fraude contra los vecinos, un atentado a sus capitales tan honestamente ganados y una “violación de los más elementales derechos humanos, de los derechos de posesión y de la esperanza a la que todos tenemos derecho (Otra vez “derecho”) de alimentar”. Y prometió hacer una investigación “hasta llegar a las últimas consecuencias, ¡caiga quien caiga!”. ¿Crees que con  eso se apaciguaron los vecinos? Ya no les importó lo que habían perdido al comprar las participaciones en la “vaquita”, pues la promesa del portero les hizo creer que el responsable se los devolvería. Y se fueron a sus casas, un poco inquietos, pero conformes. Y al otro día volvieron a visitar a doña Sura, como siempre. Yo creo que eso de “caiga quien caiga” les hizo mucho efecto. Pero ya lo han oído tantas veces, que no debían hacerle caso. Yo no me conformé. Quería averiguar la verdad. Y aprovechando un descuido de los guaruras, me metí a la portería, seguro de que allí iba a n encontrar algo. Y sí: encontré varios recortes de billetes que tenían la fecha de este año, y no me quedó la menor duda: la falsificación del billete la hizo el portero, secundado por sus guaruras. Yo cogí esos recortes (con la boca, ¿con qué otra cosa?) y los fui a dejar en el patio; pero los que los vieron fueron los niños, que andan siempre buscando “tesoros” en el piso. Los mayores nunca voltean para abajo. Y como el portero se fue de vacaciones, se olvidaron muy pronto del asunto. ¿Qué te parece cómo arreglan los problemas estas autoridades? 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En un momento en que había poca gente, los parientes se acercaron al ataúd para hablar con él. El muertito les dijo que ya no se aguantaba del baño, y ellos le dieron unas botellas para que se aliviara. Lo malo fue que no apuntó bien, y al poco tiempo empezó a oler mal. Los vecinos decían que había que adelantar el entierro, no fuera a producirse una infección que enfermara a toda la vecindad; y uno de los más metiches se ofreció a llamar a una funeraria para que pasaran a recogerlo. Ese peligro lo evitaron cortando la línea del teléfono; pero en cualquier momento usarían otra línea. Había que hacer algo, ¡ya! El hijo menor opinó que no pasaba nada, que dejaran que lo enterraran porque, la verdad, el olor aumentaba por minutos, y que ellos irían en la noche a desenterrarlo. El muertito crujió todito del coraje, que los vecinos  se asustaron y algunos hasta se retiraron, y dijo que no, que enterrarlo en pleno uso de sus facultades, niguas; que antes se levantaba del ataúd. 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El tío muerto se echó a reír; pero en eso se vio en el espejo del comedor, y cayó redondo al suelo del susto que se llevó. Lo dieron por muerto de verdad, pero el hijo mayor, que dizque estudia Medicina, le puso un trapo con tequila en los labios y lo exprimió. En unos segundos, el alcohol produjo su efecto, y el muertito ya se estaba preparando una cuba muy cargada. Pero sus parientes reaccionaron  a tiempo y lo subieron a la azotea, por donde lo pasaron a otra vecindad, y así lograron alejarlo de la escena del crimen. Y es que, verdaderamente, fue un crimen. La familia defraudó a los incautos vecinos, porque pasado un rato, vinieron algunos vecinos a pedir su dinero, alegando “que el tío había resucitado” y que no iba a haber entierro. Pero ellos ya habían cerrado el ataúd, bien clavado, y se lo llevaron en hombros (para no pagar a una funeraria) a enterrarlo. Que al final no lo enterraron, porque no los dejaron entrar en ningún panteón, sino que lo abandonaron en un baldío más o menos alejado. Y dijeron  que no, que el tío no había resucitado, que todo había sido una alucinación colectiva causada por la pena que se intercomunicó de unos a otros, y la cual agradecían profundamente los afligidos deudos; pero que no, que el muertito no se había levantado, y que el gruñido que oyeron  sería de algún perro de los de la azotea, y que con el ambiente de pena, los lutos y el incienso (mentira: fue un aromatizante barato que echaron para disimular la peste) habían provocado la “ilusión” de una imposible, aunque por todos deseada, resurrección. El tío volvió. Rapado, con tatuajes que le disimulaban la cara y un ojo tapado como pirata, nadie lo reconoció. A ver qué día se vuelve a morir. 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